Sospechosos
22. Garrincha habla con Willy
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22Garrincha habla con Willy
22. Garrincha habla con Willy
Willy se emparejó con Eladio, frente a Luis Miguel y un chino joven que acababa de llegar corriendo desde un bazar de ropa situado a la vuelta de la esquina. Era el que mejor jugaba de los cuatro; cuando el colombiano vio que le tocaba con él, sonrió satisfecho.
Como era de esperar, la pareja chino-colombiana comenzó ganando. Al cabo de un rato, Fali se acercó a la mesa y se dirigió a Willy:
—La llamada que esperabas. Pasa al cuarto, ya te cubro yo.
El inglés se acomodó en un sillón y tomó el auricular descolgado:
—Al aparato, dígame.
—Lo llamo de parte de la familia Echevarría. Sabrá por Fátima de mi interés en quedar con usted.
—He recibido una comunicación un tanto confusa y la verdad es que no sé muy bien de qué va esto.
Me di cuenta al momento de que jugaba al despiste y quería conocer los detalles de mi llamada. Hasta donde podía, y quería, hablaría con claridad.
—Usted sabrá que su antiguo socio Ignacio Echevarría ha sido asesinado. —Un silencio acompañó a mi comentario—. Y la familia desconoce el motivo. Estuvieron al margen del negocio del petróleo y no saben a qué atenerse.
—No me haga reír que me puedo poner de muy mala hostia. Para liberar a Ignacio no escatimaron nada de su influencia, su interés y su dinero. Que yo me pudriera en la cárcel les importó muy poco.
—Desconozco los detalles pero, probablemente, poco podían hacer para liberarlo a usted.
—Lo mismo que con Ignacio. Él estuvo diez días y yo diez años.
—Vamos a ver, señor Johnson, tengo instrucciones de resolver este desgraciado asunto lo mejor posible. Quiero verme con usted y hablar.
—Si comprendo bien, me está diciendo que la familia quiere pagar. Igual así nos entendemos mejor.
—Yo no he dicho eso.
—Entonces, ¿para qué me llama?
—Deseo que no haya más muertos y necesito saber qué opina usted.
—Entiendo que no quiera dar detalles por teléfono, pero ¿está en condiciones de hacerme una propuesta concreta y en firme?
—¿Y si se la hago?
—La valoraré y les daré una respuesta.
—Me pondré en contacto con usted a la mayor brevedad.
—Correcto. Llámeme a este número de teléfono mañana a esta misma hora. ¡Ah! Y no se le ocurra hacer ninguna tontería, la policía nunca me ha gustado, sería mucho peor para la familia. No lo dude.
—Lo llamaré.
Cuando colgó, Willy estaba contento. Estaban acojonados y eso estaba bien. En su cabeza aparecían varias opciones y alguna de ellas era muy apetecible.
Fali dejó su sitio al inglés y al sentarse vio que el gato lo miraba con curiosidad, como intentando averiguar en qué estaba pensando. Quiso acariciarlo pero, muy digno, rechazó la caricia con un gesto de su pata delantera derecha. Poe solo ronroneaba con Nora, era a la única a la que le permitía que lo acariciara y, cuando lo hacía, el sonido se parecía al de un avión lejano.
Estaba intrigado. La conversación no había ido mal y todo tenía su lógica, pero seguía sin saber a qué atenerme. Me parecía demasiado sencillo y fácil que Willy fuera quien hubiera dado la orden de matar a Ignacio y luego hubiera enviado la carta suscrita por el Comendador. Su actitud de entrar en contacto con la familia y negociar parecía ser contradictoria con el crimen y la carta.
Antes de avanzar necesitaba hablar con Ramón y Carlos, el inglés me pediría una propuesta y esta solo podía ser de dinero. Pero ¿qué garantías íbamos a tener de que esto se fuera a acabar? Y ¿si no había sido él? Se le paga y hay otro esperando a cobrar y con la escopeta preparada. Me recordaba aquella novela de Jorge M. Reverte, Gálvez en Euskadi, en la que la familia de un empresario que creían secuestrado se dedicaba a pagar a las diferentes organizaciones terroristas existentes a principios de los ochenta, que recibían el dinero del rescate sin un mal gesto y al final resultaba que el empresario se había fugado con su secretaria a Brasil.
Llamé a Ramón un par de veces y no me lo cogió. No insistí y esperé a que me devolviera la llamada.
A veces tenía la impresión de estar poco entrenado, como si mis reflejos en esto del delito se estuvieran resintiendo. Me generaban confusión unos acontecimientos tan rodados: contactar con el cónsul a instancia de la abogada; luego con Fátima; y, a través de ella, con Willy, el principal sospechoso. Al mismo tiempo, todo parecía estancado. La policía no daba señales de vida; de los sicarios no había noticias y el Comendador no pedía la pasta. Y con este panorama, la familia sin despeinarse, parecía estar tan tranquila. ¿O era una pose de gente que no podía permitirse que la vieran nerviosa y acojonada?
Probé con Teresa, siempre me había parecido la voz sensata del pueblo y le conté toda la historia, hasta el último indicio o elemento que pudiera afectar al caso. Estábamos tomando una cerveza en una terraza de la plaza de Campuzano, cerca de Coco Palmer. Era uno de los días más largos del año y se agradecía estar al aire libre y retrasar el encierro en casa.
Cuando acabé de contarle todo, empezó a lanzar sus comentarios según le surgían.
—Qué historia más curiosa. Parece más una novela policiaca de las antiguas. Una familia adinerada, un crimen y un quién ha sido.
—¿A quién beneficia? Ahí puede estar la clave —contesté siguiendo el juego.
—Tú haces de Philip Marlowe. Ja, ja. No te pareces nada a Bogart.
—Pues tú tienes algo de Lauren Bacall.
—Pero ¡qué dices! Ya me gustaría. Volviendo a la tierra, como no creo que sea una cosa de herencias, me inclino a pensar en alguien que necesitaba a Ignacio silenciado. Lo han callado para protegerse de algo muy gordo.
—O vengarse y cobrar por sus sufrimientos —apunté.
—Ahí pueden entrar varios candidatos.
—Además de Willy, ¿quiénes?
—El Gobierno nigeriano, los cementeros, algún otro estafado por los negocios…
—No es tan fácil. ¿Empezamos descartando a la familia? No tiene sentido sospechar de ellos.
—¿Un clásico? La esposa, la amante, un hermano traicionado…
—No me convence.
—¿Líos de faldas? ¿Menores? ¿Mundo gay?
—No hay ningún dato que apunte por ahí.
—Bien, descartada. Pero ¿el inglés? No es forma de reaccionar a tu llamada. No lo descartes, pero no sé…
—De los gobernantes nigerianos y de los cementeros nos podemos olvidar.
—Pues habrá que mirar por otro lado. Facilitaría mucho las cosas que la poli pillara a los que apretaron el gatillo.
—Pienso que es la vía más fácil y directa. Parece que la Ertzaintza puede tener alguna pista buena.
—¿Vas a quedar con Willy?
—Esa es mi idea. Solo espero la conformidad de la familia.
—Dime dónde te reúnes con él y que el inglés tenga conocimiento de que otros saben que has quedado. Protégete.
—No habrá problema, descuida.
Cuando nos levantamos para ir a casa, entró un wasap en mi móvil con su inconfundible sonido. Era Ramón.
«Garrincha, me ha llamado, disculpe, lo llamo mañana a primera hora».
Teresa seguía pensando en lo suyo y me preguntó:
—Por cierto, ¿el Comendador es un personaje literario?
—Sí, y musical, de la ópera Don Giovanni de Mozart.
Teresa no dijo nada más pero, por el gesto de su cara, parecía sacar conclusiones que aún no quería compartir.