Sospechosos

Sospechosos


6. Logística del Norte

Página 8 de 68

6Logística del Norte

6. Logística del Norte

Los inspectores de la policía vasca se dirigieron andando a las oficinas de Logística del Norte en el edificio Albia. Aprovecharon para enviar a la brigada de lo criminal los nombres y datos de los tres comensales y de la propia empresa que iban a visitar. Querían la máxima información sobre cualquier cuestión que pudiera ser relevante.

Cuando Sara comenzaba con un caso nuevo y este parecía importante, se alejaba de la monotonía burocrática de los asuntos habituales. Conseguía generar una energía y un interés que desbordaban el comportamiento profesional al que los tenía acostumbrados. Se ponía nerviosa, estaba pendiente de todo y sus estados de ánimo cambiaban con demasiada rapidez. A veces el pesimismo de la inteligencia se instalaba en su pensamiento de tal forma que le parecía imposible resolver nada; otras, lo combatía con el optimismo de la voluntad, contagiando a todos, y poniendo a la brigada en permanente tensión. De joven seguro que había leído a Gramsci.

Fabretti, que la conocía bien, intentaba llevarla sin provocar encontronazos innecesarios y dando continuidad al trabajo diario farragoso y poco brillante. Sara se daba cuenta y, aunque no lo expresara, lo agradecía. Ese hombre grandullón y amable tenía la virtud de hacerle la vida más fácil y eso a esas alturas, en plena madurez, era lo que más necesitaba y apreciaba.

Con energía y rapidez ya estaba dándole órdenes a toda la brigada y había dividido el trabajo en dos equipos: el dirigido por Ongi Etorri, apodo de Bienvenida Tomelloso, una veterana de la brigada; y el dirigido por el Niño de Vista Alegre, conocido así por su afición a la lidia y por vivir junto a la plaza de toros. Aunque tenía pocas esperanzas en el análisis del cadáver, la munición, la posible arma y en que algún vecino pudiera aportar alguna pista sobre los asesinos, puso a otro grupo, con Gabarrita al frente, a patear los alrededores del lugar del crimen y a investigar los temas balísticos.

Eran algo más de las seis cuando llegaron a las oficinas en el edificio Albia. Los atendió una secretaria que no mostró extrañeza alguna cuando se presentaron. Estaba claro que los estaban esperando.

—Quisiéramos hablar con don Pedro Salgado.

—Ahora mismo. Siéntense aquí, por favor. —Dirigió la mirada a unos sofás situados en el hall de entrada, justo donde se encontraban la mesa, el ordenador y el teléfono de la secretaria.

No utilizó el teléfono y desapareció por una puerta de madera que parecía dar a un despacho.

Las seis de la tarde en una asesoría debía de ser una hora punta en actividad y trasiego de personal y clientes, pero allí nadie estaba esperando, los teléfonos no sonaban y tampoco se veía a ninguna persona trabajando.

Enseguida se acercó Pedro Salgado y pasaron a su despacho mientras salía de él la secretaria.

—Esperaba su visita. Lo de esta tarde ha sido tremendo, todavía no me he repuesto. —Debía de tenerlo ensayado porque compuso un gesto de sentida aflicción y no derramó unas lágrimas de milagro. Y continuó—: Apenas nos conocíamos, pero Ignacio Echevarría era un buen hombre. No me imagino quién ha podido asesinarlo a sangre fría. —Esperaba algún comentario pero, como no llegaba, concluyó—: Pregunten, estoy a su disposición para darles la información que esté en mi mano.

—¿Qué negocios llevaba usted con Ignacio Echevarría? —preguntó la inspectora adoptando un tono rutinario.

Como si lo tuviera todo preparado, empezó a contar que Logística del Norte era una asesoría integral que abordaba y atendía todos los problemas que pudieran planteársele a una empresa, incluida la búsqueda de financiación. Se explayó algo más y terminó:

—Ignacio necesitaba tres millones de euros para atender unos pagos urgentes derivados del fracaso de varios proyectos empresariales. —Al ver la expresión expectante en sus rostros, añadió—: Parece que la banca, a pesar de sus buenas relaciones, se había negado a financiarle. Alguien, no nos dijo quién, le recomendó Logística y nos planteó el encargo.

—Vamos a ver, señor Salgado, ¿desde cuándo estaba en tratos con Ignacio? ¿Para qué negocios fallidos necesitaba el dinero? —preguntó Fabretti un tanto seco y dando a entender que no se creía nada.

—Unas tres semanas. El señor Echevarría no quiso concretar el motivo de la necesidad de los fondos. Le dijimos que, en caso de conseguir la financiación, tendríamos que plasmarlo en el contrato y estuvo conforme. Mientras tanto, prefería no dar más datos. Como veíamos dudosa la operación, tampoco insistimos.

—¿Y qué ha pasado este mediodía? No parecían muy contentos —preguntó Sara.

—Efectivamente. Lo primero que le pedimos a Ignacio fueron garantías, en bienes o en avales de terceros, para poder atar la devolución del préstamo. Habíamos desechado la financiación de sus negocios dado su secretismo y, la verdad, tampoco nos la solicitó. Quería dinero, incluso el tipo de interés tampoco era demasiado relevante: un plazo de devolución superior a tres años y con uno de carencia, sin pago de amortización ni de intereses.

Se volvió a callar y miraba a los policías para poder calibrar si se estaban creyendo algo. No lo debía de ver muy claro.

—Continúe, por favor —dijo Sara.

—En los contactos previos a la reunión de hoy nos habló de posibles garantes en el ámbito de su familia. Lo dijo con estas mismas palabras. No especificó mis hermanos, mi madre o mi sobrino el futbolista. Solo el ámbito de la familia. Por supuesto, nos parecía bien. Nos constaba que era muy solvente.

—No entiendo… Si era muy solvente e iban a avalarlo, ¿para qué los necesitaba a ustedes? —preguntó Fabretti.

—Esa misma fue nuestra reflexión, parecía obvio. Nos contestó que su familia no quería involucrar al banco, en referencia al Banco Bilbao, del que su padre había sido consejero y en el que él también había trabajado. El dinero se lo tenía que buscar él.

—¿Y qué se torció? —preguntó Sara.

—Hoy nos tenía que traer los datos de los familiares avalistas y la relación de bienes que garantizarían el crédito.

—Y no llevó nada —soltó Fabretti con una media sonrisa.

—Efectivamente, ¿cómo lo saben?

—Por su cabreo y comportamiento en la comida.

—Claro, es evidente.

—Mire, Salgado, no nos creemos nada, lo que nos está contando es una burda mentira. Ustedes estaban extorsionando y amenazando a Ignacio —saltó rápidamente Sara.

—Por favor, qué cosas dicen. Es cierto que estábamos cabreados. A nadie le gusta trabajar para nada y en un momento dado nos pareció que nos estaba tomando el pelo, pero nada más. Nos dijo que en cuarenta y ocho horas traería todo lo que le pedíamos.

—¿Sabían a qué se dedicaba Ignacio? Y no me mienta, por favor —dijo Fabretti.

—Nuestra investigación llegó hasta unas promociones inmobiliarias en Estepona con unos socios de la zona. También a un negocio de suministro y venta de cemento en varios países africanos, fundamentalmente en Nigeria. La información era escasa pero, con seguridad, ambos negocios iban mal.

—Vamos a ver, ahora queremos reunirnos con Asier y Julen por separado. Mañana por la mañana, pásense los tres por la comisaría de Deusto a las diez para prestar declaración. Mi recomendación es que despierten la memoria, es lo mejor para todos. Lleven también un dosier con toda la documentación de su empresa: escritura de constitución, socios actuales, administradores, titular real, directivos y empleados, y las cuentas anuales de los últimos cinco años presentadas en el registro mercantil. No nos oculten información porque vamos a comprobarlo todo y vamos a investigar.

—Tendrán todo, inspectores. Estamos limpios desde nuestro nacimiento, hace cinco años.

—Escúcheme, no estoy para discursos. Dígale a Julen o a Asier que entre y el otro que espere fuera.

—Ahora mismo. —No se cuadró y dio un taconazo de milagro.

Cuando salió, Sara le dijo a Fabretti:

—Miente como un bellaco. Pura chusma.

—Esto se anima, me gusta. Estoy deseando encontrarme con Lucía —comentó él.

Sin pretenderlo, el recuerdo de Garrincha y Lucía aparecía de manera periódica en los pensamientos de los inspectores. Ahora volvía a hacerlo, esta vez con más motivos.

—Todo se andará. No me extrañaría nada —soltó Sara.

Con Asier y Julen no sacaron nada en limpio. Se aferraron a lo contado por Pedro Salgado, pero incluso con menos información. Ellos no sabían casi nada. Su función era de tipo administrativo y de papeleo. Pero su aspecto era más propio de emplear los puños o apretar el gatillo que de otra cosa.

—No me gustan nada estos tipos, Salgado nos ha mentido en lo fundamental, y Asier y Julen son unos mandados. Quien se lo haya cargado tendrá que ver con lo que estaban tratando en la comida —soltó Fabretti.

—Eso parece, pero, quién sabe, igual no es tan sencillo. La familia pasará mañana por la comisaría a primera hora de la tarde. Pensaba verlos al mediodía, pero Ramón y una hermana venían hoy de Madrid y tenían un cónclave familiar. No me parece mal que intercambien información y ordenen todo un poco —dijo Sara.

—Espero que sean honestos y colaboren con nosotros. Tienen que contarlo todo. Si ellos no ayudan, va a ser mucho más difícil —apuntó Fabretti.

—Eso he comentado con Ramón y le he avanzado que queremos conocer todo lo referente a los negocios de Ignacio, legales o no, y los problemas que tenía —dijo Sara.

—¿Te ha adelantado algo?

—No. Se ha callado y solo ha dicho: «Por supuesto, tendrá toda nuestra colaboración. Somos los primeros interesados en que se aclare todo y detengan a los asesinos. Nuestra familia se juega mucho con este crimen».

—Ramón es el padre del futbolista, ¿no?

—Sí, es el mayor y el que ejerce de portavoz. Aunque su contestación ha sido correcta, mi impresión es que hay mucho trasfondo.

Acababan de entrar en su casa del Campo Volantín. Eran las nueve de la noche y Rebeca y David estaban estudiando en sus habitaciones. Tenían exámenes finales y esos días no se podían distraer.

Rebeca cursaba primer año de Empresariales en la Comercial de Deusto y David estaba en primer curso de bachillerato en el Colegio Francés. Ambos eran buenos estudiantes, sobre todo Rebeca, y su madre no tenía ninguna queja. La chica había empezado a salir con un compañero de clase y se la veía contenta. El chico, más introvertido, aún estaba centrado en los deportes y era de la selección de Euskadi de hockey hierba. Lo practicaba en el club Jolaseta y se lo había tomado en serio.

Aunque seguían muy unidos a su padre, sobre todo Rebeca, la presencia de Fabretti estaba asumida y los chicos se sentían a gusto con él.

Ir a la siguiente página

Report Page