Sospechosos

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13. Viernes, 14 de junio. Esto se complica. Una misteriosa carta

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13 - Viernes, 14 de junioEsto se complica. Una misteriosa carta

13. Viernes, 14 de junio. Esto se complica. Una misteriosa carta

Cuando hablé con Ramón apenas quise comentarle nada. Con medias palabras di a entender que querían cobrar todo y que ellos no habían sido.

No aprecié ninguna sorpresa ni especial preocupación, y eso me extrañó. Quedamos en vernos en el mismo Carlton; a la una me esperaría en The Grill. La vuelta a Bilbao la hice en avión y tuve tiempo de pasar por casa para dejar el equipaje que llevaba encima.

Mi intención era cerrar ese día el pago y la fórmula de un abono entre empresas me parecía una buena solución. Si se lo podían deducir, mejor.

Según entraba en el hotel, recibí una llamada de Ramón para decirme que se retrasarían quince minutos. Parecía agobiado y repitió dos veces que lo sentía mucho. «Ningún problema —contesté—, esperaré tomándome un negroni».

Me sorprendió tanta disculpa y su tono de voz nervioso, pero tampoco saqué ninguna conclusión.

The Grill es un bar de estilo inglés situado en una entrada lateral del hotel, elegante, con mucha madera noble y unas butacas muy cómodas. Es pequeño, aunque tiene una barra larga de madera maciza y un camarero de postín. El bar estaba muy tranquilo y el camarero se alegró cuando pedí un negroni.

—Ya casi nadie lo pide. Tiene usted buen gusto, para estas horas es lo mejor.

Me sacó el negroni con unas olivas preparadas y me senté a esperar. Tenía sensaciones encontradas; por un lado, pensaba que esa historia se podía acabar ese mismo día, la familia pagaba y yo me volvía a casa a seguir pescando; pero algo me decía, pura intuición, que el asunto estaba lejos de terminar.

Con estos pensamientos los vi entrar y no tuve ninguna duda. Algo grave había pasado, esos rostros denotaban mucha tensión. Ramón vestía un abrigo ligero con el cuello levantado y, curiosamente, parecía tiritar.

—Yo también necesito un negroni, ya veo que me has hecho caso —dijo Carlos.

—Que sean dos —añadió Ramón—. Los vamos a necesitar.

—Soy todo oídos, parece que hay novedades. —Paseé mi mirada de uno a otro.

—Primero, para despejar temas, cuéntenos la reunión de ayer —sugirió Ramón.

Esperé a que nos sirviera el camarero y en pocos minutos les expuse la reunión con Marta, detallándola con precisión. No pareció extrañarles ni afectarles lo más mínimo. El carácter de esta gente a veces me desconcertaba, no sabía si era una pose o era real.

—Tiene su lógica y, probablemente, digan la verdad, sobre todo después de lo de hoy. Pagaremos y punto —dijo Ramón sin darle demasiada relevancia.

—Haciendo el abono desde alguna de las empresas será más fácil y económico, no está mal pensado —apuntó Carlos—. Pero el problema no lo tenemos ahí.

—Carlos, tú mismo, Garrincha tiene que saberlo todo. Confiamos en él y esto se complica —apuntó Ramón.

Antes de que Carlos tomara la palabra, ambos hermanos pegaron un buen trago a sus negronis y su semblante mejoró.

—Si nos hemos retrasado es porque nos ha llamado mi madre muy asustada. Ha recibido una carta que te vamos a leer.

—Según veníamos hacia aquí me ha llamado mi hijo Eduardo, perplejo y sin entender nada. Ha recibido la misma carta. Me ha enviado una foto, es idéntica. Justo hoy se incorpora a la concentración de la selección y, aunque he querido quitarle importancia, estaba muy afectado.

—Te la leo y nos das tu opinión —dijo Carlos.

Estimado miembro de la familia Echevarría:

Ignacio ha sido el primero, pero quizás no sea el último. Eso depende de ustedes.

La familia Echevarría es muy extensa, tengo dónde elegir.

Si quieren que esto pare deberán colaborar. Estén atentos, recibirán instrucciones y no malgasten el tiempo con investigaciones ni compliquen las cosas con la policía. Es inútil.

El Comendador

La carta era una bomba. Una amenaza clara y directa a toda la familia y una reivindicación del asesinato. Pero era más sorprendente por lo que escondía: ni exponía los motivos del crimen ni planteaba las exigencias para parar… Además, estaba la extraña firma de «El Comendador». La referencia a lo extensa que era la familia y la elección de la abuela y el nieto como receptores del anónimo se explicaba por sí sola.

Estas reflexiones las hice en voz alta y los dos hermanos asintieron en señal de conformidad.

A continuación, y como si fuera lo más normal del mundo, pregunté:

—¿Por qué no me aclaran de qué va todo esto? Sinceramente, se me escapa casi todo y así es muy difícil ayudarlos.

Carlos y Ramón se miraron y este contestó:

—No nos va a creer, pero no tenemos ni idea. Incluso de la firma solo sabemos que así se llama un personaje de Don Giovanni, la famosa ópera de Mozart, y de la última novela de Murakami: La muerte del comendador. Cuando mataron a nuestro hermano supe que venían tiempos llenos de sinsabores y sobresaltos, pero nunca pensé que llegaríamos a esto. Por eso queríamos pagar las deudas de Ignacio y cerrar los problemas —expuso Ramón.

—Pero esto no parece que tenga que ver con el cemento —apunté.

—No, eso parece, pero entonces… Desconocemos otras deudas u otros chanchullos en los que pudiera estar metido —dijo Carlos.

—Vamos a ver, que de esto sé algo. Por chanchullos no se mata a la gente.

—Créanos, Garrincha, no sabemos nada. Lo de Estepona está controlado, lo hablamos con sus socios y están gestionando la venta de la urbanización. Y lo del cemento está encauzado: pagamos y fin del problema. ¿Le cuadra que la carta haya salido de ellos para presionar? —preguntó Ramón.

—No, para nada, pero lo puedo preguntar.

—Llámela y dígale que vamos a pagar. Me pasaré el lunes por su despacho, que lo tengan preparado —apuntó Ramón.

—Le leeré la carta a la abogada.

—Usted mismo, tiene plenos poderes.

Estuvimos los tres unos segundos, que parecieron minutos, sin hablar.

—El Comendador dice que recibirán instrucciones, no especifica cuándo ni adelanta sobre qué tratarán. Puede ser pagar dinero, me imagino que mucho, o hacer o dejar de hacer algo. Ellos tienen la iniciativa, tenemos que esperar —comenté.

—Sí, pero tenemos que decidir sobre algunas cuestiones. ¿Lo denunciamos a la policía? ¿Reunimos a la familia para ponerles sobre aviso y ver si alguno sospecha algo? ¿Comenzamos una investigación paralela? —planteó Ramón.

—A la policía debemos comunicárselo, salvo que fueran los del cemento y lo solucionemos como está previsto.

—¿Está convencido? —preguntó Ramón.

—¿Comunicárselo a la policía? Sí, estoy convencido. Ellos tienen medios para protegeros, pueden pinchar teléfonos, labores de vigilancia… No hacerlo puede suponer que se nos escape el asunto de las manos. Imagínense que continúan matando a familiares y no han dicho nada… Háganlo y exijan total confidencialidad. ¡Ah! Y yo no existo.

—Adelante, así lo haremos —concluyó Ramón.

—Reúnan a la familia, con la viuda y los hijos, e investiguen en profundidad, pero no solo los asuntos de Ignacio, repasen los suyos también, quizás lo tengan a la vista… A Eduardo manténganlo al margen, pero que esté informado y, si sabe algo, que lo diga.

—Esta misma tarde convocamos a todos, vamos a aprovechar que los de Madrid todavía estamos aquí. ¿Y la investigación paralela? Creo que le toca a usted, Garrincha.

—La haría siempre que haya algo que investigar. No puedo empezar a remover las cosas dando palos de ciego. Cuando reciban las instrucciones del Comendador, entonces sí será necesario tener otro punto de vista distinto al de la Ertzaintza.

—Nosotros contamos contigo, ahí mandas tú —dijo Carlos.

—Antes de despedirnos voy a hacer la llamada a la abogada.

—Perfecto, llama desde mi habitación. Toma la llave, estarás más cómodo.

—Sí, mejor.

Mientras subía a la habitación pensaba en Ramón y Carlos. Habían llegado descompuestos y, según hablábamos, la tranquilidad había vuelto a sus mentes y sus cuerpos. Todo me parecía muy extraño, a veces, incluso, artificial. Habían pasado del asesinato de su hermano Ignacio al tema de pagar sus deudas sin despeinarse, y de estar catatónicos tras recibir la amenaza de una muerte colectiva a serenarse con un negroni. Tenía la impresión de que querían contar conmigo, pero manteniendo sombras y acotando zonas a las que no podía acceder.

—Marta, soy ese chico alto y despistado. ¿Te sitúas?

—Perfectamente, gamberro, no esperaba una llamada tan rápida. Eso está bien —respondió ella tuteándome también.

—Hay novedades y complicaciones. Pero, antes que nada, lo de tus clientes resuelto, pagan los tres millones ya, sin más. El lunes pasará Ramón Echevarría por vuestro despacho.

—Perfecto, no esperaba otra cosa. Dile a Ramón que contacte con Ismael Ferrándiz, él está al tanto de todo y tiene preparada la operación. Ahora cuenta lo de las complicaciones. Te escucho.

Le leí la carta, indicando quiénes eran los destinatarios y, al acabar, directamente pregunté:

—¿Tenéis algo que ver?

—Será una broma, me imagino. Lo único que quieren mis clientes es cobrar y sabían, como así ha sido, que no era difícil.

—Podía ser una forma de presión, sin más.

—Pues que no tengan dudas, ni se les ha ocurrido.

—Estaba convencido y así lo he manifestado. Pero está bien confirmarlo.

—Garrincha, la familia Echevarría está en un buen lío y no con nosotros. Algo tienen que saber.

—Ellos me dicen que no saben nada.

—¿Y los crees?

—No lo sé, aunque coincido contigo.

—Tengo alguna idea de por dónde pueden venir sus problemas, tenemos mucha información sobre la familia. ¿Te interesa?

—¿Es muy cara?

—Por ser para ti, gratis. En serio, hay un tema que puede explicar muchas cosas. Quizás os ponga sobre la buena pista.

—Me interesa y mucho. Sigo en esto y quiero arreglarlo.

—Déjame que haga unas gestiones. Mis clientes están al margen de esto y hasta que yo no te autorice no quiero que lo comentes con los tuyos. Y cuando te dé la información, la fuente será totalmente confidencial. Tienes que aceptar esta condición.

—Aceptada, ningún problema.

—Te llamaré el lunes.

Agradecí su actitud. La verdad es que me estaba sorprendiendo.

—Si puedo evitar un nuevo crimen no puedo mirar para otro lado.

Cuando les conté la conversación a Ramón y Carlos, mantuve mi compromiso con Marta. Ellos se quedaron convencidos de que los del cemento no tenían nada que ver.

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