Sospechosos

Sospechosos


16. Lunes, 17 de junio. Una pista que puede ser buena

Página 18 de 68

16 - Lunes, 17 de junioUna pista que puede ser buena

16. Lunes, 17 de junio. Una pista que puede ser buena

El fin de semana se me pasó muy rápido. Estaba intranquilo esperando que me llamara Marta.

No perdoné mis sesiones de pesca el sábado y el domingo. Bajé a la ría en el propio barrio y, como no madrugué demasiado, alargué mi estancia con la caña hasta pasada la media mañana.

Una brisa fresca se desviaba hacia mi rostro y me traía olor a mar y humedad. El lugar estaba muy concurrido y, aunque a veces me faltaba paciencia, los dos días estuve apacible y sonriente con los paseantes que se ponían al lado, esperando ver aparecer en cualquier momento una lubina picando el anzuelo en la punta del sedal.

Cuando confesaba que no había pescado nada, pero que nunca pescaba nada, me miraban extrañados, unos con pena, otros como si estuviera trastornado, y de inmediato se ponían en circulación.

Aprovechaba bien estos días de comienzo del verano. El sol mañanero me relajaba mucho y conseguía dar algo de color a mi palidez natural.

Con Lucía no había hablado en todo el fin de semana y las únicas novedades me las dio Ramón después de hablar con mis amigos, los inspectores de la Ertzaintza.

De la reunión familiar, como se esperaban, no había salido ninguna novedad. Todos repasaron sus líos, pero ninguno explicaba el asesinato de Ignacio y el contenido de la carta.

Cuando me llamó Ramón, me comentó una serie de impresiones sacadas tras pasar por la comisaría de Deusto. Aunque no les facilitaron datos, tanto él como Carlos coincidían en que la Ertzaintza había avanzado bastante en la identificación de los killers. Además, insistieron en un tema sobre el que yo también me había hecho muchas preguntas.

Los sicarios contratados sabían el lugar, la hora y también dónde esperar y por dónde escapar. El lugar es complicado y alguien, buen conocedor del club, tuvo que darles todos los detalles. La acción se realizó con una limpieza y profesionalidad encomiables.

Habitualmente se minimizan los riesgos. Se elige el mejor lugar y el mejor momento, garantizando siempre una huida fácil. Hacerlo en La Bilbaína debía de tener un objetivo o un mensaje determinado. No lo veía claro, pero quizás querían ligarlo a los negocios turbios de Ignacio y la familia o, por qué no, intentar confundir con la estafa de los cementeros.

Y estas reflexiones me llevaban a enlazar con las preguntas de los inspectores. ¿Quién estaba al tanto de esa comida? Según Ramón, poca gente la conocía. ¿Y por qué se eligió un lugar tan complicado? ¿Y el Comendador? Ese nombre no podía estar puesto al azar, querrían enviar algún mensaje.

Eran ya las diez y media de la mañana cuando en la pantalla del móvil apareció el nombre de «Marta abogada». Sonreí. La esperaba y me animó recibirla.

—A tus pies, esperaba esta llamada como agua de mayo.

—Chico, contigo da gusto, mis llamadas no suelen recibir tanto reconocimiento. ¿O también es despiste? —preguntó Marta con voz de estar contenta.

—Estamos en ascuas, nadie sabe nada y la familia está a la espera. Mi posible ayuda se diluye sin haber empezado.

—Pues tienes trabajo, Garrincha. La información que tengo quizás te ponga sobre la pista buena. En todo caso, no pierdes nada con investigarla.

—¿Cuándo te veo?

—Ramón ha llamado y pasa esta mañana por el despacho. Quería que tomara la iniciativa antes de llamarte y ya lo ha hecho.

—O sea, que tiene que pagar para que me des la información.

—No tiene mucho que ver una cosa con otra, pero así es mejor. Nosotros cerramos el tema con los Echevarría y os dejamos que investiguéis y hagáis lo que os convenga.

—¿Te parece esta tarde?

—Por mí, bien. Si estás de acuerdo, como el otro día: a las ocho en el Miguel Ángel.

—Allí te veo. ¡Ah! No me importa que lleves el fular rojo. Así te veré antes.

—Pero tú sigues haciéndote el despistado.

—Hecho.

Me organicé igual que la semana anterior. Tomé un autobús en la estación de Garellano a las tres de la tarde y reservé una habitación en el Miguel Ángel. Avisé a Teresa, a la que tenía al tanto de mis peripecias, y con una nueva novela policiaca de una joven autora italiana me puse en marcha hacia la capital.

Enseguida me venció el sueño y hasta Lerma estuve durmiendo. Luego se me pasó el tiempo muy rápido y a las siete y veinte entrábamos en las cocheras de la avenida de América.

Marta me esperaba con el fular rojo colgado del cuello. Me entró la risa y, cuando empecé a hacer el tonto, me dijo:

—Garrincha, en este hotel me tienen en alta consideración, no quiero perderla —comentó mientras seguía con una sonrisa mis peripecias.

—Mujer, uno es como es, no creas que estoy haciendo teatro.

—Seguro que no, por eso me río. Venga, ¿te pido otro sándwich?

—No, hoy he comido mejor. Me paso directamente al gin-tonic. Otro como el tuyo. Por cierto, ¿Ramón ha pasado esta mañana?

—Sí, según me ha comentado Ismael, todo bien. Ningún problema.

—¿Le habéis dicho que nos veíamos hoy?

—No. Y la información que te voy a dar no te la hemos facilitado nosotros. Aunque se lo imagine, queremos estar al margen. Le cuentas la historia que te parezca. Es una investigación tuya.

—Ningún problema, ya me arreglaré.

Esperamos a que nos sirviera el camarero y, en cuanto se fue, Marta empezó a contarme toda la historia. La escuché con atención y no me perdí ningún detalle.

Los sucesos se remontaban a once años atrás, cuando Ignacio Echevarría intervino en un negocio de compra de petróleo a una sociedad estatal de Nigeria para venderlo en mercados paralelos fuera del país. Utilizaban barcos petroleros alquilados para cada operación.

Aunque tenían el visto bueno del Gobierno nigeriano, por algún motivo los apoyos de Ignacio cayeron en desgracia y se entendió que su actividad era ilegal y constituía un delito de contrabando, castigado gravemente por su código penal.

Ignacio fue detenido en Lagos gracias a una trampa que les tendió el propio Gobierno nigeriano a él y a un socio suyo llamado William Johnson. Este era un ciudadano británico asentado en Nigeria desde hacía más de quince años, con buenos contactos y conocedor de todos los entresijos administrativos y gubernamentales.

La familia Echevarría se movilizó. Ramón levantó muchos teléfonos y pagando mucho dinero, Marta no sabía cuánto, consiguieron su libertad. Intervino un buen despacho de abogados anglo-nigeriano y todo quedó en una multa administrativa, sin llegar a juicio. Estuvo detenido unos diez días.

A pesar de que el susto fue importante y muy caro, no tuvo mayores repercusiones. El dinero lo puso la familia de un fondo de la herencia del padre que se mantenía para imprevistos.

Sin embargo, el socio no corrió esa suerte. Fue juzgado y condenado a veinte años de prisión por contrabando de bienes públicos. Probablemente la familia no lo sabía, pero ese ciudadano se tiró diez años en la cárcel hasta ser indultado o algo parecido por el nuevo Gobierno, que se llevaba muy mal con el anterior y, en cambio, congeniaba con el que permitió aquellos negocios. Willy Johnson había salido en libertad en marzo de ese año.

Una persona clave en la puesta en libertad de Ignacio y en toda la información que me estaba dando Marta había sido un diplomático español, Joaquín Avilés, cónsul entonces en Lagos. Fue un intermediario con el Gobierno nigeriano y en su día se movió mucho.

Avilés había abandonado Nigeria hacía años y continuaba en activo en un puesto burocrático del Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid.

Marta había hablado ese fin de semana con él y se lo confirmó. Willy había sido puesto en libertad hacía unos meses. El cónsul había mantenido contacto con Johnson mientras estuvo destinado en Lagos y sabía lo tirado y abandonado que se sentía por Ignacio y su familia. La conversación había sido por teléfono y desconocía que Ignacio Echevarría hubiera sido asesinado.

Aunque mostró su estupor, a Marta le dio la impresión de que no le extrañó tanto. A continuación, el cónsul le preguntó: «Marta, ¿por qué o para qué me llama a mí?».

—Garrincha, te he concertado una entrevista con él. No he querido explicarle el motivo por teléfono, pero es un hombre inteligente y se imaginará de qué va. Yo me abro, esto ha sido una forma de agradeceros el pago tan diligente que la familia ha realizado.

—Marta, qué emoción. ¡Cómo me gusta vuestro despacho!

—No te cachondees, me entiendes perfectamente, despistado —dijo mientras terminaba su gin-tonic y pedía otro.

—Marta, ¿el cónsul sabe que voy solo?

—Sí, lo sabe. Me ha preguntado si eres de la familia y le he dicho que no, pero que trabajas para ella y eres de toda confianza. También le he comentado que el despacho desaparece de este asunto.

—¿Y, a pesar de eso, no pone pegas para tratar conmigo?

—Aunque quizás no le sorprendió la noticia, sí estaba afectado. Él tuvo trato con Ignacio y lo apreciaba. Me comentó que no tiene inconveniente en pasaros la poca información que posee.

—¿Te ha dicho dónde puede estar Willy?

—Ni se lo he preguntado ni me lo ha dicho. Preferimos no conocer más detalles, no es nuestra historia.

—¿Cuándo puedo quedar con él?

—Lo llamo ahora y, si te parece, mañana por la mañana. Trabaja en el ministerio, en el mismísimo palacio de Santa Cruz.

Se retiró, la vi hablar y enseguida cortó.

—A la una en la Cervecería Alemana de la plaza de Santa Ana.

—Perfecto, allí estaré.

Seguí un rato hablando con Marta de forma distendida y descubrí que sabía bastante de mi vida, bueno, de mi historial delictivo. Me comentó que siempre se informaban antes de tratar con alguien y no les resultó difícil conseguir información sobre mi persona. Tanto por la policía como por la delincuencia organizada se me conocía de sobra. En ambos sectores, no sé cómo, las referencias fueron buenas. Quise tomármelo con cierta distancia y comenté:

—Es una alegría saberlo. No suele ser fácil que dos gremios tan enfrentados, pero tan parecidos, coincidan en algo.

—Pues es lo que hay. Si fueras un pringado yo no estaría aquí. Al cónsul le he hablado bien de ti, espero que no nos defraudes.

—Por ese lado, no te preocupes. Conmigo no va a tener queja. Cada vez me encaja más una venganza acompañada de un chantaje por parte del tal Willy. ¿Sabes si tiene dinero para haber encargado este contrato?

—No tengo ni idea. El cónsul quizás te pueda dar esa información.

Nos despedimos y Marta me pidió que la llamara algún día para mantenerla al tanto de los acontecimientos. Le dije que sí, aunque estaba convencido de que el despacho seguiría la historia muy de cerca. Esa mujer y su despacho sabían mucho del asunto y probablemente su implicación continuaría.

Marta me estaba dirigiendo o utilizando, pero era lo único que tenía.

Ir a la siguiente página

Report Page