Sospechosos
10. Garrincha se ve con los Echevarría
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10Garrincha se ve con los Echevarría
10. Garrincha se ve con los Echevarría
—Garrincha, parece que esto se anima. La familia quiere verte.
—¿Los Corleone?
—Tomasín, qué graciosillo estás. Me acaba de llamar Carlos, han quedado esta tarde en Deusto con tu amiga Sara y el bollo de su novio.
—Dile que les den recuerdos de mis partes.
—No estaría mal, en eso te apoyo, igual se lo digo.
—Espero que no nos crucemos en su camino.
—Esta vez no, por favor. Ahora sí que estamos en el mismo bando.
—Qué malestar me está entrando, Lucía.
—¡Ja, ja! A mí también, cuanto más lejos, mejor.
—Dime la hora y el lugar.
—A las nueve en el Hotel Carlton.
—Allí estaré. Por cierto, ¿vas a ir tú?
—No. Estaréis Ramón, Carlos y tú. Yo estoy al margen y lo prefiero. Además, no quieren involucrar a Eduardo de ninguna manera. Me han pedido silencio total. Pero yo sí quiero saber qué pasa, estoy con Eduardo en la salud y en la enfermedad, algo así me dijeron el otro día cuando me casé.
—No te preocupes, te contaré casi todo.
—Te mato, quiero todo.
—Cuenta conmigo —dije mientras sonreía al oír su reacción.
Pensaba que si la familia quería mis servicios era porque había cosas que no podía hacer la policía y quizás tampoco saberlas. Eso apuntaba a que no serían muy legales. Probablemente, el motivo por el que se había producido el crimen no debía de estar resuelto y ellos querrían solucionarlo al margen de los circuitos oficiales. Tenía que hablar con Teresa. Si iba a echarles una mano, no podía ocultárselo.
Salí de casa y me acerqué a la tienda en la calle Ercilla. El día invitaba a pasear y me vino bien caminar con mis historias mientras el sol caía sobre Bilbao. Eran cerca de las dos cuando llegué y estaba a punto de cerrar. Me vio, sonrió y me saludó con la mano. Maite, la empleada, atendía a una clienta y Teresa se me acercó.
—Maite, cierra tú, me voy con Tomás, por la tarde nos vemos —dijo después de besarme.
—Hasta luego, Teresa. Un beso, Tomás.
Se me colgó del brazo y nos dirigimos directamente a un restaurante cercano a comer algo. A los dos nos gustaba el pescado y enseguida nos pusimos a dar buena cuenta de ello.
—Ya me contarás, esta visita se tiene que deber a algo. Vamos, Tomás, sorpréndeme.
—¿Insinúas que no puedo tener ganas de verte e invitarte a comer?
—Hombre, si estoy encantada, a mí siempre me apetece.
—Ahora te cuento —dije sabedor de lo inútil de seguir dando carácter rutinario a la invitación.
Cuando nos sirvieron unos percebes y una ración de quisquillón con un blanco muy frío, empecé a hablar. En otras ocasiones la escena había sido similar y ella lo sabía.
Le conté cómo habían sucedido las cosas, empezando por la conversación con Ignacio en la boda y pasando por su asesinato.
—Me lo comentaste anoche y lo he oído esta mañana en las noticias de la radio, pero creo que no han dicho el nombre. Recuerdo algo así como «de una conocida y acomodada familia». De Bilbao o de Neguri, no estoy segura.
Continué contándole los datos que tenía, que la familia quería hablar conmigo y la cita de esta noche en el Carlton.
—No me aclaro demasiado. ¿Piensan que puedes tener información del asunto? —preguntó Teresa.
—No lo creo, apenas hablé con Ignacio en la boda. Iba a llamarme, pero el pobre no tuvo tiempo. Creo que quieren que los ayude, pero no sé en qué. Para descubrir al asesino está la policía.
—¿Entonces?
—Se me ocurre lo siguiente: Ignacio debía dinero y los que lo han matado quieren cobrarlo…
—Y la familia no quiere pagar.
—O sí, quizás quieren gestionar el pago, pero es pura elucubración. Pienso que no querrán poner en peligro sus vidas, sus negocios y a Eduardo.
—Tomás, cuando alguien se acuerda de ti es para un marrón de cuidado. No te olvides de los anteriores.
—Mujer, esto es distinto. Estos son gente legal.
—Lo serán, pero igual quieren que arregles lo ilegal.
—Luego lo sabré y entonces decidiremos. Pero no voy a aceptar nada ilegal.
—Garrincha, como si no te conociera… Tienes un brillo en los ojos que no lo puedes disimular. Solo te pido que tengas cuidado, en serio, hazme caso.
—Teresa, no vamos a volver al pasado, créeme.
—Te tomo la palabra.
Cuando a las nueve de la noche entré en el Hotel Carlton, Ramón y Carlos estaban sentados en uno de los sofás del hall con una copa en la mano.
Los saludé, les di el pésame y me senté en un butacón frente a ellos.
—¿Qué te apetece? —me preguntó Carlos mientras hacía un gesto al camarero.
Miré sus copas, Ramón parecía tener un whisky con hielo y Carlos un combinado, pero no sabía cuál era.
—Sorpréndeme, Carlos, igual te acompaño.
—Es un negroni, el favorito de mi madre. Un tercio de vermú, un tercio de ginebra y otro de campari. El conde Negroni, amigo de Gabriele D´Anunzzio, como siempre recuerda mi madre, ha sido un buen compañero de la familia.
—Me has convencido, que sea otro para mí —dije dirigiéndome al camarero.
Ramón nos informó de que había reservado una mesa para cenar en el mismo comedor del hotel y, sin esperar nuestra conformidad, empezó a ponerme al tanto de cómo se había producido el crimen, el lugar exacto, la huida de los pistoleros, la comida de Ignacio con los de Logística del Norte y su versión de lo que estaban tratando. No se la creían, la Ertzaintza tampoco y a mí también me pareció inverosímil, aunque me abstuve de realizar cualquier comentario.
—Garrincha o Tomás, ¿cómo quiere que lo llamemos?
—Es igual, pero Garrincha está bien.
—Garrincha, los de Logística… son los que estaban intentando cobrar, ellos no gestionaban ningún crédito. Al revés, ejercían de una especie de cobrador del frac por cuenta de sus clientes —dijo Carlos.
—¿Y se sabe para quién trabajan? —pregunté a continuación.
—Ya llegaremos a eso —dijo Ramón antes de que Carlos contestara.
—Bien, la impresión, bueno, más que la impresión, el convencimiento es que esto no se ha acabado. Los acreedores quieren cobrar y no van a cejar en su empeño. Ya se lo dijeron a Ignacio y mira dónde está; y Pedro Salgado, sin acritud, lo ha dejado caer —explicó Carlos.
—¿Ustedes creen que se han encargado ellos del asesinato? —pregunté.
—Dicen que no, están muy asustados. Parece muy burdo que den un plazo de cuarenta y ocho horas y se lo carguen al momento. Salen muy perjudicados, pero quién sabe… —apuntó Ramón.
—La policía no nos ha comentado nada pero, aunque no se creen la versión, tampoco tienen claro que hayan sido ellos —indicó Carlos.
—Y bien, ¿qué quieren de mí? Este negroni es una maravilla, cómo sabe su madre.
Esperaron para ver si continuaba y, al ver que callaba, Ramón tomó la palabra.
—Nosotros confiamos en la policía para que detengan a los autores, pero a nuestro hermano ya no nos lo van a devolver. No tenemos más remedio que confiar en ellos, no nos queda otra opción. Nunca, aunque pudiéramos, nos tomaríamos la justicia por la mano. No somos gánsteres. —Se abstuvo de decir como usted, aunque lo pensaba—. Por ahí la investigación debe seguir su curso y que sean la policía, la fiscalía y la judicatura las que actúen.
—Entiendo, continúe —dije al ver que paraba.
—Nuestra colaboración con la policía será leal, pero jamás pondremos en peligro a ninguno de los nuestros. Eso es precisamente lo que nos preocupa y por lo que estamos hablando con usted —afirmó Ramón mientras daba entrada a su hermano Carlos, recabando su apoyo y sin dejar de mirarme.
—Es así —intervino Carlos—. Bastante tenemos con un muerto, no queremos más. Tampoco deseamos estar abriendo telediarios o aparecer constantemente en los programas del corazón. Queremos que esto acabe cuanto antes.
—Y eso significa que quieren pagar —dije sin saber muy bien si acertaría, pero intentando que dejaran de marear la perdiz.
—Cierto. Queremos pagar, cuanto menos mejor, pero sobre todo necesitamos que se resuelva de una forma discreta y no se hable más de nosotros. La cuantía no es lo importante —dijo Ramón.
—Está en riesgo Eduardo y su brillante futuro, están nuestros negocios, nuestra familia y, sobre todo, nuestra reputación. Es mucho lo que nos jugamos —añadió Carlos.
—Y todo por tres millones —comenté sin dar a entender, aunque era difícil, ningún sarcasmo.
—Tres millones es una barbaridad, pero el daño que nos pueden hacer es mucho mayor. Si hay que pagarlos, se pagan —volvió a intervenir Carlos.
—No entiendo entonces cuál es el problema. Lo comentan con los acreedores, intentan rebajar el importe y, si no se avienen, lo pagan y ya está.
—Señores, vamos al comedor y seguimos con el tema mientras cenamos —apuntó Ramon al tiempo que se levantaba del sofá.
—Por cierto, Carlos, el negroni fantástico. Lo voy a poner en mi lista.
—Haces bien. Y se puede tomar a cualquier hora del día.
El comedor estaba muy tranquilo, no llegaba a la media ocupación. Nos sentamos en una de las esquinas, donde nadie podía oírnos. Pedimos una cena ligera: vichyssoise los tres, merluza frita para los Echevarría y una lubina a la plancha para mí, con vino de la casa.
Ramón tomó la palabra y me explicó la desastrosa vida de Ignacio en el mundo de los negocios. Salió del banco poco después de que el padre dejara por edad el consejo de administración. El motivo fue una operación irregular de banca paralela, de las que un banco jamás perdona a uno de sus empleados.
Luego lo ayudaron en el mundo de los seguros y, cuando empezó a decaer la correduría en el sector, se encargó de alguna promoción inmobiliaria en el sur que salió bien. Además, realizó por su cuenta algún negocio de compraventa de petróleo con Nigeria, que las malas lenguas situaban muy cerca del contrabando. Ganó dinero, lo perdió y lo volvió a ganar. Con el miedo metido en el cuerpo vivió varios años de las rentas acumuladas, hasta que se fueron esfumando.
—Ignacio no tenía vicios mayores y cuidaba bien de su familia, por ese lado su vida era correcta y daba poco que hablar. Pero cuando se acabó el dinero, volvió a los negocios y sus fracasos nos han traído hoy aquí. Unas promociones inmobiliarias en Estepona salieron mal. Tenía dos socios fuertes y dejaron una urbanización sin terminar y sin vender. Lo normal es que alguien se hiciera cargo de ella y de los créditos bancarios. Aunque se mezcla con el otro asunto, no nos preocupa demasiado. Ha salido mal y punto. Sus socios son gente correcta y no les debe un euro. Los bancos se quedarán con la urbanización si alguien no la rescata. El problema gordo y grave ha sido otro. Ignacio, probablemente basándose en otras experiencias suyas en Nigeria, intentó montar un negocio de exportación de cemento. A través de unos contactos y de unas negociaciones llevadas en Londres, llegó a un acuerdo con una persona muy cercana al Gobierno, o eso pensaba él, en concreto al ministerio de Obras Públicas, para realizar unas exportaciones fabulosas de cemento a lo largo de cinco años. Como se necesitaba dinero, él no lo tenía y ni nosotros ni los bancos se lo íbamos a prestar, se dedicó a buscar socios para la ocasión.
—Ignacio era un hombre con solvencia a la hora de expresarse y de generar una buena impresión. Tenía estudios, era licenciado en Empresariales y, aunque era un hombre fácil de engañar, de negocios entendía —continuó Carlos.
También me explicó cómo cayeron rendidos a su proyecto los directivos de dos importantes constructoras españolas. Las empresas no sabían nada y ellos eran los primeros interesados en que esta historia no saliera a la luz porque los pondrían en la calle.
—Pues bien, todo resultó una estafa. Tuvieron que ingresar, desde un paraíso fiscal, tres millones de euros en la oficina de Londres de un banco suizo. Vamos, todo un disparate, además de un posible delito fiscal. Y ese dinero desapareció al mismo tiempo que el contacto gubernamental de Nigeria. Hicieron mil gestiones, muchas de ellas en el país africano. Los socios de Ignacio llegaron a hablar con gente del Gobierno y con responsables de las empresas cementeras más importantes del país; todos se rieron de tal disparate. En el país africano habían pasado de la escasez de cemento hacía unos años a una producción excedentaria. Hoy cualquiera podía comprar cemento a buenos precios. Desolados, dieron el dinero por perdido. No entendían cómo Ignacio no había comprobado algo tan sencillo como el mercado actual del cemento. Era todo muy extraño porque Ignacio no era ningún principiante. Investigaron en Londres la ruta del dinero y comprobaron cómo de la City había volado vía Singapur a un banco de las Islas del Gran Caimán.
—Eso es lo esencial, pero hay más. Por encima de estos dos directivos hay un pez gordo que dirige todo el cotarro. Aunque no estoy seguro de quién es, tengo mis sospechas. Es el que más pasta de los tres ha perdido y ha sido humillado de forma hiriente. Seguro que no perdona, sus antecedentes así lo avalan —concluyó Ramón.
—Eso significa que será quien ha dado la orden de cargarse a Ignacio —comenté.
—No lo sé, puede ser, pero en todo caso es quien nos puede dar tranquilidad —dijo Ramón.
—La humillación la tendrán ya superada. El asesinato de Ignacio lo compensa y el quebranto económico se arregla cobrándose las pérdidas. Todo encaja, por eso es creíble que los de Logística no supieran nada —apunté.
—Eso parece —dijo Carlos sin querer elucubrar más.
—Entiendo que saben quiénes son los dos directivos estafados.
—Sí, y deseamos que negocie, aunque mejor con su jefe. Nosotros pagamos y ellos se olvidan de nosotros —remató Ramón.
—¿Son de fiar?
—Son duros pero, si llegan a un acuerdo, lo cumplirán —contestó Ramón.
—El único límite es un acuerdo para salvarnos. El importe es lo de menos, pero que no sea de más de tres millones. No tendría sentido —apuntó Carlos.
—¿Y si lo es?
Ambos hermanos se miraron, se encogieron de hombros y contestaron de inmediato.
—Pues pagaremos.
Nos quedamos callados los tres, aunque seguía con la duda que llevaba encima y pregunté:
—No entiendo una cosa. ¿Por qué han pensado en mí? Un abogado cualquiera lo puede hacer sin ningún problema. Logística del Norte, sin ir más lejos, puede mediar y conseguir el mismo resultado.
—Queremos llevarlo con la máxima discreción posible, no sabemos si hay más mierda y si puede salir. Por otra parte, sus referencias son muy buenas. Nuestra madre también nos ha hecho muchos elogios sobre usted —dijo Ramón.
—No lo hemos hablado, pero te pagaremos bien. Si tienes alguna cifra en la cabeza, dínosla, nos pondremos enseguida de acuerdo —añadió Carlos.
—La primera condición para aceptar este caso es no cobrar un euro. Siempre lo hago así y es innegociable. Me da mucha libertad y no me hace sentirme especialmente interesado.
Los hermanos Echevarría se miraron sorprendidos. No lo entendían, pero no debían insistir. Su madre tenía razón.
—Usted mismo pero, si cambia de opinión, díganoslo sin ningún problema —indicó Ramón.
—Cuéntenme por dónde prefieren que empiece. ¿Por los socios estafados?
—Voy a pasarle un número de teléfono móvil. La persona que atenderá la llamada está en Madrid y le pondrá en contacto con los socios estafados, como con acierto los ha denominado —indicó Ramón.
Dejó un sobre encima de la mesa y, al levantarnos, lo recogí.
—Mañana a primera hora hago la llamada.
—Conforme, manténganos al tanto. Aquí o en Madrid. Regresaré un día de estos —dijo Ramón.
Carlos me dictó su teléfono y el de su hermano, y yo les di el mío.
Antes de levantarnos, Ramón me pidió total confidencialidad, a lo que respondí con un «no hace falta que me lo diga». También me rogó que su hijo Eduardo quedara al margen de todo. Lo acepté con un gesto con la mano que quería decir «por supuesto, solo faltaba».