Sospechosos
20. Miércoles, 19 de junio. En el bar Gurugú
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20 - Miércoles, 19 de junioEn el bar Gurugú
20. Miércoles, 19 de junio. En el bar Gurugú
Si en España se hiciera un ranking con los nombres más utilizados para bares, probablemente el nombre del Gurugú saldría muy arriba. Siempre ha sido un enigma, pero no es difícil encontrar en ciudades y pueblos el nombre del famoso monte marroquí desde cuya ladera se puede apreciar una de las mejores vistas de la ciudad de Melilla.
Como si fuera un recuerdo de aquellas batallas que se libraron en 1921 entre el ejército español —comandado por los históricos generales Sanjurjo y Berenguer— y las tropas rebeldes de Abd el-Krim, las fotografías, los dibujos o las pinturas del monte Gurugú, del Barranco del Lobo y otros paisajes de la zona eran habituales en su decoración. Por lo menos así era en el bar al que Willy Johnson acudía a diario a tomar el vermú y por la tarde a jugar al dominó.
El Gurugú se encontraba muy cerca de su casa, al final de la calle Bravo Murillo, y tenía un aspecto cutre que solo mejoraba una pequeña terraza en la acera. Ahora bien, nadie que estuviera en ella escapaba a los humos y gases que los coches y autobuses dejaban a su paso. No era fácil de entender; para Fátima era horrible, pero el inglés se encontraba muy a gusto allí.
Un vermú catalán de grifo, como si fuera una caña, con unas olivas negras preparadas con picante, era el aperitivo que nunca perdonaba. En invierno empezó tomándolo dentro, en una mesita junto al ventanal que daba a la calle, bajo una imagen del Barranco del Lobo con rebeldes marroquíes que caían bajo las balas de las tropas españolas.
Entrada la primavera salía a la terraza y allí disfrutaba de un paisaje variado y multicolor. Acostumbrado a Lagos, al inglés esto le parecía mucho más tranquilo y blanquito. Los sudamericanos de todos los colores, los chinos y los marroquíes predominaban sobre los nacionales, que pasaban más desapercibidos. En ese ambiente, era respetado y se sentía importante.
El dueño, Rafael, Fali para los amigos —un gaditano de San Fernando asentado en Madrid desde hacía muchos años, cumplidor del servicio militar en Melilla, de donde se trajo el nombre del Gurugú—, disfrutaba con su presencia y conversación, convencido de que daba caché al establecimiento. Cuando venía Fátima era el no va más y hacía verdaderos esfuerzos para que su vista no se perdiera más de lo necesario en su culo o en otras partes del cuerpo. Como era un hombre educado lo intentaba y a veces sudaba de los esfuerzos que hacía. Aunque intentaba despistar, tanto Willy como Fátima se daban cuenta y ambos lo consideraban un cumplido, sin que tuvieran ninguna queja al respecto.
Esa tarde, entre las cuatro y las cinco, el inglés esperaba la llamada del intermediario de los Echevarría.
Estaba sentado en la terraza con su caña de vermú prácticamente consumida y hacía una señal a Fali para que se la repusiera. Se encontraba animado, suponía todo un logro que se hubieran puesto en contacto con él. Eso era buena señal, sabían de dónde podían venir sus problemas y suponía un reconocimiento del comportamiento tan canalla que habían tenido.
Sus recuerdos de los años de prisión en Nigeria cada vez quedaban más lejos, pero su fijación por la puñalada trapera recibida no se la quitaba de la cabeza. Ignacio había tenido su merecido, se había hecho justicia, pero también quería sacarle provecho. Tenía que jugar bien sus cartas, no lo había hablado con Fátima y no quería hacerlo. Cuando ella se enteró del crimen, no le preguntó si había sido él, pero seguro que lo había pensado. A él le daba igual, no quería pringar a nadie y menos a Fátima.
No pensaba que Fátima me fuera a llamar tan pronto, pero a las diez de la mañana, cuando acababa de desayunar, su nombre apareció en la pantalla de mi teléfono móvil.
Había dormido bien y estaba bastante tranquilo. La investigación avanzaba y difícilmente podía ir más allá. No me estaba confundiendo y creía ir por buen camino.
Teresa me conocía y sabía interpretar mis gestos, mis tonos de voz y hasta mis ronquidos. Solía decirme que la ausencia de ronquidos era muy buena señal y esa noche no los había escuchado.
Recibí un par de wasaps de Lucía, pero no los contesté. Solo le envié un emoticono sonriente para que no se preocupara.
—Dígame, Fátima, agradezco su llamada.
—Ya ve, he hecho alguna gestión y al final he podido hablar con el señor Johnson. Según me dice, no tiene inconveniente en hablar con usted.
—Perfecto. ¿Se ha extrañado por mi interés?
—No sabría decirle. No ha puesto pegas y me ha dado un teléfono.
—Eso está bien.
—Es el de un establecimiento público y debe llamarlo hoy entre las cuatro y las cinco de la tarde. Al que levante el auricular simplemente pregúntele por el inglés.
—Así lo haré.
—Yo ya no quiero saber nada más. No me interesa y no deseo que me salpique, ¿me explico?
—Perfectamente, Fátima. Muchas gracias.
Colgó sin despedirse. No me cabía ninguna duda de que Fátima sabía que se trataba de un asunto turbio y no quería pringarse, pero también significaba que Willy deseaba el contacto y cuanto antes. Era una buena señal.
Estaba encima de la ría, viendo desde el ventanal de mi casa cómo el sol se abría paso entre las nubes y empezaba a calentar el ambiente. Una brisa constante evitaba sentir calor y encrespaba el caudal del Nervión, que bajaba con fuerza.
Llevaba tres días sin ir a pescar y lo echaba en falta. Entonces ya era tarde, pero al día siguiente estaría sin falta apenas amaneciera.
Quería hacer algo, me preparé y salté a la calle para dar un paseo. Con buen ritmo enfilé la avenida de Abandoibarra y me perdí entre los paseantes, que eran numerosos debido al buen tiempo.
Mi cabeza daba vueltas a lo que debía proponerle esta tarde a Willy y todavía no tenía claro cómo hacerlo. ¿Debería quedar con él ya? En todo caso, tenía que avanzar, no podía perder esa ocasión.