Sospechosos
7. Miércoles, 12 de junio. Garrincha recibe un aviso
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7 - Miércoles, 12 de junioGarrincha recibe un aviso
7. Miércoles, 12 de junio. Garrincha recibe un aviso
El sol se colaba entre unas nubes ligeras que todavía cubrían el barrio de Olabeaga. Lejos quedaban los días en los que la bruma ocultaba ese rincón del río Nervión y lo escondía como si fuera un fantasma en pleno Bilbao.
Enfrente estaba Zorrozaurre y más allá se veían perfectamente los montes Banderas, Artxanda y Avril, que cerraban Bilbao por una de sus partes; por detrás se divisaba el Pagasarri y el Ganekogorta, que cerraban la otra.
Zorrozaurre había dejado de ser una península, ahora era una isla y los proyectos urbanísticos apuntaban a su reconversión total. Las fábricas llevaban años cerradas y abandonadas, y la mayoría de las casas que aún permanecían en pie sucumbirían a la piqueta. Un barrio nuevo y moderno convertiría esta isla en un lugar diferente, aunque no llegara a aquel Manhattan Txiki que anhelaba el alcalde Gorordo.
Olabeaga se mantenía al margen, alejado de los proyectos transformadores para Bilbao, y yo lo prefería así.
Eran las siete y media de la mañana, la brisa había empezado a filtrarse y corría a lo largo del Nervión, despejando los restos de neblina azul que aún quedaban. Me había instalado con mi caña al final del barrio en dirección a Zorroza, en una esquina habitual donde hacía dos años había tenido un serio percance con tres sicarios que vinieron a por mí desde Marsella sin ninguna buena intención.
Ayer por la noche leí la noticia en un periódico digital. Aunque solo daban las iniciales y el lugar del crimen, con el añadido «de una conocida y acomodada familia local», no tuve ninguna duda. La conversación que habíamos mantenido el día de la boda no presagiaba nada bueno, pero me extrañó. Cargárselo me parecía desproporcionado si solo se trataba de negocios.
Barajé llamar a Lucía, aunque me lo pensé mejor. Si necesitaban algo, ya lo harían ellos. No quería tomar la iniciativa.
Se lo comenté a Teresa y se quedó helada. Por su cara de sorpresa parecía pensar que estas cosas solo nos sucedían a nosotros, pero la verdad es que también le ocurría a esta gente tan respetable.
Pasé allí un buen rato y los paseantes eran ya numerosos; el sol lucía sin que ninguna nube lo molestara y, como siempre, ningún pez se había dignado picar. Recogí el sedal y la caña y me dirigí hacia casa.
No habían dado las diez de la mañana cuando oí sonar mi teléfono móvil. Vi que me llamaba Lucía y ya sabía por qué.
—Tomás, ¿te has enterado?
—Sí, lo leí anoche. Tremendo.
—Estamos destrozados. Eduardo no sabe muy bien de qué va la cosa, pero en su familia ha caído como una bomba. Están todos desolados y son muy conscientes de la gravedad de lo ocurrido.
—Mujer, claro, si se cargan a un hermano, ¿cómo no van a estar desolados?
—Sí, pero yo creo que hay más. ¿Te acuerdas de la conversación que mantuvo contigo en la boda? También tuvo otra con los hermanos implorándoles dinero, mucho dinero.
—Pues ya no lo va a necesitar.
Lucía se calló y después de unos segundos, como si no lo hubiera oído, dijo:
—Esto tiene un trasfondo que a mí y a Eduardo se nos escapa. Los hermanos sabrán, ellos llevan todos los negocios, sobre todo Ramón y Carlos. Van a reunirse esta mañana en casa de la abuela. Eduardo quería estar en la reunión, pero solo van a estar los hermanos y la mujer, bueno, la viuda de Ignacio.
—¿Ha estado la Ertzaintza con ellos?
—Han hablado por teléfono y por la tarde pasarán por la comisaría de Deusto. Allí estarán nuestros amigos Sara y Fabretti.
—Me lo temía. Qué pereza, otra vez ellos.
—Ni que lo digas. Una cosa, Garrincha, quiero que estés localizable. La familia está acojonada y estoy convencida de que piensa que esto puede continuar. A ellos se les escapa el mundo criminal.
—Chica, qué bien te expresas. ¿Cómo es el mundo criminal, mi princesa?
—Garrincha, hablo en serio, no me tomes el pelo. Me ha llamado Ramón y me ha pedido que estés localizable, igual tienen que hablar contigo.
—¿Conocen mi historial? —pregunté, aunque sospechaba la respuesta.
—Eso parece. Obviamente, yo no les he contado nada, pero puede que Ignacio conociera tus andanzas.
—No sé muy bien cómo voy a poder ayudarlos. Estoy retirado, esta vez de verdad, y estando nuestros queridos polis por medio mi rechazo es mayor.
—Solo quiero que, si necesitan hablar contigo, los escuches. Como comprenderás, no va a ser nada ilegal.
—Lucía, nuestra capacidad de complicarnos la vida es legendaria, y tú me ganas.
—Siempre igual, Garrincha, no te pongas borde. Sabes que ya no tengo nada que ver con aquella Lucía que conociste.
—Lo dejamos, sabes que los voy a escuchar y, luego, ya veremos.
—Te llamo. Un beso, Tomás.
Al colgar, me quedé pensativo. En parte tenía razón. La Lucía de hacía cinco años no tenía nada que ver con la actual, ni siquiera con la de hacía dos.
Cuando el secuestro, Lucía estaba liada con un macarra narcotraficante que la tenía subyugada. Se drogaba y su dependencia de la farlopa y las pastillas era importante. Además, tenía un trastorno bipolar o eso me parecía a mí. Aquello terminó bien para ella y, de rebote, para mí, pero pudimos acabar muy mal.
Hace dos años fue distinto, quisieron chantajearla los que tenían los derechos deportivos de su novio y pedían mucha pasta. Ella ya estaba mucho más centrada e, incluso, estaba dispuesta a pagar. Fui yo quien no veía la manera de llegar a un acuerdo en una extorsión que podía convertirse en eterna.
La verdad es que siempre me pasaba igual. De una vida contemplativa y aburrida, pasaba a acelerarme y motivarme. Cuando una aventura me acercaba a los aledaños de la vida pasada, me enganchaba a ella como si fuera una droga.
No lo podía remediar. En esos momentos, aunque fuera un disparate, estaba deseando que me llamara la familia Echevarría.