Sospechosos
19. Fátima y Willy
Página 21 de 68
19Fátima y Willy
19. Fátima y Willy
A Fátima le gustaba que se la enchufaran por detrás. Su relación con Willy no era reciente y, aunque habían pasado por altibajos, se entendían muy bien en la cama.
La funcionaria consular no podía vivir sin sexo y un cuerpo generoso le permitía tenerlo sin gran dificultad.
Willy siempre la había tratado bien. La ayudó económicamente en momentos difíciles y ejercía de sostén sentimental cuando se encontraba sola.
En un estado de duermevela y aún con el sopor del vino de la cena, Fátima notaba el instrumental de su compañero de cama frotando su enorme trasero. Era una postura ideal para ella y el apetito de sexo creció de inmediato. Solo tuvo que ayudar un poco y el inglés pudo continuar con unas embestidas razonables que Fátima agradecía.
Durante la cena, Fátima le contó a Willy la llamada de un mandado de la familia Echevarría, reproduciéndole textualmente la conversación porque la recordaba bien.
El inglés sonrió, disfrutando de los agobios y penalidades por las que estaba pasando esa familia. Una de sus mayores alegrías en todos esos años fue cuando leyó la noticia detallada del asesinato de Ignacio. Sin lugar a duda, disfrutó más que cuando fue puesto en libertad unos meses atrás.
Cuando salió de la cárcel en Nigeria, de inmediato se fue del país y no tuvo duda en trasladarse a Madrid, donde se encontraba Fátima, el mayor y prácticamente único apoyo con el que contaba. Ella lo recibió bien, estaba en un momento confuso de su vida y pensando qué hacer en el futuro. Se había acogido a una excedencia laboral pero no podía alargarla mucho más.
Follaban a menudo, pero cada uno hacía su vida y no entraba en sus planes vivir juntos ni una relación de pareja formal. Willy tampoco aspiraba a más y así le parecía suficiente. Tenerla cerca le permitió abrirse camino en Madrid y en esos meses se había instalado razonablemente bien.
Willy había alquilado un piso pequeño al final de la calle Bravo Murillo, en el popular barrio de Tetuán. Entre la gran comunidad ecuatoriana, sudamericana, china y marroquí, un inglés con un apellido tan vulgar como Johnson, pero con un español muy aceptable, pasaba bastante desapercibido.
Tenía y aparentaba cincuenta y cuatro años, era rubio, alto y estaba fuerte y musculado tras su paso por el gimnasio de la cárcel. Componían una pareja original y atractiva, y en sus paseos por el barrio muchos vecinos los miraban con envidia.
Willy era un rentista acomodado y no se preocupaba de simular ninguna actividad laboral. No lo necesitaba, su situación era legal y el dinero que tenía, más o menos, también lo era.
Fátima era otra cosa y no conseguía centrarse ni definir su futuro. Vivía con su madre en el barrio de La Estrella, junto a la calle Doctor Esquerdo, y estaba harta de Nigeria y de África. Su deseo era asentarse en Madrid o, en su caso, en un destino cercano como Lisboa, Roma… o algo parecido. Tenía algún contacto bueno en el ministerio y esperaba poder conseguirlo.
Con el inglés en la calle se sintió liberada. Era la persona más cercana a él y hasta ahora había asumido una obligación que, aunque era voluntaria, no dejaba de ser una carga.
El asesinato de Ignacio la había impresionado. Se acordaba perfectamente de él, un hombre atractivo, elegante y con mucha clase. No era fácil cruzarse con hombres así.
Aunque Willy nunca le había perdonado a Ignacio que lo dejara tirado, ella sabía que poco podía haber hecho ante los gobernantes nigerianos.
La llamada del tal Garrincha fue una sorpresa pero, en cuanto nombró a la familia Echevarría, supo que el cónsul era quien le había facilitado su número de teléfono. En el consulado británico jamás se lo hubieran proporcionado, es más, ni lo tendrían ni se acordarían de ella.
Sonrió al imaginar que iba a sacar partido de eso. El antiguo cónsul tenía mando en el ministerio y podía ser de gran ayuda. No tendría más remedio, ella podía largar y él lo sabía.
—¿Quién hostias será el tal Garrincha? —preguntó Willy después de venir del baño y limpiarse los efluvios amorosos que habían dejado huella en su cuerpo.
—Da igual, lo manda la familia y quiere hablar contigo. Estarán acojonados y querrán llegar a algún tipo de acuerdo.
—Ya, pero no entiendo por qué me ligan con el asesinato de Ignacio.
—Willy, no es tan difícil pensar en quiénes querrían ver muerto a Ignacio. Tú sales de los primeros.
—Pero eso no es espontáneo. ¿Cómo es que te llaman a ti? ¿Por qué conocen nuestra relación?
—Se lo pregunté y me habló del consulado ingles en Lagos.
—¿Y lo has creído?
—¿Por qué no? Lo nuestro se sabía en Lagos.
—Sí, pero en el consulado español. No sé, no me cuadra.
—Y qué más te da. Piensa si te interesa hablar con él o no. De la pasma seguro que no es.
—La familia tiene mucha pasta e Ignacio ganó mucho dinero.
—Bueno, a ti tampoco te fue tan mal.
—Ya, pero él más y yo me he tirado diez años en la cárcel.
—Y él está en el hoyo.
—No me interesa que esto llegue a la pasma. Lo tengo claro.
Quedaron en que Fátima volvería a contactar con Garrincha y le daría el número de teléfono de un bar cercano a su casa. De cuatro a cinco de la tarde esperaría su llamada. Luego, ya decidiría…
Ninguno de los dos era de tener las manos quietas y, tras esa conversación, Willy volvía a estar engorilado y Fátima por la labor.
Volvieron a solazarse, esta vez con menos griterío y, por fin, durmieron de un tirón.