Sospechosos

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63. Los austriacos son un desastre

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63Los austriacos son un desastre

63. Los austriacos son un desastre

El error de la policía austriaca fue mayúsculo. Fue de no creer. Una cadena de imprudencias provocó el desastre.

Tenían a Carlos en una oficina del segundo piso, junto a otros despachos que daban al mismo pasillo. En ellos había otros policías realizando diversas tareas propias de la profesión. Entraban, salían y las puertas quedaban muchas veces abiertas. Los nigerianos estaban en el tercer piso.

Cuando Carlos pidió ir al baño, lo acompañó uno de los policías que custodiaba la oficina donde se había producido el interrogatorio. En el pasillo se encontraba de vigilancia otro policía, situado al fondo, junto a las escaleras y los ascensores. Era la única salida del segundo piso.

Al dirigirse hacia el baño, Carlos debió de ver alguna puerta abierta y, en la oficina correspondiente, un arma enfundada en una especie de bandolera que colgaba de un perchero.

A la vuelta del baño vio salir a un policía del despacho, pero el arma seguía allí. El policía que lo acompañaba se debió de rezagar unos metros y Carlos entró de un salto, cerró la puerta de un portazo y, cuando entró el poli, se había descerrajado un tiro en la sien. Murió al instante y para él seguro que fue lo mejor.

El barullo fue mayúsculo y proporcional a la ineptitud de la policía. Aquello se llenó de funcionarios, policías y jefes, pero ya nada se podía hacer.

Al oír el disparo, Sara y Fabretti salieron al pasillo y solo pudieron ver a Carlos tendido en el suelo, sangrando y sin vida. Su cara esta vez se encontraba más serena, como si hubiera encontrado una paz buscada desde hacía tiempo.

Se había quitado la vida de forma limpia y voluntaria, nadie dudaría de ello, había muchas personas presentes y muchos funcionarios que no eran policías, pero no por ello dejaba de ser una chapuza. Repasando los protocolos de cualquier policía, parecía imposible que aquello hubiera podido ocurrir.

Antes de que se divulgara la noticia, el jefe superior de policía decidió dar de inmediato una rueda de prensa y contar toda la operación. Era lo mejor y se atajaría cualquier especulación. No estuvo la máxima autoridad de la policía, pero sí el comisario jefe de Salzburgo. No querían generar extrañeza en los periodistas que allí acudieran.

Los polis austriacos pidieron a Sara y a Fabretti que estuvieran en la rueda de prensa y, tras consultarlo con sus superiores de Bilbao y Vitoria, aceptaron.

El comisario jefe, con un escrito preparado conjuntamente con los inspectores vascos, explicó de forma detallada la operación y el éxito de la misma. Expresó su agradecimiento a la policía española y, sin decir una palabra sobre el suicidio, informó sobre las detenciones realizadas esa mañana en el Gran Hotel Papageno, cediendo a continuación la palabra a la inspectora Sara Cohen.

Sara utilizó el castellano con traducción simultánea y el inglés para contestar a las preguntas. Realizó una pormenorizada exposición desde que comenzaron los negocios de petróleo, puro contrabando, hasta la actualidad. Evitó nombrar a las autoridades nigerianas, a la familia Echevarría y al cónsul Avilés, pero sí relató todos los asesinatos, dando sus nombres y explicándolos como una acción concertada por parte de todos los detenidos.

El atentado contra Garrincha se contó sin dar su nombre, pero sí se nombró a los sicarios marselleses muertos en el tiroteo y a los detenidos anteriormente, todos a las órdenes de Farad.

Indicó que estos hechos habían sido corroborados por uno de los detenidos y las pruebas que tenían eran numerosas y definitivas. Era una operación brillante y solo se había ensombrecido muy a pesar de todos… Y, ante la sorpresa de los presentes, pasó la palabra al comisario jefe para que comentara el suicidio del español.

Lo describió tal como había ocurrido, no le quitó ninguna importancia y pasó a explicar cómo se había incoado el correspondiente expediente disciplinario para depurar las correspondientes responsabilidades.

Este final consiguió centrar toda la rueda de prensa sobre el suicidio de Carlos Echevarría, dejando en un segundo plano el alcance de la operación. Al concluir la sesión, el comisario jefe, correcto y expresivo, agradeció otra vez la actuación de la Ertzaintza, indicando que la operación era suya, y que ellos solo eran unos colaboradores en la detención de los implicados.

Sara, en plan pelota, quiso resaltar la actuación tan importante, urgente y precisa de la policía austriaca e indicó que sin ella no se hubieran podido realizar las detenciones y los criminales seguirían campando por nuestras calles.

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