Sospechosos

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9. En la comisaría de Deusto

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9En la comisaría de Deusto

9. En la comisaría de Deusto

Ese miércoles era un día frenético en la comisaría de Deusto. Los equipos de Ongi Etorri, Gabarrita y el Niño de Vista Alegre trabajaban a tope intentando recabar la mayor información posible.

Lo más relevante correspondió al equipo de Gabarrita; hubo suerte y, al peinar los alrededores de La Bilbaína, consiguieron una pista que permitió situar la huida de los esbirros que abatieron a Ignacio por la calle Bailén hacia San Francisco. Se trataba de dos hombres jóvenes, fuertes y blancos. Unas sudaderas oscuras y unas gorras con viseras impidieron un mayor reconocimiento. Era un indicio prometedor con posibilidades reales de seguir trabajándolo.

Sobre la familia Echevarría, sus negocios y los de Ignacio, la información no era decisiva. Ignacio era un veleta que se había arruinado varias veces desde que se fue o lo echaron del banco. Últimamente daba vueltas y, angustiado, hacía mil gestiones en busca de financiación para unos proyectos inmobiliarios en Estepona y un negocio raro de exportación de cemento.

Aunque en su día dirigió alguno de los negocios de la familia, llevaba años al margen y todo apuntaba a que no se fiaban de él. El resto de los hermanos estaban muy bien situados, y tenían numerosas participaciones y negocios propios en distintos sectores.

Logística del Norte, sus socios y los empleados no tenían antecedentes penales ni policiales, pero daba la impresión de ser una tapadera para negocios turbios. Como asesoría su actividad era muy modesta y poco conocida. Era necesario investigarlos a fondo.

Los dos inspectores llegaron pronto a la oficina; no habían dado las ocho y ya estaban preparando los interrogatorios y leyendo la información que les pasaban sus equipos.

Sara estaba nerviosa, pero era porque le gustaba el asunto, quizás era debido a que la sombra de Lucía merodeaba por los alrededores. Fabretti estaba a lo suyo y tomaba notas en unas cuartillas sobre los temas que no debían escaparse en los interrogatorios.

—A los de Logística vamos a permitirles que nos vuelvan a contar todo, no creo que haya sorpresas, pero insistiría en sacarles quiénes están detrás de ellos, los titulares reales de la empresa —dijo Sara.

—Hay que acojonarlos. Un asesinato es algo muy grave, tienen que cantar, sobre todo si no tienen que ver con el crimen —apuntó Fabretti—. Y luego vendrá la familia. Si este asunto es tan turbio como parece, es fundamental que nos den toda la información que tengan. Por cierto, ¿viene la viuda?

—Sí, Sofía Arrilucea acudirá con su hijo mayor, Julio, de veintitrés años. Esta citada a la misma hora que sus cuñados. Le he preguntado si tenía algún inconveniente y me ha respondido que no —comentó Sara.

La jornada transcurrió lenta y farragosa. Tenían que tomar declaraciones y transcribirlas, imprimirlas y firmarlas. Todos venían en calidad de testigos y eso las aligeró algo al no estar presentes sus abogados.

Los primeros que pasaron fueron Pedro Salgado, Julen Olarizu y Asier Valderrama.

Todo fue teatro, incluso más exagerado que la víspera en su oficina. Mantenían que eran unos meros gestores de un préstamo para atender una deuda derivada de unos negocios fallidos. El préstamo no era posible si no se ponían encima de la mesa bienes por el doble de su importe o avales de personas con dinero suficiente. Su familia lo tenía y estaban convencidos de que Ignacio solo estaba trabajando en esa opción.

Sonaba a montaje. Negaron insultos y amenazas en la comida, los camareros habrían entendido mal, aunque reconocieron que estaban cabreados. Tenían la sensación de que estaban perdiendo el tiempo y se temían que no iban a cobrar nada.

Aunque en teoría podía ser cierto, no tenía ningún sentido pedir un préstamo a una gestoría de medio pelo con los avales de una familia millonaria. Los inspectores llevaban muchos años interrogando testigos y sospechosos y sabían cuándo alguien estaba mintiendo.

Estos mentían de forma descarada y no parecía importarles demasiado. Cuando Sara anunció que, si no les daban más información, pasarían a ser los principales sospechosos del crimen y las actuaciones judiciales se dirigirían contra ellos, se encogieron de hombros uno detrás de otro como si lo tuvieran ensayado.

La documentación que habían traído era abundante, demasiada, parecía que querían quedar bien abrumándolos con detalles que no servían para nada. Salgado les informó de la existencia de otros dos socios —un abogado fiscalista y un economista que llevaba contabilidades, todos con un tercio del capital social— y cuatro empleados, incluidos Asier y Julen.

Los miembros de la familia Echevarría estaban sinceramente afectados, se sentían agobiados por la situación, pero la información que les proporcionaron no era decisiva, es más, era de una simpleza total. Negocios que iban mal, Ignacio tenía deudas, necesitaba dinero, el banco no se lo daba, sus hermanos tampoco. Todo lógico cuando se hablaba de tres millones de euros, pero lo que no encajaba es que se lo hubieran cargado a las primeras de cambio. Era una desproporción y algo no cuadraba.

Al ser gente educada, sus formas tendían a hacerte creer que estaban diciendo la verdad, pero los inspectores sabían que podía tratarse perfectamente de un paripé. No estaban contentos; aunque lo fundamental fuera cierto, alguno sabía más y no lo había soltado.

—Hablaremos con los de Estepona y, por favor, averigüe quiénes eran los socios del cemento y con qué países y empresas estaban negociando —pidió Sara.

—No se preocupe, inspectora, recabaremos esos datos y colaboraremos en todo cuanto nos sea posible —dijo Ramón.

—Otra cosa, señora. —Fabretti se dirigió a Sofía Arrilucea, la viuda—. Tráiganos el ordenador de Ignacio y toda la documentación que nos pueda ayudar. El teléfono móvil ya lo tenemos.

—Ningún problema, Julio les trae todo ahora. Son varias las carpetas referentes a estos asuntos que hemos visto en su despacho.

—Perfecto. Muchas gracias.

El ordenador había sido ya revisado por Carlos y Sofía, y no habían encontrado nada comprometido. De todas formas, borraron alguna información y páginas de internet sobre Nigeria para no dar ninguna pista. Sobre Estepona lo dejaron todo, y lo mismo hicieron con las carpetas que guardaba Ignacio.

Los inspectores les habían preguntado sobre los viajes que había hecho Ignacio al extranjero. Su viuda relató algunos a capitales europeas, sobre todo a Londres, pero no comentó ninguno a Nigeria o a algún otro país africano. Ella creía que no había estado allí.

Al acabar la jornada en la comisaría, Sara y Miguel, aunque estaban cansados y era tarde, decidieron volver dando un paseo. Bajaron a la ribera de Deusto y desde allí, bordeando la ría, se dirigieron a su casa.

Ambos estaban pensativos, algo se les escapaba en ese crimen y no sabían qué. Matar a alguien con tal revuelo mediático —una familia muy conocida y con el mejor y más carismático jugador del Athletic entre sus filas— por una deuda impagada no tenía sentido. Y más aún en plena negociación, sabiendo que a poco que apretaran la familia acabaría pagando. ¿Podía ser un escarmiento? ¿Para qué? No había proporcionalidad. ¿A quién querrían meter miedo? ¿A la familia? Para eso no hacía falta matarlo. Una extorsión bien organizada podía haber funcionado sin que nadie se enterara.

Sus silencios solo corroboraban que la jornada había sido extraña. Unos habían mentido como bellacos, y otros escondían algo y estaban temerosos.

Cuando Sara preguntó si pensaban que los que habían matado a Ignacio intentarían cobrar de la familia los tres millones, Ramón, ejerciendo su autoridad reconocida, contestó que no. «¿Por qué iban a tener que pagar ellos?», dijo textualmente. Pero, entonces, ¿por qué lo habían matado si de esa manera se iban a quedar sin cobrar?

Fabretti advirtió un parpadeo nervioso que Ramón no había tenido hasta entonces. La respuesta había sido rápida y algo atolondrada.

—Miguel, apostaría a que van a intentar cobrar de la familia y ellos lo saben. Y, además, están dispuestos a pagar. Quizás un fiambre encima de la mesa lo facilita y ese sea el motivo del crimen: acojonarlos a todos.

—Pasta no les falta. He visto la información que nos ha pasado Ongi Etorri y están forrados —apuntó Fabretti.

—Eso parece, he podido ojearla. Salvo Ignacio, un auténtico desastre, a los otros cinco hermanos y a la madre les crece el dinero por todos lados. Propiedades inmobiliarias, negocios en el sector farmacéutico y en el de seguros, dos sicavs con una gestión de veinte millones de euros, fondos de inversión, acciones… —confirmó Sara.

—Y, luego, el futbolista, por encima de los cinco millones netos por temporada.

—Podíamos meter a la nuera, a Lucía, que igual tiene más dinero que todos juntos. —Sara se rio, pero su frase confirmó que no se la quitaba de la cabeza.

—Entonces, ¿por qué no han pagado antes?

—No lo sé, quizás antes no pensaban que se lo iban a cargar y ahora ha cundido el pánico.

—Puede ser. Es difícil saber la parte de dolor, de duelo, y la parte de miedo a que esto continúe —concluyó Fabretti—. ¿Les ponemos vigilancia?

—Me parece bien. Encárgaselo a Gabarrita y que sean discretos. Si se quejan, comentaremos con toda normalidad que son protocolos para su seguridad. ¿Y si pedimos autorización para pincharles los teléfonos?

—Sara, ningún juez nos firmará una intervención telefónica.

—Tienes razón, siempre igual, así es muy difícil conseguir resultados.

—No nos queda otra.

Cuando pararon a beber una cerveza cerca de su casa, después de una larga caminata urbana, Sara recibió una llamada de su hija Rebeca. Quería que le explicara un tema que estaba preparando para un examen y no entendía nada.

Enseguida se fueron para casa y Sara todavía tuvo que sacar fuerzas para ayudar a su hija en unos estudios, los de Empresariales, ya totalmente olvidados.

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