Sospechosos
18. Garrincha contacta con Fátima
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18Garrincha contacta con Fátima
18. Garrincha contacta con Fátima
Creí que habíamos acabado cuando el cónsul, agarrándome de un brazo, me dijo:
—Espere, tengo algo que puede facilitarle las cosas.
No hizo falta que me sentara porque aún no me había levantado, pero hice un gesto de conformidad y contesté:
—Adelante, Joaquín.
Parecía tenerlo todo pensado. Con precisión me contó que en Lagos una funcionaria del consulado de España llamada Fátima, de padre nigeriano y madre española, tuvo una relación con Willy e intimó con él.
Lo visitaba con frecuencia en prisión y mientras él estuvo de cónsul se mantuvo la relación, que iba más allá de una mera amistad. Actualmente, Fátima tendría unos cuarenta años y en ella predominaban los rasgos de su madre, que la convertían en una mulata guapa y vistosa.
Su lengua materna era el español, pero también hablaba perfectamente el inglés. Su padre había fallecido hacía años y su madre se instaló en Madrid al regresar a España.
Aunque seguía siendo funcionaria adscrita al consulado de Lagos, Fátima llevaba varios meses en Madrid en casa de su madre. No sabía si de baja, en excedencia o en qué situación.
El cónsul desconocía si su relación con el inglés continuaba, pero estaba seguro de que era la persona más cercana que podía encontrarse. Lo lógico era que cuando Willy salió de la cárcel se hubieran puesto en contacto. En todo caso, ella sabría dónde encontrarlo.
Terminó de hablar y, como no me decía nada, le pregunté:
—¿Y sabe cómo localizarla?
—Tengo su teléfono móvil, pero yo no se lo he dado.
—Ningún problema.
—Quiero estar totalmente al margen de este asunto. No puede salpicarme, sigo siendo funcionario del Gobierno de España.
—Démelo, no diré nada de usted.
—Si pregunta, cuéntele que se lo han dado en el consulado británico en Lagos. La conocen, y también su relación con Willy, no tiene por qué extrañarse.
Cuando salí con el número de teléfono en el bolsillo, tenía la sensación de estar siendo utilizado. El cónsul sabía mucho y de forma programada me iba soltando información. Me dirigía hacia donde él quería, pero no tenía otra opción. Estaba convencido de que su implicación era mucho mayor que la que pretendía aparentar.
Por la plaza de Santa Ana bajé hacia Sol y desde allí pasé por Callao a la Gran Vía. Quería dar un paseo y sin parar, por detrás del edificio de Telefónica, subí por la calle Hortaleza al barrio de Chueca. Cuando llegué al mercado de San Antón, me senté en una terraza con la luz del sol bañándome la cara y parte del cuerpo. Se estaba muy bien allí.
Me quedé un rato traspuesto, recibiendo el sol de frente y, cuando ya se me cerraban los ojos, decidí llamar a Ramón.
—¿Cómo está?
—Hola, Garrincha, de vuelta en Madrid. ¿Qué me cuenta?
—Poca cosa, pero sigo una pista aquí que puede ser buena.
—¿Está en Madrid?
—Sí, en el mercado de San Antón.
—Elige bien. ¿Le parece que nos veamos?
—Prefiero esperar. Tengo todavía pendiente alguna gestión y vuelvo para Bilbao.
—Como prefiera.
—En cuanto tenga algo concreto, se lo cuento. Salvo que el Comendador dé señales antes.
—Si las da, le aviso. ¿La pista es sobre el negocio de cemento?
—No, no es eso. Esa vía la doy por cerrada, es otra cuestión. Ya le contaré.
—Usted manda, Garrincha.
Estaba tan a gusto sentado, que me resultaba muy difícil levantarme y ponerme en marcha.
La primavera en Madrid es puro lujo. Siempre me había gustado la capital y cuando venía aprovechaba para patear la calle, observar a la gente y cruzármela ensimismado en mis cosas. No solía importarme estar solo, me entretenía mirando a mi alrededor.
Hubiera preferido que el día durara mucho más, pero eso no iba a ser posible. Comí algo allí mismo y llamé a Teresa para informarla de mis planes inmediatos. Mi idea era dormir en Bilbao, pero antes quería contactar con Fátima.
—Dígame, ¿con quién hablo?
—No me conoce, Fátima. La llamo de parte de la familia Echevarría.
Cuando pronuncié el apellido, se hizo un silencio al otro lado de la línea. A mí me pareció excesivo, pero quizás solo fuera una impresión.
—Explíquese, porque no caigo.
—Mi intención es hablar con William Johnson y para ello me han dado su número de teléfono. Usted puede ponerme en contacto con él.
—¿Y quién le ha dado mi teléfono?
—En el consulado inglés en Lagos. Es importante. —Me lancé y, antes de que contestara, dije—: No sé si lo sabrá, pero Ignacio Echevarría ha sido asesinado.
De nuevo, unos segundos interminables pasaron en silencio.
—Algo leí en la prensa, pero no entiendo qué tengo yo que ver en ese asunto. Soy funcionaria del Estado y ahora estoy en excedencia.
—Solo quiero que me ponga en contacto con Willy, en el consulado inglés no sabían cómo localizarlo.
—¿Y qué quiere usted del señor Johnson?
—Hablar con él. Este crimen ha generado una situación muy complicada en la familia y necesitan hablar con él. Yo estoy comisionado para ello.
—¿Es usted de la familia?
—No.
—Dígame quién es. ¿Un policía? ¿Un detective?
Me reí para que se diera cuenta.
—Nada de eso, la policía no sabe nada. Mi nombre es Tomás Garrincha y, por amistad, la familia me ha pedido que contacte con Willy.
—La verdad es que no sé si podré localizarlo. Deme su teléfono y le devolveré la llamada. ¿Qué quiere que le diga?
—El número es este, desde el que la he llamado. Dígale que quiero hablar con él, sin más. Cuando sepa que voy de parte de los Echevarría entenderá nuestro interés. Es muy importante.
—Lo intentaré, aunque no le prometo nada.
Colgué sabiendo que Fátima me iba a llamar. Conocía el motivo de mi llamada y la gravedad del asunto. Además, estaba convencido: Willy estaba en Madrid.
Cuando llegué a Bilbao eran ya las diez de la noche y Teresa me fue a recoger al aeropuerto. Estaba cansado y agradecí dormir en casa.
Una brisa fresca que venía de la ría se colaba por una ventana que Teresa solía dejar abierta en el salón, y ayudaba a que el sueño te acompañara con más facilidad.