Sospechosos
21. Una partida de dominó
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21Una partida de dominó
21. Una partida de dominó
Las partidas de dominó eran una institución en el Gurugú. No siempre jugaban los mismos, pero los habituales rotaban y se conocían bien.
Empezaban todos los días a las tres y media y Willy ya era un asiduo respetado por todos. Jugaba bien y su educación se valoraba aún más. Aunque también se jugaba al mus y al tute, el dominó era la estrella.
Los nacionales estaban ya en minoría frente a jugadores de distintos orígenes y nacionalidades. Aunque todos vivían en el barrio o en los alrededores, los sudamericanos y los asiáticos superaban a los cuatro o cinco españoles. Willy era el único y auténtico guiri.
Con él había intimado un colombiano de Barranquilla, de edad parecida a la suya y con más de veinte años de residencia en España. Trabajaba en una gestoría importante en el centro de Madrid y su intención era convencerlo para abrir una asesoría especializada en extranjería: permisos de residencia y de trabajo, nacionalidad y todo lo que tuviera que ver con papeles. Pensaba también en la comunidad china y la documentación bancaria para cumplir con la vigilancia de los órganos de control del blanqueo de capitales.
La propuesta tentaba a Willy y la inversión era modesta. Luis Miguel Cárdenas, que así se llamaba el de Barranquilla, conocía bien el negocio y su idea era dejar su actual trabajo. Se iría con dos empleadas, una de ellas china. Había visto un piso para montar la oficina en una primera planta en la propia calle de Bravo Murillo, cerca de la glorieta de Cuatro Caminos, y si Willy daba el visto bueno lo pondría ya en marcha. No era el primer negocio que le salía, pero sí el más legal y formal.
Fátima no lo veía claro, no le gustaba Luis Miguel, pero Willy quería tener una vida organizada, normalizada y no vivir de unas rentas que seguro darían que hablar.
Cuando Willy entró a las tres y media, Fali se encontraba detrás de la barra. Ya estaban preparadas dos mesas para el dominó y otras dos para cartas. Los jugadores iban llegando y tomaban posiciones según su juego. Todos pedían algo en la barra: cafés, sol y sombra, orujos, chinchones, whiskys e incluso un Pico-Plata para un ecuatoriano de Guayaquil.
Willy estaba abonado al Anís del Mono, que saboreaba y repetía con especial satisfacción.
—Fali, me van a llamar entre las cuatro y las cinco. Es importante. ¿Me puedes dejar tu despacho para hablar?
—Faltaría más. Descolgaré yo el teléfono y te aviso.
—Que me sustituya alguien en la partida.
—Yo mismo y, cuando acabes, continúas tú.
—Perfecto.
—¿Cuándo abrís la gestoría?
—¿Te ha dicho algo Luis Miguel?
—Está como una moto. Tiene ganas de dejar su curro y ve mucho negocio. Por lo que me ha contado, me parece que no está mal pensado, clientes no os van a faltar.
—Sí, la idea no es mala, pero tengo que hacer números todavía.
—Cada vez están más difíciles las cosas para los de fuera y necesitan alguien de confianza que les lleve los papeles. ¿Te has enterado de lo de los bancos con los chinos?
—¿Te refieres al bloqueo de sus cuentas?
—Sí, son miles de residentes chinos en España que tienen miedo a quedarse sin nada si no acreditan el origen legal de sus fondos.
Willy rio y contestó con sorna:
—¿Tan difícil es justificarlo?
—¿Tú que crees? Os vais a forrar como sepáis hacerlo bien.
Luis Miguel entraba por la puerta y Willy no quería hablar de ese tema delante de gente. Con una copa de Anís del Mono en la mano, se sentó en la primera de las mesas.
—Willy, resérvame un sitio, ahora voy —dijo en alta voz Luis Miguel.
La hija de Fali era una joven de poco más de veinte años que estaba acabando Graduado Social y ayudaba a su padre en el bar por las tardes. Era una chica lista y tenía la suficiente personalidad como para pararle los pies a cualquier hombre con ganas de hacer el tonto.
Aunque su padre no había comentado nada, Willy estaba convencido de que quería que le reservara un puesto de trabajo en la asesoría. Estaba bien pensado, la chica era bastante más inteligente que Luis Miguel aunque no tuviera experiencia y, sobre todo, era de fiar. Su inglés era bueno y también sabía portugués. Con la china y alguien que se defendiera en árabe cubrirían un espectro muy amplio de posibles clientes.
Nora saludó al inglés y, sin preguntarle nada, dijo:
—No le hagas caso a mi padre, me está colocando ya en la gestoría y a mí todavía no me ha preguntado si me interesa.
—Si es que se abre —respondió riéndose.
—Pues eso, más a mi favor.
—Si la ponemos en marcha, a mí me parecería una idea estupenda, pero tu padre no me lo ha pedido. En todo caso lo hablaría directamente contigo.
Nora se sorprendió con la contestación y respondió:
—Yo acabo la carrera ahora y no tengo nada, pero mi padre puede ser muy pesado. Una cosa tengo clara: no quiero quedarme en el bar.
—Ya hablaremos, pero igual soy yo el que te lo pide, no tu padre.
La chica sonrió y se metió para dentro.
Cuando estuvieron instalados para jugar en la primera mesa de dominó, el gato Poe se subió de un salto al alféizar situado junto a la ventana que daba a la calle, desde donde se podía seguir la partida perfectamente. El gato era negro y su nombre se debía al famoso relato El gato negro de Edgar Allan Poe. Se lo había puesto Eladio, un librero participante en las partidas de dominó desde hacía muchos años y propietario de una librería sita en la glorieta de Cuatro Caminos.
Eladio era un librero de vocación, de los de antes, que había tenido que cerrar su negocio como tantos otros. Aprovechó para jubilarse y seguir leyendo novelas en casa sin ninguna preocupación. No perdonaba ningún día el dominó ni el Gurugú, que lo tenía cerca de su casa. Para él, un forofo de la novela negra, todo empezó con Poe; cuando vio al gato, lo bautizó así en recuerdo de aquel relato de terror que tanto le gustaba.
Nora le tenía tanto cariño al gato que se compró todos los cuentos de Poe y los leyó poco a poco, disfrutando de ellos un montón. Ella no tenía ninguna duda de que el mejor era El gato negro y consideraba un acierto que no participara el detective Auguste Dupin, al que no aguantaba.
El gato Poe dio el visto bueno para que empezara la partida y las fichas comenzaron a repartirse.