Sospechosos

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11. Jueves, 13 de junio. Garrincha y Lucía

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11 - Jueves, 13 de junioGarrincha y Lucía

11. Jueves, 13 de junio. Garrincha y Lucía

Cuando llegué a casa, Teresa estaba ya acostada y no pude contarle nada. Antes había recibido un wasap preguntándome cómo iba todo y le contesté: «Todo bien, ya te contaré». Y era verdad, no veía ningún problema en el encargo; comparándolo con lo que estaba acostumbrado me parecía sencillo, fácil de resolver y poco comprometido.

Pero… no me fiaba, era todo demasiado lineal. La contestación a la pregunta de por qué habían pensado en mí no me convencía. Me contrataban porque podía haber problemas. Es más, porque pensaban que los habría.

Me metí en la cama, expectante pero animado. La vida anodina y sin sorpresas me aburría, era plana, sin interés. No tenía problemas económicos, disfrutaba pescando, mi relación con Teresa funcionaba, pero me faltaba algo y sabía qué. Resolver este asunto, aparentemente limpio, suponía un cambio y me gustaba.

Mi despertar fue fácil. Los rayos de un incipiente sol se colaban por las rendijas de las persianas y con suavidad me ayudaron a ver el día con cierto optimismo.

Antes de llamar al contacto de Madrid, llamé a Lucía. No quería hablar por teléfono y quedamos a desayunar cerca de su actual domicilio, en la plaza de Euskadi.

Teresa se estaba arreglando para ir a la tienda y ya había desayunado.

—Te veo contento, cuéntame. —Me miró intentando descubrir por qué me había levantado animado.

Le narré la conversación mantenida en el Carlton. Mi mujer tampoco entendía muy bien por qué me habían elegido, pero no le dio mayor importancia.

—¿Cuándo piensas ir a Madrid?

—Cuanto antes. Si puedo, esta misma tarde.

—Yo a media mañana me voy a San Sebastián, quiero ordenar la tienda con las chicas. Igual me quedo y regreso mañana al mediodía.

—Si me voy esta tarde, también es probable que me quede a dormir en Madrid. Lo decidiré sobre la marcha.

—Hablamos luego y me cuentas tus planes.

—Descuida, ahora he quedado con tu amiga Lucía. Está de un protector con su flamante marido que no veas.

—Qué petarda es. Aunque no me extraña que quiera protegerlo.

Me acerqué dando un paseo hasta el parque de Doña Casilda. Tenía algo de tiempo y bajé hasta el estanque de los patos, donde me senté en un banco mientras observaba los chapoteos y rugidos que allí se producían. Solía hacerlo con cierta frecuencia, era un lugar que me relajaba mucho. Siempre esperaba ver a los espectaculares pavos reales que recordaba de pequeño, pero siempre me quedaba con las ganas.

Se estaba muy bien. A esa hora solo cruzaban esa zona personas con un destino determinado, sin que niños, padres o adolescentes hubieran hecho acto de presencia. El jolgorio de los pájaros y el colorido de los numerosos árboles me despejaban de cualquier pensamiento complicado. Estaba adquiriendo hábitos de jubilado…

Enseguida me levanté y me dirigí al encuentro con Lucía. Cuando llegué, ella ya me esperaba sentada en una mesa con un café y un cruasán. Levantó la vista del periódico, sonriéndome, mientras yo pedía en la barra otro café y un bollo de mantequilla.

—Qué buen aspecto tienes, Garrincha.

—He dormido bien y volverte a ver siempre me mejora.

—Qué chorra eres. Lo dices tan convencido que, si no te conociera, me lo creería.

—Créetelo, hoy me apetecía verte.

—Un día raro lo tiene cualquiera. Venga, cuéntame la reunión de ayer.

Antes de decirle nada tuvo que prometerme que todo lo que le confiara de este tema no podía utilizarlo ni transmitírselo a nadie, incluyendo al propio Eduardo.

Lucía, sonriente, levantó la mano izquierda en plan americano y dijo:

—Lo juro. Nada contaré a mi marido.

Volvió a sonreír y pasé a radiarle la reunión completa con Ramón y Carlos. Cuando terminé —no me había interrumpido en ningún momento—, me dijo:

—Aunque te extrañe que hayan pensado en ti, tiene sentido. Ellos son gente tradicional, alejada de cualquier actividad que pueda implicar un comportamiento delictivo. Les aterra poner en riesgo, por supuesto, su vida, pero también sus negocios y, sobre todo, su reputación. A ti te ven como alguien del otro mundo…

—No lo dulcifiques. Te entiendo: un gánster.

—Tampoco es eso, pero lo importante es que se fían de ti y te ven competente.

—¿Y quién ha dado informes?

—Como comprenderás, yo no. Lo que más me acojona de todo es que salga mi vida pasada y se entere Eduardo. Como me dijo un día su abuela: «Algo así en nuestro ambiente sería demoledor». Y eso que no sabía casi nada.

—Bueno, es igual, de mí algo deben de conocer. Algún día se lo preguntaré. Me informaron de que María Ucelay me había apoyado.

—María sabe por la policía quién eres pero, tenlo por seguro, no le habrán dado buenos informes, ja, ja, ja… Por cierto, pídeles a los Echevarría que no comenten nada de ti a la Ertzaintza.

—No lo harán, pero se lo diré.

Lucía se calló y la dejé un rato con sus pensamientos. Creía saber en lo que estaba pensando y me lo confirmó cuando empezó a hablar:

—Eduardo no puede enterarse de lo mío; pienso estar al margen de todo y, cuanto más lejos, mejor. Solo faltaba que por lo de Ignacio se acaben conociendo mis historias. Si se entera Eduardo, se sentiría engañado y no sé cómo reaccionaría, pero puede pasar cualquier cosa. Con un hombre tan mediático me puedo esperar lo peor. Si algún día sale algo, lo tengo claro: fui secuestrada, me soltaron y no sé si mi padre pagó; luego, cuando empecé a salir con Eduardo, me chantajearon. Tú lo resolviste y no sé más, nunca he hecho nada censurable.

Como me vio sonreír, ella también lo hizo, incluso comenzó con un amago de carcajada que enseguida paró, pensando que era lo mejor.

—Tomás, no puedo contigo, cómo eres. Al final me convencerás de que soy una peligrosa colega tuya.

—No creo, antes me convences tú de que eres una nueva María Goretti.

—Bueno, concluyo. Estoy totalmente al margen, me sigues informando para saber a qué atenerme y, descuida, estaré callada.

—Cada vez te veo más sensata.

Los dos nos miramos y a Lucía le gustó mi comentario.

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