Sospechosos

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62. Martes, 16 de julio. En Salzburgo

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62 - Martes, 16 de julioEn Salzburgo

62. Martes, 16 de julio. En Salzburgo

Eran las doce del mediodía cuando un equipo de intervención de la policía austriaca, llegado expresamente desde Viena y protegido por un amplio dispositivo, entraba en el salón Mozart del Hotel Papageno.

La cara de estupefacción de las seis personas sentadas alrededor de una mesa ovalada fue digna de un final de Tarantino. No hubo tiros ni sangre, pero todo lo demás sí. Los seis, al ver tantas armas apuntándoles, se levantaron a la vez sin que nadie se lo pidiera.

Tenían conocimiento de que entre ellos hablaban en inglés y en ese idioma se les explicó su detención, los motivos y sus derechos. Simplemente se les mencionaron asesinatos y grupo criminal y, por la expresión de sus rostros, tuvieron claro que sabían perfectamente de qué se trataba.

La documentación incautada fue abundante y entre ella se encontraba una nota manuscrita, en francés, con la referencia «los españoles y el inglés» unas cifras en dólares a su lado. Por el importe, parecían más los gastos que el precio del contrato, pero era una prueba indiciaria de gran valor. La nota, además de estar escrita en francés, se hallaba en la mesa justo delante de donde se encontraba Farad. No sería difícil acreditar que la letra era suya.

Los interrogatorios comenzaron enseguida, nada más llegar a la comisaría. Querían jugar con el factor sorpresa y evitar que prepararan cualquier estrategia de defensa.

Sara y Fabretti se encargaron de Carlos Echevarría, acompañados por dos policías austriacos. Este se encontraba hundido, derrotado, y en esos momentos salía a la superficie toda la tensión acumulada durante estos meses. Temblaba, su rostro estaba desencajado y un gesto de profundo abatimiento marcaba toda su cara. Ni siquiera quiso hablar con el abogado de oficio antes de empezar a declarar.

Se encontraba presente un traductor de alemán para que pudiera transcribirse el interrogatorio en los dos idiomas.

Comenzó Sara haciendo una breve exposición que llevaba muy preparada, contando todo lo acontecido. Metió todo lo que sabía y lo que se imaginaba, consiguiendo un relato muy efectista que no se alejaría mucho de la realidad. Carlos no protestaba, seguía callado y daba la impresión de que le importaba muy poco lo que contara la inspectora.

—Carlos, lo sabemos todo; bueno, admito que casi todo. La fuente no se la puedo dar, pero es totalmente fidedigna y de entera credibilidad. Además, sus colegas lo están confirmando en sus declaraciones —dijo Sara.

Previamente habían hecho el paripé de un poli austriaco entrando en el despacho para hablar en una esquina en voz baja con los inspectores vascos. También entró el poli francés y se dirigió a ellos en francés para que lo escuchara Carlos. Sara y Fabretti hicieron lo mismo entrando en los interrogatorios de los otros.

—Pero debe saber que tenemos la impresión de que también está pringada, ya iremos delimitando en qué grado de participación, su familia: Ramón, por supuesto, pero también el resto de sus hermanos y su sobrino el futbolista. Como no tenga una versión clara y precisa de los hechos y la participación de cada uno de ustedes, esta misma tarde se procederá a la detención de todos ellos. Están avisadas las policías de Miami y la de Cerdeña, todo está preparado.

Por supuesto, nada de eso era cierto, pero Sara lo planteó con tal seguridad que no dejaba lugar a duda. Al oír hablar de su familia, Carlos pareció despertar, prestó atención y, por supuesto, se lo creyó.

—Inspectora, ellos no tienen nada que ver. Por el amor de Dios, créame. No pueden destrozarles la vida por unas impresiones descabelladas.

—Carlos, queremos saberlo todo. Quizás nos equivoquemos con alguno, pero detendremos a todos y en la instrucción judicial se aclararán las responsabilidades.

—¿Sabe lo que va a suponer esto para nuestra familia?

—Perfectamente, pero no es mi problema. Convénzanos de que no tenemos razón. Explíquese contándonos la verdad, toda la verdad y, si su familia está al margen, le garantizo que no procederemos contra ella.

—¿No los detendrán?

—Si nos lo cuenta todo, no. Nos olvidaremos de ellos.

En ese momento saltó el abogado, que bastante había aguantado. No necesitaba ser un fino jurista para entender el chantaje al que estaba siendo sometido su cliente.

De forma protocolaria y formal manifestó su protesta y recomendó a su cliente que no entrara en el juego que le proponía la policía. Es más, le recomendaba que se negara a seguir declarando, estaba en su perfecto derecho y, si quería declarar, podría hacerlo ante el juez.

Sara contestó con rapidez, se jugaba mucho en la validez de esta confesión:

—Está usted en su perfecto derecho a no declarar, tal como le recomienda su abogado. Yo misma se lo he ofrecido antes de empezar el interrogatorio al leerle sus derechos. No pasa nada, seguiremos con las acciones previstas que ya le he comentado y contaremos con las declaraciones de sus colegas.

Esto último no era cierto. Dos de los nigerianos habían contado una historia inverosímil sobre un negocio de petróleo; y los de Londres y el francés se habían negado a declarar más allá de facilitar sus datos personales.

Pero Carlos lo tenía claro y Sara lo sabía.

—Voy a declarar.

—¿Lo hace libremente?

—Sí, lo hago libremente. Me fío de ustedes, sé que cuando acabe no procederán contra nadie de mi familia.

—Tiene mi palabra.

El abogado reiteró su protesta, indicando que constara expresamente.

Y empezó a hablar. Sacó, nadie sabía cómo, una energía que parecía ya perdida y con consistencia indicó que lo suyo se acababa y que estaba convencido de que lo detendrían de un momento a otro. «Estas cosas al final acaban mal», dijo como si se tratara de un negocio de trámite.

Eran muchos años y tanto riesgo no podía durar eternamente. Había comenzado hacía casi quince años con el negocio del petróleo en Nigeria. Ignacio y él tenían buenos contactos y allí empezó todo. Aunque Ignacio y Willy daban la cara, él siempre estuvo detrás discretamente.

Cuando los detuvieron, pudieron resolver lo de Ignacio, pero no pudieron hacer nada por Willy.

Unos años después volvió a las andadas, ya sin Ignacio, y siempre por personas interpuestas. Volvieron a montar una estructura con gente importante en Nigeria y continuaron con el contrabando de petróleo. Les dejaron hacer hasta que, coincidiendo con un cambio de Gobierno y la liberación de Willy, los nigerianos recién detenidos tuvieron que salir por patas, y se exiliaron en Viena y Londres.

Habían ganado mucho dinero, pero los gastos eran cuantiosos y tenía que repartir con los cuatro colegas. No había para todos y Willy, encima, exigió lo suyo: los tres millones de dólares más los intereses que se le debían desde hacía años.

El grifo del dinero estaba cerrado, las familias de los cuatro nigerianos tenían que vivir de estos ahorros y no llegaba.

El cónsul Avilés representaba al inglés y gestionaba una sociedad patrimonial de Willy domiciliada en Gibraltar, a donde debía llegar el dinero que le adeudaban. A pesar de las promesas, la pasta no acababa de llegar.

Ignacio se puso muy nervioso. Recibía presiones y amenazas, sobre todo del cónsul, de Willy… y fue a Londres para hablar con los colegas nigerianos allí exiliados.

Según ellos, Ignacio los amenazó con contarle todo a la poli. Carlos nunca lo creyó, pero decidieron limpiarle el forro. Lo de Luisa vino después y «fue una auténtica sorpresa para mí, una desgraciada sorpresa». Parece que había hablado con Ignacio, se llevaban muy bien y, tras su asesinato, estaba dispuesta a contarlo todo.

A Willy lo mataron el último, «una pena», dijo. Si hubiera sido el primero, «mis hermanos estarían vivos». Todo fue un desastre y un disparate.

Carlos quiso quedar al margen de cualquier responsabilidad directa en los crímenes. Según declaró, las decisiones y la organización fue cosa de los nigerianos. Ellos mandaban y contrataron a los sicarios a través de Farad. «Les costó mucho dinero», comentó, como si aquello atenuara la responsabilidad.

Sara se daba cuenta de que, al final, todo era dinero, mucho dinero. Qué gentuza.

Los nigerianos necesitaban pasta y pensaron que se podría conseguir más; la familia tenía que pagar. Por eso enviaron las cartas.

Era una locura, una espiral que no sabía dónde acabaría. Gente sanguinaria, sin principios. «Como Aníbal con los romanos, odio eterno. Sus métodos no eran los de Lucrecia Borgia y su frasquito de veneno». Cuando Carlos, hombre instruido, decía esto, ponía una cara de auténtica repugnancia, mientras los presentes la ponían de estupefacción. Y continuó diciendo que estaba convencido de que al final acabarían cargándose a Fátima, al cónsul y a él mismo. Quizás él fuera el siguiente.

Fabretti le preguntó por qué se olvidaba del intento de asesinato de Garrincha. «Se había acercado tanto —comentó—, que estaba a punto de pillarnos». Las últimas conversaciones con Fátima, el cónsul y su hermano Ramón lo situaban muy cerca de ellos. Era cuestión de días.

A Garrincha lo había contratado la familia para protegerse. Él no pudo oponerse, se hubiera notado demasiado. Un hombre con su pasado y de ese mundo, lo decía con gestos de aprensión, podía enfrentarse mejor a la mierda que pudiera salpicarles. A la policía —«nos entenderán», dijo— era mejor mantenerla a distancia.

—Entendemos perfectamente —dijo Fabretti sonriendo, al igual que Sara y el resto de los asistentes.

Carlos quiso dejar claro que nadie de la familia había tenido nada que ver en ninguno de los crímenes. Incluso Ignacio quiso pagarle a Willy lo que era suyo.

Ni Ramón ni el resto de los hermanos ni el futbolista sabían nada. «Ramón quizás intuyó zonas oscuras en los negocios del petróleo, pero nada más, créanme. Él tiene unos principios más sólidos que yo, y nunca hubiera admitido esta deriva criminal…».

Lo dijo tan campante ante la mirada socarrona de todos los presentes, que ya hacían cábalas sobre la solidez de sus principios.

Sara le preguntó sobre las cartas firmadas por el Comendador y por qué se realizaron los asesinatos en unos clubs súper-cerrados y de tan difícil acceso.

Reconoció que la firma del Comendador fue una metedura de pata, y que cuando se dio cuenta ya no se pudo parar. Había un nigeriano gracioso al que también le gustaba la ópera y no se le ocurrió otra cosa que firmar con ese nombre; Murakami no sabía ni quién era. El propio Ramón le comentó a Carlos: «Como conozcan tu afición a Mozart, Don Giovanni y Murakami van a creer que la has escrito tú». Y él le contestó: «Ya me he dado cuenta. Como comprenderás, si la hubiera escrito yo es el último seudónimo que hubiera elegido».

A Ramón le pareció de pura lógica la contestación de su hermano. Respecto a los clubs, los nigerianos lo organizaron todo. Le pidieron unas referencias y unos planos de La Bilbaína y Puerta de Hierro, sabían que eran asiduos de esos clubs y se los dio. Los inspectores sabían que Carlos tuvo que facilitarles muchos detalles y bastantes más cosas pero, por ahora, era suficiente. «Ellos se encargaron de todo. Aunque parezca difícil, son sitios muy discretos y reservados y se puede preparar bien, no es tan complicado».

Los nigerianos querían que pareciera un ajuste de cuentas elitista, de cuello blanco, creían estar así mejor protegidos. A Carlos le pareció una tontería, pero no se metió en ningún preparativo, y comentó: «De todas formas, fueron bastante chapuceros y los detuvieron. La verdad, tampoco suponía ningún problema, los adláteres no tenían ni idea de nada».

—¿Y Willy? —preguntó Fabretti.

—Lo cité en el aparcamiento de la playa de la Arena en Somorrostro. Le dije que quería resolverlo todo de una puta vez.

Estaban hartos del inglés, acababa de estar con Garrincha y podía empezar a largar en cualquier momento. Quería alejar las dudas que hubiera respecto a los crímenes de Ignacio y Luisa, sobre los que no tenía ninguna responsabilidad.

—Cuando llegó lo estaban esperando los dos franceses que luego fueron a por Garrincha, y me imagino que por allí cerca se lo cargaron —dijo Carlos.

Cuando terminó de hablar, ya exhausto, le preguntó a Sara:

—¿Puedo estar tranquilo? ¿Mi familia está a salvo?

Sara hizo un gesto para que pararan la grabación y, cuando se cercioró de que lo habían hecho, dijo:

—Puede estar tranquilo, su familia estará a salvo siempre que lo confirme ante el juez y no se desdiga de lo que nos ha contado.

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