Sospechosos
12. Garrincha en Madrid
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12Garrincha en Madrid
12. Garrincha en Madrid
Cuando llamé al teléfono de contacto, me atendió una mujer que, en un tono formal y correcto, me dijo que esperaba mi llamada.
Al preguntarle cuándo podíamos quedar, me contestó que estaba a mi disposición. Si podía ser en Madrid, en cualquier momento.
—¿Puede ser hoy a última hora de la tarde? —propuse calculando los tiempos con rapidez.
—Perfecto, lo espero a las ocho de la tarde en el vestíbulo del Hotel Miguel Ángel. ¿Lo conoce?
—Lo conozco, allí estaré.
—Me llamo Marta. Usted, si no me equivoco, es Tomás Garrincha. Llevaré un fular rojo en el cuello.
—Soy alto y despistado, con eso será suficiente. Me reconocerá.
—Seguro que sí.
No me apetecía conducir ni ir con chófer. El horario de los aviones no me cuadraba bien y tampoco me apetecían demasiado. Preparé una bolsa de viaje, comí cualquier cosa en casa y me subí en un autobús directo a Madrid que llegaba a las siete y media. Tenía algo más de cuatro horas para pensar en mis cosas y leer algo; no me parecía mal plan.
Marta, la mujer con la que había hablado, había tomado la iniciativa diciéndome quién era y mencionando mi nombre. Lo lógico es que fuera una intermediaria. Había dado mucha normalidad al encuentro y eso estaba bien.
Llevaba una novela que había empezado la víspera: Los crímenes azules, de Enrique Laso, un joven escritor español trágicamente fallecido hacía poco. Tuvo el mérito de abrirse camino en el mundo de la autoedición y alcanzar un gran éxito de ventas. La novela —ambientada en el Medio Oeste americano y protagonizada por un joven agente del FBI— estaba muy bien. Me tuvo entretenido y el viaje se me pasó sin darme cuenta.
Antes de salir de Bilbao había reservado una habitación en el mismo Miguel Ángel y cuando llegué me dio tiempo de subir a la habitación, asearme y cambiarme de camisa.
Cuando bajé vi a Marta, con su fular rojo al cuello, tal y como me había descrito. Era joven, en la mitad de los treinta, con aspecto de ejecutiva. Era una mujer guapa y atractiva.
En plan teatrero me hice el despistado para que me reconociera. Cuando me vio acercarme, mirando sorprendido a todos los lados, se rio con ganas.
—Garrincha, no insista, ya lo he reconocido.
Yo también me reí y me acerqué.
—Marta, no conseguía ver su pañuelo colorado —mentí.
—Seguro, ya me he dado cuenta. Siéntese. ¿Qué quiere tomar?
—Apenas he comido, tomaría un sándwich.
Enseguida vino un camarero y pedí un sándwich vegetal y una caña. Marta me acompañó con la cerveza.
Me sorprendió aún más al entregarme una tarjeta de abogada con todos sus datos profesionales. Allí estaba la firma de un despacho americano muy conocido, con presencia desde hacía años en España. Era socia del bufete.
Como se dio cuenta de mi asombro, sonrió.
—¿Qué le ha extrañado más? ¿El despacho? ¿Que sea socia? ¿O que me presente con mis datos profesionales?
—Sinceramente, esto último. Cuando trato ciertos temas, mis interlocutores suelen ser muy precavidos. Pero lo prefiero así y me parece bien. No puedo corresponderle con una tarjeta de visita porque nunca la he tenido. No me gusta mentir a quien sabe que le estoy mintiendo.
—No exagere. Podía poner: «Garrincha, el genio del dribling». ¿Se dice así? Mi abuelo era fan de su tocayo brasileño.
—No se me había ocurrido, pero me gusta. Igual me hago una tarjeta con esa leyenda.
—Mucho mejor que «Garrincha, el genio del hampa». —Y entonces lanzó una carcajada sentida que daba gusto oír.
—Mujer, me está usted contagiando su buen humor.
—Perdone, pero lo veo tan alto y despistado… —Y volvió a reírse.
—Me está ganando por goleada.
—He tenido un día tan atareado… deje que me relaje.
—Usted manda, Marta, no tiene ningún límite.
—Vamos a ver, como se habrá dado cuenta, soy socia de un importante bufete de abogados y represento a unos clientes que tienen problemas con los suyos. ¿Me explico bien?
—Perfectamente. Si me dice a quién representa, mucho mejor, eso ayudaría.
—Eso es justo lo que no voy a decirle pero, sinceramente, creo que importa muy poco. Conmigo la transparencia va a ser total; todo legal y limpio, pero mi cliente no tiene nombre. La clienta soy yo, para que me entienda. Escucho, negocio y decido. La confidencialidad es de las pocas cosas sagradas que quedan en nuestra profesión.
—Entiendo, y no tiene por qué haber problema.
—Soy todo oídos, Garrincha. Usted me ha llamado.
—Sí, me voy a explicar. Mis clientes, la familia Echevarría, están consternados por el asesinato de Ignacio. Ellos saben que los negocios del cemento acabaron en una estafa y varias personas, socios suyos, perdieron mucho dinero. Como es lógico, la policía está investigando el crimen, pero ellos quieren aclarar cualquier malentendido que pueda existir. Ni ellos participaron ni apoyaron a Ignacio en dicho negocio. Y, por supuesto, desconocen todo lo referente a la estafa.
—No sé si lo entiendo bien. Mis clientes perdieron mucho dinero con el asunto del cemento, pero no porque el negocio saliera mal, eso está dentro de la lógica de un empresario que arriesga su dinero, sino porque fueron estafados por un personaje nigeriano muy turbio y siniestro y por Ignacio Echevarría.
—Creo que no he dicho nada contradictorio. Solo quiero trasmitirle que el resto de los Echevarría no tuvieron nada que ver. Por otra parte, se le ha olvidado contarme el origen de la orden para limpiarle el forro a Ignacio. Ambos sabemos de dónde ha partido.
—Se equivoca totalmente. Por favor, mis clientes son gente legal y no tienen nada que ver con ese homicidio. No tiene ni pies ni cabeza, debería saberlo.
—Explíquese, igual se me escapa algo.
—Mis clientes reclaman tres millones de euros y los van a cobrar. Ellos saben perfectamente que no necesitan cargarse a nadie. La familia pagará cuando la presión se sitúe en un nivel suficiente que pueda erosionar sus negocios y su buen nombre. Tienen dinero de sobra y conocemos asuntos bastante turbios… Créame, evitarán por todos los medios que salgan a la luz. ¿Por qué matarlo? Es absurdo, mis mandantes quieren el dinero, pero estiman mucho más su libertad.
El discurso estaba preparado, bien construido y tenía toda la lógica, pero, entonces, ¿quién se había cargado a Ignacio?
—Créame, esto es una sorpresa para nosotros. ¿Quién ha sido?
—No lo sabemos, pero deben mirar para otro lado.
—Los Echevarría quieren llegar a un acuerdo global con ustedes y cerrar el camino de la violencia.
—El camino de la violencia está cerrado y el del dinero es sencillo: tres millones entre todos no les supone ninguna dificultad; de lo contrario, saldrán muchos trapos sucios y afectarán a todos, incluido el futbolista.
—Dígame qué cosas pueden salir, querrán conocerlas.
—Garrincha, las conocen perfectamente y por eso está usted hoy aquí.
—La cantidad será negociable, espero.
—No es negociable, no metemos gastos, que están siendo cuantiosos, ni daños morales. Así está bien, para ellos es un buen negocio, créame.
—Marta, me suena a puro chantaje.
—No se confunda. Los estafados son los míos y van a apretar para cobrar, pero no van a hacer ninguna ilegalidad. Soy socia de un bufete de abogados internacional muy importante y nuestra firma no va a traspasar ninguna raya roja.
—Dígame por lo menos qué sabe del asesinato.
—Nos ha extrañado tanto como a ustedes. Esto pone en una situación aún más difícil a los nuestros y, qué quiere que le diga, no es la forma de resolver estas cuestiones. Los de Logística del Norte estaban también muy sorprendidos. Le habían concedido a Ignacio un plazo de cuarenta y ocho horas para pagar y estaban convencidos de que, si no todo, pagaría buena parte de la deuda. Ahora están acojonados. Lo que sucedió en la comidita de marras debió de ser muy evidente y les está perjudicando.
—Transmitiré lo que me ha contado, pero ya le adelanto que va a ser una sorpresa para ellos. Querían olvidarse del crimen cuanto antes y resolver lo de la pasta.
—Esto lo podemos hacer ya. Dígales que no nos mareen, el pago lo pueden hacer a través de sus empresas y deducirlo como gasto. En el despacho tenemos alguna idea al respecto. Los de fiscal y mercantil hablarán con Ramón Echevarría y lo articularán con facilidad, pero tiene que ser ya.
—Bien, pero vamos a suponer que solventamos lo del dinero. ¿Qué garantía tenemos de que los que se han cargado a Ignacio no quieran también cobrar?
—Garrincha, no sé de qué me habla, se lo digo en serio. Vamos a resolver esto, que es lo mejor para todos. La policía perseguirá a los asesinos, por lo menos esa es su obligación.
No quise responder, la reunión no daba más de sí y nos levantamos para despedirnos.
—No quiero ser una pesada, pero dígame algo mañana.
—Lo hablaré, yo soy un mandado.
—No se quite galones, usted manda mucho.
Salí a la Castellana para despejarme y andando llegué a Colón. Esta mujer era muy eficaz y sus planteamientos eran difícilmente rebatibles.
Los míos tenían que pagar los tres millones. No merecía la pena entrar en arriesgadas negociaciones para bajar algo la cifra.
Pero esto no resolvía el crimen.
¿Quién estaba detrás?
¿Y por qué?
«Conocemos asuntos bastante turbios… Créame, evitarán por todos los medios que salgan a la luz».