Sospechosos
15. Ramón y Carlos con Sara y Fabretti
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15Ramón y Carlos con Sara y Fabretti
15. Ramón y Carlos con Sara y Fabretti
—¿Qué nos traerán estos? —se preguntaba la inspectora.
—No lo sé, pero estaban intranquilos. Han hablado de una carta.
La investigación había avanzado en la identificación de los asesinos. La fuga, tras disparar a bocajarro sobre Ignacio, se había producido por el barrio de Bilbao La Vieja, tomando la calle Bailén hacia San Francisco. Los vio un taxista cuando salían a paso ligero de la estación de La Concordia, conocida como de Santander, mirando con cierta insistencia hacia atrás. Uno de ellos se estaba quitando un gorro de lana y unas gafas negras y vio cómo se las metía en el bolsillo de una chamarra de ante marrón oscuro. El otro continuó con el gorro y las gafas y, por la época del año y el tiempo que hacía, solo podían entenderse como un camuflaje. Pero, además, coincidían con los datos que había dado quien mejor había visto a los sicarios: el portero de La Bilbaína.
Eran jóvenes, de algo más de treinta años, altos, por encima del metro ochenta, y fuertes. Su corpulencia y atuendo casaban perfectamente.
Pues bien, esos individuos entraron en el Hotel Ibis de la calle General Concha unos veinte minutos después de abatir a Ignacio, tiempo preciso para acceder al hotel siguiendo el itinerario utilizado para escapar. Al personal de recepción le resultó extraña su entrada apresurada y la ropa, impropia para la época y el tiempo que hacía. Uno de ellos seguía con el gorro puesto.
Eran dos franceses, por lo menos esa era la nacionalidad que figuraba en su documentación, domiciliados en Burdeos. Hablaron francés entre ellos, aunque se expresaban en un aceptable español. Tras regresar, pidieron la cuenta y en unos minutos se fueron. Habían llegado la víspera a media tarde.
La identidad que dieron en el hotel resultó ser falsa, según informaron los colegas de la gendarmería francesa, quienes quedaron en averiguar lo que pudieran. Tuvieron suerte y una cámara de la entrada del hotel sacó unas imágenes donde se les veía bastante bien. Sus colegas de Burdeos ya las tenían.
—Vamos a ver si los Echevarría nos sorprenden con alguna información de interés, porque el otro día fue bastante decepcionante —comentó Sara.
—A los que apretaron el gatillo vamos a pillarlos, pero quizás no sepan de dónde viene el encargo. Pueden ser unos auténticos sicarios anónimos —remató Fabretti.
—Ya, pero tendríamos mucho ganado. Si se mueven por la zona de Burdeos, espero que los gendarmes den con ellos.
—Quien los haya contratado sabe de qué va y no ha reparado en gastos. Evitar esbirros locales es señal de que se hacen bien las cosas y traer franceses aún más. Lo único chapucero es la huida y la entrada en el hotel —apuntó Fabretti.
—Sí, pero hemos tenido suerte. Si no los hubiera visto el taxista, ahora estaríamos sin nada.
—Ya, pero han tomado pocas precauciones, me parece un poco de amateurs.
—Miguel, ¿te das cuenta de que vienen la víspera por la tarde, hacen su trabajo y se van? Eso significa que quien los contrata sabe cuándo, dónde y cómo se lo pueden cargar. Informa al detalle y los franceses vienen preparados para apretar el gatillo y largarse con garantías. Solo alguien enterado previamente de la comida de ese día en La Bilbaína pudo dar la información.
—Sí, y no deben de ser tantos. Vamos a pedirles que nos hagan una lista, puede ser importante.
Eran las siete de la tarde cuando avisaron a Sara de que Ramón y Carlos Echevarría estaban en la recepción. Los subieron de inmediato y fueron recibidos por los inspectores en el despacho de ella.
Tras saludarse se sentaron alrededor de una mesa redonda. Ramón observó la bandera de Israel, la menorá, el candelabro de los siete brazos y una foto de Sara con sus hijos junto al Muro de las Lamentaciones en Jerusalén. Sonrió y comentó:
—Me gusta usted, inspectora. No es fácil en este país abrazar la causa de Israel abiertamente y sin complejos.
—Es que además de abrazarla soy judía, crecí en el conocimiento y estudio de la Torá. —Mientras lo decía sonreía orgullosa. No era habitual recibir esos elogios.
—Entonces, además, es usted una mujer afortunada.
Sara volvió a sonreír y Ramón sacó del bolsillo de su americana dos sobres con sendas cartas.
—Son idénticas, las han recibido esta mañana mi madre y mi hijo. A ambos se las han dejado en el buzón y no sabemos quién lo ha hecho. Tanto en casa de mi madre como en la de mi hijo hay portero, pero ninguno ha visto nada.
Fabretti y Sara leyeron con detenimiento el texto de la carta y el sobre. En el de María Ucelay habían añadido «viuda de Echevarría».
—Veremos si hay alguna huella ajena a ustedes, pero no lo creo —indicó Sara para, a continuación, preguntar—: ¿Esto significa que empieza un chantaje para que paguen los tres millones? ¿Qué interpretación le dan? Y el Comendador, ¿a qué se refiere?
—Nos hemos quedado desolados y descolocados. La familia no sabe a qué atenerse. Hemos tenido una reunión al completo esta misma tarde y nadie encuentra una explicación —contestó Ramón—. El Comendador es un personaje de una ópera de Mozart, Don Giovanni, pero no se me ocurre ninguna relación.
—Una cosa, nuestro hermano Jaime tuvo un incidente con los hermanos de su novia cuando rompió con ella hace unos meses. Lo amenazaron y se mostraron agresivos. ¿Tienen alguna descripción de los autores? —preguntó Carlos.
—Algo tenemos. ¿Los hermanos son de aquí? —inquirió Sara.
—Sí, de Bilbao, del barrio de Deusto —contestó Carlos.
—Olvídense, no parece que los autores sean nacionales. —Y sin más explicaciones, Fabretti preguntó—: ¿No piensan que es una presión para que paguen?
—No lo sabemos. Una cosa es presionar o amenazar, pero matar es otra cosa. Por dinero es difícil imaginarlo, créame —contestó Ramón.
—Por dinero se cometen muchos crímenes, no lo dude, y tres millones pueden ser un motivo más que suficiente. ¿Los de Logística del Norte se han puesto en contacto con ustedes? —preguntó Sara.
—No, nadie se ha puesto en contacto con nosotros —concluyó Ramón.
Los inspectores y los Echevarría siguieron dando vueltas al contenido de la carta y a las distintas posibilidades del caso sin avanzar nada. Cuando ya estaba decayendo la conversación, y como si fuera una de las muchas cuestiones tratadas, Sara preguntó:
—Por cierto, quisiéramos saber qué personas estaban al tanto de que Ignacio comía el martes en La Bilbaína.
—Me parece importante. Si lo estaban esperando para matarlo, los que lo hicieron tenían que saber que estaba comiendo allí —apuntó Carlos.
—Podían haber sido avisados por alguien que lo supiera —añadió Fabretti.
—¿Descartan que lo siguieran? No es difícil esperar a que saliera de su casa y seguirlo —comentó Ramón.
—Es posible, pero parece un encargo muy organizado. Nos inclinamos a pensar que los sicarios sabían que ese día iba a comer allí, así como la existencia del callejón, la forma de acceder y de fugarse —dijo Sara.
—La verdad es que los que conocemos de toda la vida la entrada y el callejón lo vemos fácil, pero si no lo conoces tienes que estar muy bien informado. Esperar para cargarte a alguien sin que te vean es difícil —dijo Ramón.
—Desde luego. Te puede ver el conserje o cualquier socio que entre o salga. Tienes que situarte en la parte trasera del callejón, detrás de la puerta —dijo Sara.
—Sí, es la única forma de estar escondido, pero desde allí tampoco es fácil ver cuándo baja alguien y sale del ascensor —apuntó Carlos.
—O alguien los avisó de que bajaba o estaban agazapados esperando. La verdad es que lo hicieron muy bien —concluyó Fabretti.
—Nos pedían la relación de personas que pudieran saber que ese día Ignacio comía allí. En el club tenían la reserva desde la víspera a la una de la tarde. Por lo tanto, el personal que atendía el servicio del restaurante… —comentó Ramón.
—Hemos preguntado si se recibió alguna llamada en el club preguntando por Ignacio, y nadie preguntó por él ni por ninguna reserva suya —interrumpió Fabretti.
—Los tres de Logística, Pedro Salgado y sus adláteres —dijo Carlos, mientras Sara y Fabretti sonreían.
—Y de la familia, ¿quiénes lo sabían? —preguntó Sara.
—No lo sé, no lo hemos comentado. Me imagino que Sofía, su mujer. Los de Madrid, no, y los de aquí, no lo sé —dijo Ramón.
—Yo no lo sabía y mamá, Begoña y Jaime pienso que tampoco, pero podemos preguntarles —contestó Carlos al instante.
—Sí, háganlo, por favor. Los adláteres y su jefe, Salgado, dicen que no lo comentaron con nadie y que su secretaria tampoco lo tenía apuntado en la agenda —comentó Sara.
—Si eso es cierto, las personas que sabían lo de la comida eran muy pocas —apuntó Fabretti.
—Pero quienes sí lo sabían eran los asesinos y quien los contrató —concluyó Sara.
—¿Les parece que haga ahora una gestión y así evitamos perder tiempo? —preguntó Ramón.
—Por supuesto, mucho mejor —contestó Sara.
Ramón se ausentó a un despacho contiguo y en quince minutos estaba de vuelta tras hablar con todos los interesados.
—He hablado con mamá y todos los hermanos; no tenían ni idea. Solo Sofía, su mujer, sabía que comería en La Bilbaína. No le preguntó con quién, pero eran habituales sus comidas fuera de casa y en el club.
Al dar por finalizada la conversación, Sara muy seriamente les advirtió que en cuanto recibieran las instrucciones del Comendador se lo comunicaran de inmediato antes de hacer nada. Si pedían dinero, que era lo más probable, con más razón. No iban a aceptar bajo ningún concepto quedarse al margen.
Los hermanos, guardando la compostura y alzando las cejas como único signo de contrariedad, aseguraron que les informarían de todo.
Tras despedirse, los inspectores no estaban contentos. No avanzaban con la familia y tenían la sensación de que les ocultaban información.
—El Comendador… ese nombre no puede ser casual.
—Sara, es todo bastante extraño.