Sospechosos
8. La familia se reúne en Ondategui
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8La familia se reúne en Ondategui
8. La familia se reúne en Ondategui
Cuando Lucía colgó, la familia Echevarría se acomodaba en casa de María Ucelay para tener una reunión y decidir qué hacer. Las caras denotaban tristeza, pesar y angustia. Pero, además, parecían comprender que todavía faltaban muchas cosas por arreglar.
Estaban presentes Ramón, el mayor, de cincuenta y ocho años, padre de Eduardo y suegro de Lucía; Carlos, Jaime y las dos hermanas, Begoña y Luisa. Ramón y Luisa vivían en Madrid, y Carlos, Jaime y Begoña en Neguri. Solo Ignacio tenía su residencia en Bilbao, en una casa antigua de la Alameda de Mazarredo.
No acudieron los cónyuges y, al final, la viuda excusó su asistencia porque no se encontraba bien. Eran conscientes de que el crimen no era casual y que, de una u otra forma, todos estaban involucrados.
María sirvió café y, cuando acabó, comentó:
—Si preferís que no esté en la reunión, no tengo ningún inconveniente. Apenas sé de qué va y tampoco me apetece mucho saberlo.
—Mamá, quédate. Si alguien tiene experiencia en situaciones difíciles eres tú. Todos vamos a valorar mucho tu criterio y creo que interpreto el sentir de tus hijos.
Todos apoyaron a Ramón. María aceptó y se sentó en su butaca favorita.
—Carlos, cuenta la conversación que has mantenido con Pedro Salgado —planteó Ramón—. Perdonad: por si alguno no lo sabéis, Salgado es uno de los socios de Logística del Norte y negociador con Ignacio. En el momento del asesinato estaba con dos empleados suyos comiendo con nuestro hermano en La Bilbaína.
—Me encontré con ese individuo ayer por la noche. Estaba acojonado, la policía había estado en su oficina, los había interrogado a los tres y su impresión es que no se creían nada. Esta mañana tienen que pasar por la comisaría y llevar toda la documentación de la empresa. Además, vuelven a declarar —comentó Carlos.
—¿La poli cree que han sido ellos? —preguntó Jaime.
—En principio, declaran como testigos, pero Pedro cree que sospechan de ellos, aunque técnicamente no es posible. Desde que Ignacio se levantó de la mesa hasta que le dispararon transcurrieron entre dos y tres minutos.
—Podían estar esperándolo abajo. Imaginémonos: la reunión sale mal, como parece que así fue, y en ese escenario tenían previsto matarlo. No es impensable —argumentó Luisa.
—Efectivamente, la reunión no había salido bien. Ignacio no tenía dinero, solo contaba con un millón y pidió tiempo para conseguir los otros dos. Le dieron cuarenta y ocho horas —explicó Carlos.
—Qué fantasma, siempre igual. Ni tenía un millón ni iba a conseguir nada. Tenedlo por seguro —dijo Begoña, que conocía bien a su hermano.
—Por favor, ¿alguien me puede explicar de qué va todo esto? No me aclaro —pidió María Ucelay.
Ramón tomó la palabra:
—Mamá, Ignacio adeudaba tres millones de euros. Debía haberlos pagado hace ya unas semanas y ayer expiraba el último plazo, ya prorrogado, que le habían dado. El pago lo gestionaba una empresa llamada Logística del Norte.
—Ramón, no me has dicho por qué los debía ni a quién —contestó rápido María, sin dejarle terminar.
—A eso voy. Ignacio se metió en unos negocios que salieron mal. Una promoción inmobiliaria en Estepona y, sobre todo, unos negocios de exportación de cemento a Nigeria. En lo de Estepona sus socios no reclaman nada, son empresarios de la zona y han perdido todos, incluido Ignacio. El problema es que en lo del cemento, Ignacio no puso, pues tampoco lo tenía, ni un euro. Y no es que el negocio terminara mal, es que fue una estafa. El proyecto era de Ignacio, él tenía la idea y los contactos con el Gobierno nigeriano. La persona del Gobierno que le abrió las puertas y le ofreció un negocio fácil y rápido era un impostor. Se quedó con la pasta y desapareció. Ni el ministro de Obras Públicas nigeriano ni nadie del Gobierno conocía al contacto de Ignacio y tampoco habían oído hablar del negocio del cemento.
—Además, mamá, nos pusimos en contacto a través de un banco español que opera en aquel país con los dos productores de cemento más importantes: la Compañía Estatal de Cementos de Nigeria y el Grupo Dangote. Los dos desconocían cualquier actividad de ese tipo. Es más, no les cuadraba porque, así como hace años había escasez de cemento, ahora lo que había era exceso de producción. Esta información también llegó a sus socios y concluyeron que Ignacio era un estafador y estaba compinchado con el contacto nigeriano —dijo Carlos, que conocía perfectamente la situación.
—¿Y qué decía Ignacio? —preguntó María.
—Que él fue el primer estafado. Lo engañaron y creemos que fue cierto. Se dejó llevar y cayó como un pipiolo —comentó Ramón.
—Le pega totalmente —apuntó Luisa.
—Creo que me sitúo. Pero ahora, ¿cuál es el problema? No lo entiendo. ¿Qué tenemos que ver todos los que estamos aquí reunidos con esa deuda? Nada, salvo que me estéis ocultando algo —volvió a intervenir María.
—Tienes razón, mamá, ahora te lo explicamos. Continúa tú, Ramón —pidió Carlos.
—Los socios de Ignacio en el negocio del cemento nos metieron a todos en el mismo saco desde el principio. Parece que Ignacio largó nuestro nombre en alguna negociación y ellos se aferran a que eso fue decisivo para que se fiaran y metieran dinero. Yo lo dudo, creo que es una estrategia para poder recuperar el dinero, pero lo cierto es que las amenazas no ofrecían dudas y reproduzco palabras textuales: «Tú no tendrás dinero, pero tu familia lo tiene de sobra y ahí entra tu sobrino el del Athletic» —apuntó Ramón.
—Ramón, cuéntales que amenazaron con ir contra nosotros y contra Eduardo. «Estamos dispuestos a todo», dijeron —apostilló Begoña.
—Es cierto, este crimen puede ser un aviso.
—Carlos, ¿Pedro Salgado te mencionó ayer algo sobre el pago? —preguntó Jaime.
—Lo insinuó con claridad. Al despedirse me dijo: «Esto no acaba aquí. Id pensando algo, mi gente quiere recuperar la pasta».
—Está claro —dijo María Ucelay—, pero no me habéis dicho quiénes son los socios de Ignacio en lo del cemento.
—Él trató con dos altos cargos de importantes constructoras españolas. Yo sé quiénes son, pero no voy a decirlo. Es un tema muy delicado y, si salen sus nombres, añadiremos más problemas a los que ya tenemos —dijo Ramón.
—¿Tampoco se lo vas a decir a la policía? —preguntó su madre.
—No, mamá, tampoco. Me quedaré en Logística del Norte y nada más. No es tan extraño que no sepa quiénes son, espero que la policía lo entienda. Es lo mejor, créeme. Además, Ignacio sabía que, por encima de los dos directivos de las constructoras, estaba el jefe, el que mandaba y había puesto la mayor parte del dinero. Es un pájaro de cuidado.
—¿Y sospechas quién es? —preguntó Jaime.
—Sospecho, pero tampoco lo voy a decir.
—Una cosa, Carlos, ¿Salgado te dijo lo que le iban a contar a la Ertzaintza? —volvió a preguntar Jaime.
—Me adelantó que se iban a mantener en lo que ya habían declarado. Ignacio les pidió tres millones para pagar una deuda y ellos estaban gestionando un crédito pero, como es lógico y habitual, necesitaban bienes o avales para garantizar la operación. De ahí no se van a mover —dijo Carlos.
—Estos polis son listos y con mucha experiencia, no se lo creerán —comentó María.
—Ya lo saben, pero ellos están tranquilos. Dicen que el crimen no es cosa suya y no van a poder probar nada —dijo Carlos.
—Bueno, eso de que están tranquilos no se lo cree nadie —soltó Luisa.
—Vamos a centrarnos en lo nuestro, qué hacemos y qué le contamos a la Ertzaintza esta tarde. Por cierto, he quedado con Sofía para explicarle lo acordado. La verdad es que la pobre es la que menos sabe —dijo Carlos.
Todos miraron a Ramón y le cedieron la palabra para que él fijara la posición de la familia.
—Si os parece, en la policía mantenemos la versión reducida y menos comprometida. Ignacio se metió en negocios en Estepona que le fueron mal y en uno de exportación de cemento a Nigeria y otros países. Luisa y Begoña podéis decir que no sabíais ni eso. Nosotros añadiremos que Ignacio nos pidió dinero y que no se lo dimos porque estábamos hartos y no nos fiábamos. Le hacían falta unos dos millones y nos habló de los negocios muy por encima. No sabemos más. Daremos los nombres de los promotores de Estepona; respecto a lo del cemento, Ignacio no nos dio ningún nombre. Mamá, tú no vengas a comisaría, diremos que no estabas al tanto de nada y, si quieren algo, ya te llamarán. A partir de esta versión podemos decirles que el sábado pasado, en la boda, volvió a pedirnos dinero y que estaba muy nervioso. Todos se lo negamos, pero ninguno pensó que estaba en peligro —expuso Ramón.
—Como nos preguntarán si hemos hablado con Logística, les explicaré que lo hice yo ayer por la noche al enterarnos de que habían comido juntos. Vosotros solo sabéis lo que os he contado —dijo Carlos.
—En lo de hoy con la policía no tiene por qué haber problemas, lo solucionaremos bien. Lo que vamos a contar se aproxima bastante a lo que sabemos, pero nos queda por resolver la cuestión de fondo, que es más grave y difícil. Para situar el problema: los estafados por el cemento van a ir a por nosotros y no van a parar hasta cobrar, lo tengo claro. Nos han amenazado sutilmente y mi hijo Eduardo lo está de igual forma.
—Si tienes una propuesta, adelante —apuntó Jaime.
—Necesitamos contar con alguien que gestione nuestros intereses. Una persona de confianza. Añado más: debe contactar con los estafados y llegar a un acuerdo para pagar. No estoy dispuesto a poner en peligro a nuestra familia ni nuestros negocios. Se han cargado a Ignacio y pueden continuar con los demás —concluyó Ramón.
—Estoy totalmente de acuerdo. Tres millones entre cinco podemos pagarlos perfectamente. No nos vamos a arruinar —dijo Begoña.
—Contad conmigo. Seríamos seis —dijo María.
Estuvieron de acuerdo en pagar si fuera necesario, aunque Carlos y Jaime insistieron en negociar e intentar rebajar el importe lo máximo posible.
—¿Habéis pensado en alguien? —preguntó Luisa.
—Estoy dándole vueltas a una propuesta. Hay una persona que no es detective ni abogado… Es de confianza, nos puede ayudar y está al margen de nosotros y de nuestro mundo. Sería muy difícil que lo vincularan con nosotros —planteó Ramón.
—Suéltalo, a mí me lo has comentado y me parece bien —dijo Carlos—. Incluso Ignacio habló con él y quedó en llamarlo para que lo ayudara.
—El padrino de boda de Lucía, Tomás Garrincha, amigo de ella y de su familia. Está retirado de ese mundo situado al margen de la ley desde hace varios años, pero lo conoce bien y puede ser muy eficaz. —Ramón se frotó las manos con aprensión y desagrado.
—Vaya por Dios —soltó María Ucelay—. Yo también sé quién es. Era un hombre del hampa y reconozco que vale un montón.
—Desde luego, mamá, no dejas de sorprendernos —dijo Carlos mientras el resto ponía cara de sorpresa.
—Son historias pasadas y para mí olvidadas. Lo importante es que es un hombre muy competente y es de fiar. Por ayudar a Lucía, y ahora a Eduardo, haría cualquier cosa —contestó María—. Aunque la policía lo conoce mejor que yo y no sé si les gustará volverlo a ver. Sospecho que no. No lo aprecian demasiado.
—La policía no debe conocer las gestiones que realice. Es más, cuando se produzca el pago, que me temo que se producirá, nosotros no apareceremos, será Garrincha quien figure y se encargue de todo. Este es uno de los motivos por los que nos interesa contar con él —apuntó Ramón.
—¿Será caro? —preguntó Jaime.
—No nos va a cobrar nada, te lo aseguro —dijo María Ucelay.
Todos la miraron sorprendidos por lo mucho que sabía, pero evitaron ponerla en un compromiso.
—Si os parece, Carlos y yo hablamos hoy mismo con él cuando salgamos de la comisaría de Deusto. Además, os propongo manteneros a todos al margen de lo que tratemos y de sus gestiones hasta que haya alguna novedad. Y ni Lucía ni Eduardo deben saber nada —zanjó Ramón.
—Lucía sabe que íbamos a llamarlo, ella hizo la gestión —apuntó Carlos.
—Pero que se quede en eso, en que vamos a hablar con él y nada más. Que no se le ocurra comentarle nada a Eduardo, solo faltaba que se distrajera ahora que tiene partido con la selección —concluyó Ramón.