Sospechosos

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14. La familia se psicoanaliza

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14La familia se psicoanaliza

14. La familia se psicoanaliza

Salí de la reunión con Ramón y Carlos un tanto confuso. La cosa se complicaba y parecía tomar una dirección descontrolada.

La fácil resolución del conflicto con los cementeros no suponía el fin de este affaire. El asesinato de Ignacio no era cosa de ellos y los argumentos que me había explicado la abogada eran evidentes y convincentes. Querían cobrar desde el principio y solo eso. Para hacerlo no era necesario matar a nadie.

Pero entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Podía entenderse como una casualidad la coincidencia del crimen con el pago a los cementeros?

Es un lugar común que para conocer quién es el asesino se debe conocer el motivo. Analizando una posible motivación, varios escenarios aparecían encadenados unos con otros. ¿Una venganza? ¿Una represalia? ¿Una amenaza para conseguir algo? ¿Un loco?

Descartaba un loco, no tenía ningún sentido. Se trataba de un encargo muy profesional y bien organizado. Pero de las otras posibilidades, cualquiera podía ser.

Llevaba un buen rato caminando y ya estaba en el paseo de Olabeaga, cerca de casa, cuando me sonó el teléfono móvil. Era Lucía.

—Garrincha, ¿qué hostias pasa? Eduardo está de los nervios. No me quería decir nada, pero le he sacado como he podido por qué estaba tan disgustado. Tampoco se ha explayado demasiado y no he querido insistir.

—Acabo de dejar a su padre y a su tío Carlos. El caso se complica. Y sí, es para estar acojonado. Te lo voy a contar, pero tú no sabes nada, ¿de acuerdo?

—Ya sabes que sí.

Le reproduje el contenido de la carta y le comenté que también había recibido otra idéntica la abuela. Dos cartas, pero dirigidas a toda la familia. Le conté la conversación con Ramón y Carlos y finalicé con la llamada a la abogada de Madrid.

—Veo que la crees. —Lucía se refería a la conversación con Marta.

—Sí, no tengo por qué dudar. Sus explicaciones tienen toda la lógica. La familia va a pagar sin rechistar y lo hubieran hecho con Ignacio vivo. Hay que mirar a otro lado.

—Pero ¿dónde? Si Ramón y Carlos no saben nada, Eduardo mucho menos.

—Puede haber alguna pista, ya veremos si sale algo. En cualquier caso, la familia esconde cosas. Tienen asuntos turbios y no quieren que salgan.

Esa misma tarde, a las cuatro, se reunía en Las Arenas toda la familia Echevarría.

En el salón de la casa, oyendo el piar de muchos pájaros y con la brisa del mar que se colaba por una puerta entreabierta de acceso a la terraza, todos los miembros mayores de la familia estaban sentados en silencio, conscientes de la situación dramática en la que se encontraban.

Se habían reunido hacía dos días, pero esta vez la desolación se marcaba en sus rostros de una manera más acusada. Entonces era disgusto; ahora, además, era miedo.

Sentados en los diferentes sofás y butacas se encontraban la madre, María Ucelay, y todos sus hijos: Ramón, Luisa, Carlos, Begoña y Jaime Echevarría Ucelay. También estaba la viuda de Ignacio, Sofía Arrilucea.

Todos se miraban, nadie hablaba y esperaban a que fuera otro quien comenzara la sesión.

La chica de servicio depositó una jarra llena de café humeante y otra más pequeña de leche caliente. Eso tuvo la virtud de romper la hierática actitud de los presentes, facilitando los movimientos y comentarios.

Con un recipiente lleno de hielos y una botella sin estrenar de whisky Jameson, Carlos se disponía a prepararse una copa con suficiente gasolina para aguantar toda la tarde.

Whisky irlandés no, por favor. Carlos, no me digas que no hay escocés —comentó Ramón un tanto desmoralizado.

—Mamá está en todo, parece mentira que no lo sepas. En esta casa siempre hay escocés e irlandés —contestó Carlos.

Desde un aparador donde se guardaban los licores, Ramón sacó otra botella de Famous Grouse, el de la perdiz, su preferido y el de su padre.

María los miraba complacida mientras en una copa alta de cóctel, helada, se servía hasta los bordes su ginebra favorita: Tanqueray Ten.

Begoña, en cuanto la vio, se imaginó lo bien que le sentaría y se preparó otra igual.

Cuando ya estaban servidos, tomó la palabra Ramón. Aunque todos conocían el contenido de la carta, con solemnidad y aludiendo a la gravedad de la situación, la leyó despacio y con buena dicción. A continuación, explicó la reunión con Garrincha y las gestiones de este, así como la visita prevista a la Ertzaintza dentro de un rato.

Al acabar, todos callaron sin saber muy bien a lo que se enfrentaban. Solo una expresión desabrida rompió el silencio.

—Pero ¿quién hostias es ese hijo de puta del Comendador?

—En eso estamos, Jaime, para eso nos hemos reunido —contestó comprensivo Ramón, y flemático añadió—: Sabes que el Comendador es un personaje de la ópera Don Giovanni de Mozart.

—Por favor, el padre de doña Ana, un bajo, ya lo sé —contestó Jaime.

De inmediato, para evitar que la conversación se dispersara, tomó la palabra María, la máxima autoridad en la familia.

—Como imaginaréis, me he quedado destrozada al recibir la carta esta mañana y más cuando me he enterado de que el otro destinatario era mi nieto Eduardo. He dado muchas vueltas al asunto en estas horas y, si concluimos que no han sido los cementeros, esto nos sitúa en algún episodio dentro de la familia al que quizás no le dimos la importancia que tenía y ahora nos amenaza gravemente.

—Mamá, pero ¿qué hecho familiar puede explicar el asesinato de Ignacio? ¿A alguien se le ocurre alguno? A mí, desde luego, no —dijo muy alterada Begoña.

—Eso es lo que quiero que revisemos. Cada uno conoce historias, negocios, amenazas, cosas desagradables…

—Estoy de acuerdo con mamá. Yo creo que debemos echar un vistazo dentro de nosotros. Hemos recibido una amenaza grave y estamos a la espera de instrucciones por parte de los asesinos y eso, cuando menos, supone un chantaje. Si fuera una venganza esto se terminaría, pero parece que no va a ser así. ¿Quién empieza? —preguntó Carlos.

María tomó la palabra otra vez:

—Si os parece, empiezo yo.

—Adelante. —Ramón le hizo un gesto con la barbilla y le pegó un lingotazo al de la perdiz. Carlos lo imitó con el irlandés.

Esto contagió a su madre, que, antes de empezar, dio un sorbo a la ginebra helada.

—He estado pensando en historias del banco y de vuestro padre cuando era consejero. Me ha venido a la cabeza el cierre de dos empresas, una de armas en Gernika y otra de fundición y metales en Basauri. Varios centenares de trabajadores acabaron en la calle, y las huelgas y manifestaciones duraron varios meses. Vuestro padre, sin quererlo, tuvo que lidiar con esos conflictos y recibió amenazas por teléfono y por escrito. Incluso hicieron una pintada aquí al lado.

—Mamá, han pasado más de treinta años. Entonces el cierre de empresas era bastante habitual y solo ETA causó bajas entre los nuestros —dijo con bastante sentido común Carlos—. El terrorismo hace años que ha desaparecido y esto no es terrorismo.

—Pero puede ser una represalia —añadió María.

—Entonces, esto se acabaría aquí y no es lo que dice la carta, mamá —dijo Ramón.

—Bueno, lo dejo ahí, seguid vosotros —concluyó María. En el fondo también creía que no iban por ahí los tiros.

Begoña estaba especialmente nerviosa y no hacía más que sacar un espejito y mirarse su pelo de color champán, dernier cri, recién salido de la peluquería. La copa de ginebra ya se la había ventilado. Mientras se servía otra, tomó la palabra decidida:

—Estoy dándole vueltas a mi divorcio con Javier. Lo conocéis y siempre ha sido un aventado. Aunque es mentira, sostiene que lo dejé en la ruina. No fui yo, sino lo que se metía por la nariz lo que lo arruinó. Cuando lo echaron del trabajo estuvo muy violento conmigo, me amenazó sin recato alguno. Si no lo denuncié fue por mis hijos y por vosotros, nadie quiere un escándalo en la familia. Podía haber acabado en la cárcel perfectamente.

—Begoña, ya han pasado cinco años y lleva ese tiempo sin darte la lata, mientras tú te has tirado a todo lo que se movía —apuntó Luisa sin ningún apuro.

—Qué envidiosa eres, Luisa. Claro, tú solo te jamas un rosco, que no sé si sabrás que es mucho peor que no jamarte ninguno. Pero ese no es mi problema.

—Hijas, por favor, ya está bien. Jaime, no te rías, que no tiene ninguna gracia.

—Mamá, yo no he empezado —dijo Begoña—. He oído que Javier últimamente le da bastante al frasco.

No pudo evitar una carcajada general, que fue interrumpida por una mirada severa de la madre.

—Sinceramente, no veo a Javier matando a Ignacio para jorobarte a ti —dijo Ramón.

—No sé, me da miedo, ya lo sabéis.

—Hija, haces bien en plantearlo, de eso se trata. Tenemos que hacer una especie de psicoanálisis con todas nuestras historias.

—Podemos sacar toda la mierda que se nos ocurra, pero esto va de Ignacio. En su vida y en sus negocios es donde podemos encontrar la clave. No será lo de los cementeros, pero nos va a costar tres millones y todo apunta a que no sé quién va a querer sacar mucho más —dijo muy convencida Luisa—. Y seguro que alguno de vosotros sabéis más de lo que habéis contado.

—Tiene razón Luisa, pero es mejor que antes de entrar en los asuntos de Ignacio soltemos nuestras historias. Yo quiero hablar de un asunto mío —dijo Jaime, el único soltero de la familia.

Mientras, Sofía Arrilucea miraba a todos asustada, dándose por aludida. Quería hablar, pero María agarró su mano y le pidió en voz baja:

—Espera un poco a que hablen los demás, luego nos cuentas lo que sepas.

Jaime esperó a que terminara su madre y empezó:

—Conocéis el lío que tuve con Sandra el año pasado. Ya sé que a ninguno os gustaba y teníais razón, pero los amores tienen estas cosas. Cuando rompí con ella lo nuestro se complicó y su familia intervino de forma impropia, la tomó conmigo y me hizo la vida imposible.

—Jaime, la dejaste embarazada y le diste puerta, como para no indignarse —comentó una sentida Luisa, que pretendía que todos la entendieran.

—Ella abortó porque quiso. De lo del embarazo me enteré cuando ya lo habíamos dejado y casi al mismo tiempo que de lo del aborto. No tengo ninguna culpa de ello.

—Hombre, en dejarla embarazada algo tendrías que ver, ¿no? —insistió Luisa.

—Qué graciosa está nuestra hermanita. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Su familia, sobre todo los hermanos, me amenazó y empezó a hacerme chantaje. Me pidieron cien mil euros.

—De eso no nos habías contado nada —dijo Carlos.

—No quise agobiaros. Hablé con Ignacio y se reunió primero con Sandra y luego con los hermanos. Ignacio fue especialmente duro con ellos y los amenazó con denunciarlos a la policía. A Sandra le soltó cinco mil euros a escondidas y a los hermanos les dio portazo. De vez en cuando he recibido alguna amenaza anónima y me consta que Ignacio también. Ninguno de los dos le dimos mayor importancia.

Sofía se dirigió a él extrañada:

—Ignacio nunca me comentó nada. —Se calló unos segundos y continuó—: Pero la verdad es que de sus cosas apenas me hablaba, nunca quería preocuparme.

—¿Cuánto tiempo ha pasado de eso? —preguntó Ramón.

—De la ruptura y el chantaje siete meses, un poco antes de Navidades. La última de las amenazas fue hace un par de meses. Ignacio y yo la recibimos con un día de diferencia.

—Jaime, tomamos nota, aunque tampoco creo que hayan sido ellos, pero tiene más verosimilitud que lo del exmarido de Begoña y las empresas cerradas de papá —dijo Ramón—. ¿Tienes los nombres y las características físicas de los hermanos?

—Ya lo he pensado. Deberíamos comprobar con la policía si coinciden con las de los sicarios que se cargaron a nuestro hermano. Te lo apunto en un papel.

Los Echevarría se iban soltando y todos pensaban en asuntos olvidados que pudieran tener relevancia.

—Estoy repasando negocios fracasados, deudas… que pudieran tener relación. Hay temas lejanos de cuando Ignacio salió del banco, aquella cartera de seguros que se fue al carajo y dejó bastantes damnificados, pero han pasado más de diez años y nunca se recibieron amenazas. Incluso la reclamación judicial que hicieron les salió bastante bien. Vamos, me olvidaría —dijo Ramón.

—Olvídalo, Ramón, por ahí no sacaremos nada. Recuerda que estuve muy encima del tema —apuntó Carlos.

—Continúo —dijo Ramón—. Al recibir la carta Eduardo, he empezado a darle vueltas a un tema de sus derechos de imagen y deportivos, propiedad al comienzo de su carrera de una empresa de Londres denominada Kalinka y de un fondo de inversión. Tuvieron graves problemas con Scotland Yard y el Banco de Inglaterra. Estuvieron procesados y tuvieron que renunciar a los derechos de mi hijo. Perdieron mucho dinero.

—¿Cuándo fue eso? —preguntó Carlos.

—Hace dos años —soltó María Ucelay, dejando atónitos a todos.

—Mamá, pero ¿qué sabes tú de eso? —preguntó Ramón.

—Sé algo pero, creedme, por ahí no va el asesinato de Ignacio. Ni Ignacio ni Eduardo tuvieron nada que ver.

—¿Por qué no nos explicas de qué iba el asunto? —preguntó Luisa.

—Por ahora no quiero decir nada, tengo mis razones. Eduardo debe quedar totalmente al margen porque esto no va con él.

—Todos queremos eso —dijo Luisa—. Si te parece, se lo cuentas a su padre. Así se protege la información y no se extiende.

—Me parece bien. Lo hablaré con Ramón.

—Creo que es una buena idea sacar todas estas historias pasadas. Recuerdo una que no ha salido y afectó directamente a Ignacio. ¿Os acordáis del asunto aquel del petróleo en Nigeria? —preguntó Luisa.

—Perfectamente, según las autoridades nigerianas se trataba de contrabando, Ignacio estuvo detenido y salió en libertad no sin muchos problemas. Lo pasamos muy mal —contestó Ramón como si lo hubiera recordado en ese momento.

—Creo que nos costó bastante dinero —apuntó Carlos.

—Sí, mucho dinero. Han pasado muchos años, no recuerdo bien cuántos, hubo que contratar un despacho de abogados en Lagos y pagar una multa. Cuando salió, Ignacio me contó que también hubo otro tipo de pagos y gastos, ya me entendéis. —Ramón puso cara de asco al hablar de «otro tipo de pagos y gastos».

—Te entendemos perfectamente —dijeron Jaime y Begoña a la vez.

—¿Es un tema que pudiera colear todavía? —preguntó Luisa.

—Pues no lo sé —dijo Ramón—, pero hay que tenerlo en cuenta.

Sofía no había hablado y era la viuda. Daba la impresión de que no sabía muy bien qué contar, pero tomó la palabra:

—Os he estado escuchando a todos y pienso que en su vida social, laboral y empresarial conocíais a Ignacio mucho mejor que yo. Era un hombre que siempre quería separar la familia, nuestras relaciones, del mundo de su trabajo y de sus negocios. Solía conseguirlo, aunque a veces sus disgustos y sinsabores se notaban demasiado como para ocultarlos. Era un buen padre y fue un buen marido, no tengo queja. Si en los negocios fue bastante tarambana, lo fue por su forma de ser, por fiarse de los demás.

—Mujer, Ignacio es nuestro hermano, todos lo conocemos y lo queremos, y lo que dices y mucho más es cierto, no nos tienes que convencer —dijo Luisa con criterio, intentando evitarle el mal trago que estaba pasando.

—Lo sé, pero quiero recalcarlo y así se lo he dicho a sus hijos, que, como sabéis, lo adoraban —y continuó con más decisión—: En los últimos días, Ignacio estaba más preocupado que otras veces. En la boda de Eduardo, con lo que lo quería, por eso fue su padrino, estaba especialmente irritable, poco centrado en la celebración. No me contó gran cosa, pero se trataba de dinero, de una estafa, cuando el primer engañado y estafado era él. Sé que habló con alguno de vosotros… incluso con Garrincha, pero nunca pensé que acabaría de esta forma.

—Es que no lo han matado esos —dijo Begoña, que ya iba por la tercera copa de ginebra.

—Ya, no sé quién lo ha matado, pero estaba peor que otras veces. Creo que daba más gravedad a las amenazas o a lo que fuera. He intentado recordar lo del petróleo nigeriano, pero todo fue muy rápido y se arregló. La detención, según me explicó, había sido un error. Quizás me lo dijo para que no me asustara. Me llamó desde Lagos cuando salió en libertad y nunca volví a saber de ello. Ya veis lo alejada que he estado de todos sus asuntos.

—Bueno, Sofía, ahora podemos hablar. Lo del petróleo no fue un error, parece que sí había contrabando. Lo que sucedió es que Ignacio pasó de tener el apoyo del Gobierno nigeriano a perderlo. Cuando este cambió, se quedó no solo desprotegido, sino que fue perseguido. Lo único positivo es que pudo resolverse con dinero. Tampoco sé los detalles, pero sí lo que nos costó a la familia, y fue mucho —explicó Luisa.

—Por mi parte, yo no sé nada más —finalizó la viuda—. Le hemos entregado a la policía el ordenador y la documentación que encontramos, no sé si habrá servido de algo.

—Estamos como al comienzo, seguimos sin tener nada —comentó Luisa poco convencida.

—Hija, han salido muchas cosas y, quién sabe, de lo que no sabemos no podemos hablar. Pero, la verdad, me cuesta creer que el crimen y las amenazas tengan algo que ver con alguno de los asuntos que hemos comentado.

—He tomado nota de todo, ahora nos toca esperar a esas famosas instrucciones que nos han anunciado. Ojalá nunca lleguen pero, si lo hacen, espero que nos aclararen esta historia. Si os parece, vamos a estar todos localizables y yo me encargo de coordinar cualquier información que tengamos —resumió Ramón mientras todos asentían.

—Una cosa, Ramón. Tenemos que pasar enseguida por la comisaría de Deusto. Entregaremos los originales de las cartas y, claro, nos preguntarán que qué sabemos —comentó Carlos.

—No sabemos nada. Plantear las cosas que aquí hemos hablado, cuando no tenemos ninguna certeza ni pista, solo conduciría a revolver cosas antiguas que se nos pueden volver en contra. Igual con los cementeros. No ganamos nada volviendo sobre el asunto y más cuando vamos a pagar —dijo Ramón a modo de conclusión.

—Estoy de acuerdo, especulaciones nada. Lo único… preguntaría si tienen datos de los killers para descartar a los hermanos de Sandra —comentó Carlos.

—Me parece bien.

—Tampoco os paséis —saltó Jaime—. No vayáis a liarme con esa familia de trastornados cuando parece que están tranquilos.

—Déjanoslo. No te preocupes —concluyó Ramón.

Cuando todos se levantaron, las botellas de Jameson, Famous Grouse y Tanqueray ya estaban muy gastadas y el tono de voz había subido considerablemente. El ánimo de todos había mejorado y por lo menos el alcohol, acompañado de la terapia de contarse las miserias, había servido para algo.

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