Sospechosos

Sospechosos


17. Martes, 18 de junio. Con el cónsul en la Cervecería Alemana

Página 19 de 68

17 - Martes, 18 de junioCon el cónsul en la Cervecería Alemana

17. Martes, 18 de junio. Con el cónsul en la Cervecería Alemana

La noche invitaba a salir y aproveché para dar un paseo por un Madrid clásico que me atraía especialmente. Como era en gran parte peatonal, por el lateral del Palace me permití subir por la calle Huertas hasta la plaza de Santa Ana y pasar por la Cervecería Alemana, donde me iba a ver con el cónsul al día siguiente. Desde allí me dirigí a la plaza Mayor y paseé por el Madrid de los Austrias, disfrutando de una noche muy apacible.

Cuando subí por Huertas me acordé del piso donde vivía Lucía en sus últimos tiempos de estudiante en Madrid. Allí estaba cuando se fraguó aquel chantaje que nos tuvo en vilo a ambos. Ahora la aventura en la que estaba metido me parecía mucho más pacífica. Esta vez me encontraba en el lado de los buenos o, al menos, eso creía.

Tenía ganas de ver al cónsul y, aunque me imaginaba por dónde podía ir esta historia, la información decisiva debía de tenerla él. No era casual que Marta y su despacho me hubieran puesto sobre esa pista.

No me compliqué demasiado y cené en una tasca situada en uno de los callejones que sale de la Plaza Mayor, dándome el gustazo de ventilarme un cordero lechal acompañado de un tinto de la Ribera del Duero. El cordero y el tinto estaban estupendos y una paz interna dominaba mi estado de ánimo. Era una muy buena señal. Me encontraba como si fuera Philip Marlowe o Lew Archer ayudando a una rica familia de Los Ángeles.

Pero seguro que esta historia, como las que investigaban ellos, se torcería.

Cuando entré me di cuenta de que no habíamos convenido un procedimiento para identificarnos.

La Cervecería Alemana era un clásico desde que se inauguró en 1904, como rezaba una placa instalada en una de sus columnas interiores. Formaban parte de una decoración que se había mantenido prácticamente intacta y donde se decía que Hemingway y Ava Gardner fueron asiduos, aunque lo extraño hubiera sido que estos personajes no lo fueran.

Una madera de calidad recubría la mayor parte de las paredes y la hacía especialmente acogedora. Las mesas de mármol y hierro forjado daban solidez y veteranía a un local en el que la principal actividad era beber cerveza.

La hora era buena y, aunque la barra estaba llena, todavía quedaban algunas mesas sin ocupar. Al fondo del local se encontraba un señor ya en los sesenta, con aspecto elegante y bien vestido, sentado solo en una mesa mientras bebía una jarra de cerveza muy grande, acompañada de una ración también hermosa de calamares.

Me miró, lo miré y, sin necesidad de más prolegómenos, me dirigí hacia donde estaba mientras él se levantaba. Nos dimos la mano y un «Joaquín Avilés» y un «Tomás Garrincha» salió de nuestros labios.

—He venido con tiempo para coger una mesa, esto se llena sin remedio. Marta lo describió muy bien. Me comentó que era muy despistado y no he tenido ninguna duda en cuanto lo he visto.

—Vaya fama. ¿Tanto se nota?

—¿El despiste? Acompaña a su larga figura y, hágame caso, no intente disimularlo, le hace algo extravagante, en fin, más interesante.

—Me alegra saberlo, nunca lo hubiera pensado.

Nos reímos los dos mientras el cónsul llamaba a un camarero que, enseguida, tomó nota de otra cerveza enorme con más calamares.

—Garrincha, déjeme que plantee unas condiciones antes de empezar a hablar.

—Adelante, lo escucho.

—Me voy a jubilar y mi pensión de diplomático está muy bien. No quiero jugármela.

—Entendido. No se preocupe por mí, puede estar tranquilo.

—De eso se trata. Marta me ha dado toda clase de seguridades y me fío de ella y de su despacho, pero necesito un compromiso suyo. Yo nunca me he reunido con usted ni le he contado nada. No nos conocemos.

—Estoy de acuerdo. Tiene mi palabra, se lo aseguro.

—Si me llama la policía o un juzgado, aunque tenga la obligación de decir la verdad, lo negaré.

—No insista, no habrá ningún problema —dije con cierta sequedad. Me parecía que el cónsul se estaba pasando.

Joaquín Avilés era un hombre alto, delgado y con el pelo blanco. Llevaba un blazer azul marino, con unos pantalones de franela de color gris claro y unos zapatos de cuero negros con cordones. Una camisa blanca de calidad, con gemelos y una corbata azul marino a juego con la americana completaban su vestimenta. Era la imagen de un diplomático de categoría ejerciendo su función en cualquier embajada.

Su carrera diplomática le había permitido dar la vuelta al mundo varias veces, pero en Nigeria, concretamente en Lagos, era donde más tiempo había estado: ocho años. Según me contó, Lagos era una de las ciudades más pobladas del mundo; incluyendo su metrópoli, superaba los veinte millones de habitantes. Aunque no lo pareciera, era un buen destino para un cónsul. La comunidad internacional era importante, se ganaba mucho y la excelente residencia en un country club, con un campo de golf espléndido, fue decisiva para decidirse. Además, la embajada estaba en la capital, Abuja, y a él lo dejaban muy tranquilo en Lagos.

Estaba casado y no tenía hijos. Había pasado unos buenos años con su mujer en ese país africano y recordaba perfectamente las vicisitudes del malogrado Ignacio Echevarría. Estaba sinceramente apenado por su asesinato. Eso me pareció y se esmeró en dejármelo ver. Me pidió información del crimen y se la di.

Se rio cuando le conté la estafa del cemento y de sus labios salió: «Por favor, qué desastre de hombre, seguía sin aprender nada».

Cuando terminé, me explicó la historia de Ignacio.

Lo conoció cuando, a través de sus contactos con un viceministro del Petróleo, empezó a negociar y traficar con cantidades importantes de crudo. Aparecía poco por Lagos, sobre todo tras asociarse con un personaje complicado de nacionalidad británica llamado William Johnson, que residía desde hacía años allí.

—Eso sí, siempre que venía me visitaba y teníamos una buena relación. Como a mí, le gustaba el golf y aprovechábamos para jugar cuando estaba en Lagos. Aunque los contactos con el Gobierno los tenía Echevarría y el negocio lo empezó él, el día a día lo llevaba Willy. El comercio enseguida empezó a funcionar bien. Los barcos salían con los depósitos y cisternas llenos de un petróleo que ya estaba vendido a un buen precio. Pero, claro, si esto se podía hacer era porque el Gobierno nigeriano lo permitía.

Le pregunté al cónsul si se trataba de contrabando. Se encogió de hombros y comentó:

—Eso dijo un tribunal, aunque estaba claro que era un negocio tutelado por las autoridades o, cuando menos, por una parte de ellas. Y lo dejo ahí. Ni que decir tiene que Ignacio y Willy ganaron mucho dinero y seguro que alguien más también. Los problemas empezaron cuando el viceministro del Petróleo cayó en desgracia y fue destituido. Al final cayó todo el Gobierno y el nuevo quiso hacer limpieza y tabla rasa. Citaron a Ignacio en Lagos y como un primaveras, sin darle importancia, se presentó y fue detenido. El mismo día también apresaron a su socio Willy Johnson. La familia se debió movilizar de inmediato. El mismo día me llamaron desde el ministerio en Madrid interesándose por el caso y dándome vía libre para actuar en defensa de Ignacio. Contrataron también al mejor despacho de abogados de Nigeria, participado por uno de los grandes bufetes de Londres y con muy buenas relaciones con la administración nigeriana. Los abogados se pusieron en contacto conmigo sabiendo que tenía el mandato del Ministerio de Exteriores español. El primer contacto que hice salió muy mal y las autoridades nigerianas se limitaron a cantarme todos los cargos que había contra Ignacio: contrabando de bienes públicos, corrupción, cohecho, malversación de fondos públicos y alguno más. La situación comenzó a cambiar cuando los abogados empezaron a moverse en el ministerio nigeriano del Petróleo. En cuarenta y ocho horas se vislumbró una solución razonable. Se retiraban los cargos delictivos y se sustituía por una multa, con expulsión del país y la prohibición de entrada durante diez años. La multa fue relativamente modesta, el equivalente a cincuenta mil euros. En cambio, del resto, que fue lo más importante, nunca supe su importe. Mejor así —dijo—, aunque si piensa en un millón de libras, porque el depósito se hizo en Londres, no se alejará mucho del importe real. El asunto penal se archivó formalmente e Ignacio salió disparado para España. Recuerdo que tan solo pudimos saludarnos en el aeropuerto mientras estaba fuertemente custodiado por la policía nigeriana. Pero, claro, el acuerdo no alcanzó a Willy, contra quien continuó la causa penal principal. Según las autoridades, el jefe era él y Echevarría un mero y lejano colaborador. De nada sirvieron sus explicaciones. Necesitaban un culpable. Punto. Si bien es cierto que, de seguir el proceso con normalidad, Willy tampoco se hubiera salvado y la condena a veinte años hubiera sido tanto para él como para Ignacio.

Cuando el cónsul terminó su explicación, le pregunté para ir cerrando temas:

—Joaquín, cuando soltaron a Ignacio, ¿no te habló de Willy? ¿No se preocupó de él?

—Sí, pero cuando él salió de la cárcel en dirección al aeropuerto, aún no se sabía si iban a seguir el proceso contra Willy. Recuerdo que en el aeropuerto de Lagos me dijo algo así como «dile a Willy que no me olvido de él, que haré lo que sea para sacarlo». Y a mí me pidió también que hablara con sus abogados para que se hicieran cargo de su defensa.

—¿Y qué pasó?

—Los abogados no aceptaron la defensa, alegaron conflicto de intereses. Sinceramente, creo que fue una excusa, porque ya sabían que Willy estaba condenado de antemano y no les interesaba una guerra contra el Gobierno.

—Y Willy, ¿qué hizo? ¿Se comió el marrón sin más?

—Me llamó, hablé con Ignacio y le busqué un buen abogado, pero el resultado ya lo sabes: veinte años de prisión.

—¿Y ahora lo han indultado?

—No exactamente. Su abogado solicitó la revisión de la pena al cumplir la mitad, diez años. Es legal y, aunque no sea habitual, a veces se conmuta parte de la pena pendiente. En este caso, así se hizo. Se le conmutaron algo más de nueve años y se decretó su expulsión de Nigeria. Quizás, el cambio de Gobierno y la comparación con el trato dado a Ignacio propiciaron esa salida.

—Una cosa, Joaquín, ¿en todos estos años Ignacio y Willy han estado en contacto?

—No lo creo, no me cuadra.

—¿Y sabe la familia Echevarría que Willy ha salido en libertad? ¿Ignacio tenía conocimiento?

—No he vuelto a tener trato con ellos, con Ignacio tampoco. Parece que huía de todo lo que le recordara a aquel mal negocio. Yo tampoco quise inmiscuirme.

—Otra cosa. No se lo tome como un interrogatorio, pero es por ir descartando cuestiones.

—Ningún problema, pregunte lo que quiera.

—¿Sabe usted si Willy ha venido a España y si tiene dinero?

—¿Si ha venido a España? Es probable. ¿Dinero? En su día ganó mucho dinero con el petróleo y ni los tribunales nigerianos ni las autoridades dieron con él. No pudo gastarlo, el abogado que lo defendió lo pagó Ignacio. Yo creo que puede andar bien de pasta.

—Entiendo, pero en Nigeria será difícil que lo tenga.

—En Nigeria, no. Él tiene pasaporte británico. El dinero lo puede tener en Londres… o en algún país afín.

—Ya, me hago una idea. Pienso que aparece como el primer sospechoso del encargo realizado para limpiarle el forro a Ignacio.

—Eso es lo que opina usted. Yo jamás pensaría en algo tan bárbaro —dijo con una gran convicción, como si estuvieran grabando la conversación, mientras sonreía de forma casi imperceptible y me guiñaba un ojo.

—Creo entenderlo. ¿Qué me recomienda? Ya sabe que la familia va a recibir instrucciones del Comendador en cualquier momento.

—Sin dudarlo, les recomiendo que las cumplan. Suele ser lo más sencillo y, a la larga, siempre es lo mejor.

Ir a la siguiente página

Report Page