Sospechosos

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23. Jueves, 20 de junio. El Comendador regresa

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23 - Jueves, 20 de junioEl Comendador regresa

23. Jueves, 20 de junio. El Comendador regresa

Acababa de subir a casa. Venía de pescar y disfrutar de esa brisa mañanera que me bañaba sin enterarme. Me sentía muy bien.

Mi teléfono móvil sonó mientras guardaba la caña en un armario de la entrada. Me pareció que el sonido era más fuerte e insistente pero, claro, era una percepción subjetiva que no se ajustaba a la realidad. Sonaba como siempre. El nombre de Ramón aparecía en la pantalla.

—¿Cómo está, Ramón?

—Disculpe que no le devolviera ayer la llamada, pero tuve algunos imprevistos. Necesito verlo urgentemente, ahora estoy en el aeropuerto de Barajas.

—¿Me adelanta algo?

—El Comendador ha hablado; bueno, ha escrito.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Hace una hora Carlos ha recibido una carta en su casa de Neguri.

—Dígame lugar y hora para vernos.

—A las doce en el Grill del Carlton.

—Allí nos vemos.

Al colgar me dije: «Ayer hablé con Willy y esta mañana ya está la carta del asesino chantajista». Por tiempo era posible pero, en todo caso, era muy precipitado. ¿Por qué no esperar a hablar conmigo?

Podía ser una forma de presión, pero algo no encajaba.

Cada vez me parecía más improbable que el inglés fuera el Comendador.

Entré en el Grill del hotel y ya me estaban esperando Ramón y Carlos. Sus semblantes eran muy serios, lo que indicaba que las noticias no eran buenas.

—No por esperado ha dejado de ser un palo —comentó Carlos mientras sacaba una fotocopia del bolsillo y me la entregaba—. Danos tu opinión. Parece brutal, pero es lo que hay.

Tomé con precaución la carta, como si tuviera que evitar contaminar alguna huella original. Pero, como no era el caso, la leí varias veces con comodidad y sin ningún cuidado.

Estas son las instrucciones que ya les anuncié. El precio se lo habrán imaginado. Es alto pero muy razonable y asequible para la solvencia y capacidad económica de la familia: 10 millones de dólares.

Para facilitar los pagos y conseguir los fondos, que no siempre se disponen de inmediato, el pago podrán realizarlo en 4 plazos, con un transcurso como máximo de 72 horas entre cada uno.

1. Gran Caimán 2.5 millones de $

2. Gibraltar 2.5 millones de $

3. Jersey 2.5 millones de $

4. Singapur 2.5 millones de $

El banco y el número de cuenta lo recibirán en documento aparte en las próximas horas.

El incumplimiento de cualquiera de los plazos me dará libertad para actuar. No se arriesguen, se lo digo en serio.

¡Ah! Y la policía solo empeorará las cosas.

El Comendador

—No hay muchas dudas. Quieren diez millones de dólares y, si no los reciben, amenazan sin mencionarlo con matar a la familia. Está escrito en un excelente castellano… Luego les hablaré del inglés. Es un caso típico de chantaje puro y duro, pero el sistema de pago me parece demasiado complejo: plazos amplios, diferentes lugares y bancos… El riesgo para el Comendador se amplía.

—¿Le parece creíble? —preguntó Ramón.

—Sí, y más cuando ya se han cargado a Ignacio. El paso complicado, grave y decisivo ya se ha dado. Esto es complementario. Recoger los frutos.

—Entiendo que piensas que hay que pagar —comentó Carlos.

—No he dicho eso. Simplemente he confirmado que me parece creíble y que hay que tomárselo en serio. A partir de esta conclusión, depende de vosotros. ¿Sabe algo la policía?

—Todavía no. Hemos preferido hablar antes contigo, creo que estabas detrás de algo —contestó Carlos.

—He realizado algunas investigaciones y vosotros juzgaréis su importancia.

—Adelante, lo escuchamos —dijo Ramón.

Con el tratamiento me armaba un lío: Carlos me tuteaba, Ramón me trataba de usted y yo intentaba corresponderles.

Despacio y sin dejarme nada relevante, incluso abundando en los detalles, les conté mis periplos, que comenzaron con Marta, continuaron con el cónsul, la conversación con Fátima y la charla telefónica de la víspera con Willy Johnson. Solo del inglés mantuve sus datos reales y a la abogada no la relacioné con los cementeros.

—Ha avanzado usted mucho, me tiene sorprendido —comentó Ramón—. Siempre he pensado que aquel asunto de Lagos nos traería problemas y, mira por dónde, no sé cómo lo habíamos relativizado tanto.

—Si no te he entendido mal, el tal Willy está pendiente de tus noticias y de poder llegar a un acuerdo con nosotros a través de ti —apuntó Carlos.

—Más o menos es así. Parece interesado, soy yo el que lo tengo que llamar, pero no ha reconocido que hubiera matado a Ignacio ni que él fuera el Comendador.

—¿Piensa que es él? Es el candidato más lógico que tenemos —comentó Ramón.

—Es cierto, pero pienso que no ha sido él. Tiene argumentos, eso es indudable, pero no me encaja tal como han sucedido las cosas. Es una impresión, sin más.

—El motivo es evidente. Quizás haya encargado el contrato a terceros y él es el autor intelectual que corre con todos los gastos —indicó Carlos bastante convencido.

—No lo sé, lo más urgente es quedar con él y hablar claro.

—Con un objetivo, vamos a pagar y que se olviden de matar, pero diez millones, además de una barbaridad, no se preparan, aunque se tengan, en esos plazos. Lo tiene que entender —apuntó Ramón.

—Pero nos tiene que acreditar que él es el Comendador o está detrás de él, solo falta que le paguen a la persona equivocada.

—Claro, por supuesto, eso lo primero —dijeron ambos hermanos a la vez.

—Hoy a las cuatro me pondré en contacto con él y, si es posible, quedaré esta misma tarde.

—Si quieres, te podemos acompañar para facilitar las cosas —apuntó Carlos.

—Lo que él prefiera. Se lo comentaré.

—¿Y con la poli qué hacemos? —preguntó Ramón.

—Hay que entregarles la carta, el asunto es muy grave y no pueden complicar más las cosas.

—Nos preguntarán si vamos a pagar —dijo Carlos.

—Decidle que no. Además, no tenéis ese dinero y menos en unos plazos tan cortos. De mis gestiones no sabéis nada, yo no existo —indiqué.

—Sí, es lo mejor. Esta tarde me acerco a la comisaría —concluyó Ramón.

—Pídales protección, la van a necesitar y están obligados.

—Es un coñazo, pero quizás no haya más remedio —dijo Carlos.

Me despedí de ellos y quedamos en vernos a media tarde. Según me adelantó Ramón, por si acaso quería tener el dinero del primer pago preparado, y tenía que moverse con rapidez por varios bancos.

Cuando nos disponíamos a salir del Grill, un empleado del hotel se nos acercó, preguntó por don Carlos y le entregó un sobre.

No dudé de su contenido y mis sospechas se confirmaron: allí estaban los nombres de los bancos con la numeración de sus cuentas.

A Carlos y Ramón se les mudó la cara. No entendían cómo sabían que estaban allí. Pensé que tampoco era tan difícil, pero eso me confirmaba que la estructura de medios del Comendador era potente. Ni lo mencioné, pero a ninguno de los dos hermanos se le ocurrió preguntar quién había traído el sobre.

—¡Fabretti! Acaba de llamar Ramón Echevarría. Esta mañana les ha llegado otra carta. Viene para acá con su hermano Carlos —dijo Sara.

—¿Te ha adelantado algo?

—Poca cosa, les piden dinero. Me imagino que se trata de una extorsión clásica.

—¿Cuánto?

—Diez millones de dólares en cuatro plazos.

—Qué detalle, no está mal —comentó Fabretti.

De forma discreta y silenciosa, la Ertzaintza continuaba la investigación del asesinato. La vía de Logística del Norte daba poco de sí, aunque sus clientes, los del negocio del cemento, estaban siendo investigados. Habían citado a dos ejecutivos de dos constructoras, al parecer estafados, pero no tenían muchas esperanzas en esa vía.

En cambio, la que avanzaba bien era la investigación sobre los sicarios. La gendarmería los tenía localizados y sabía quiénes eran. El personal del Hotel Ibis había identificado a ambos por las imágenes de las fotografías y de los vídeos como las personas que se alojaron la noche anterior en el hotel y volvieron por la tarde con sudaderas y gorros negros. Estaban pendientes del reconocimiento del conserje del club y de un taxista que los vio cuando huían para proceder a su detención.

Aunque parecía que se alargaba la investigación, había pasado poco más de una semana y los autores materiales no se iban a escapar. Tanto Sara como Fabretti eran optimistas.

Cuando llegaron los hermanos Echevarría fueron atendidos de inmediato por los dos inspectores. Los originales de las cartas y de los sobres los guardaron con cuidado en una bolsa etiquetada preparada para ello.

Leyeron las fotocopias con atención y, al acabar, Sara les preguntó sin ninguna emoción:

—¿Qué van a hacer?

—No tenemos ese dinero y menos en esos plazos —contestó Ramón, que esperaba la pregunta.

—Es decir, no van a pagar —contestó Fabretti.

—No. Esas cantidades desde luego que no —dijo Ramón con tono de estar molesto.

—Entiendo entonces que van a negociar e intentar rebajar esa cantidad —apuntó Sara.

—Nos gustaría, pero no sabemos cómo ni con quién —contestó Carlos—. ¿Es posible conocer a los titulares de las cuentas bancarias?

—Lo sabremos, pero no es rápido. Las plazas de Singapur y Gran Caimán tardarán, pero, en cualquier caso, ya les adelanto que no nos darán ninguna pista relevante. Sociedades offshore imposibles de rastrear —explicó Fabretti.

—Aun así, imagino que se podrán bloquear los fondos —dijo Ramón.

—Ese dinero no durará nada en las cuentas y volará sin poder seguir su itinerario. Haremos lo que podamos, pero no quiero que se hagan ilusiones, no van a ser tan tontos de dejarse pillar por la pasta —concluyó Fabretti.

—Bien nos lo pone.

—Es lo que hay —contestó Sara—. Tampoco ustedes nos están ayudando demasiado.

Un silencio espeso envolvió a todos los presentes y puso de manifiesto el ambiente distante y frío que allí se mascaba.

Fue Ramón quien educadamente, como si no hubiera comprendido el idioma en el que le hablaba, intervino:

—Perdone, inspectora, no he debido de entenderla. ¿A qué se refiere?

—Desde el principio tenemos la impresión de que nos están ocultando mucha información. Ustedes sabrán.

—Creo que exagera —dijo Carlos mientras hacía ademán de levantarse.

—A partir del lunes tendrán protección. Se pondrá en contacto con ustedes personal de la brigada y la organizarán conforme a los protocolos para este tipo de casos —comentó Sara cambiando de tercio, sin querer continuar con la acusación.

—Luisa y yo vivimos en Madrid. ¿Hablarán ustedes con la nacional? —preguntó Ramón.

—Sí, lo haremos. Ellos se encargarán de su hermana y de usted —contestó Sara.

Cuando se fueron, Sara y Fabretti se miraron y confirmaron que ambos habían sacado las mismas conclusiones.

—¿Te has dado cuenta de que no lo han negado? Ramón, que parece el más de fiar, ni ha hablado, y Carlos tan solo ha dicho «creo que exagera».

—Perfectamente. Deben de estar educados en la costumbre de no mentir y hasta con la policía les cuesta hacerlo. Me van a caer bien —dijo Sara mientras sonreía.

—Aunque tampoco nos dicen la verdad.

—Está claro. Tenemos que trabajar sin tenerlo en cuenta, es lo mejor.

—Me pongo con los bancos —dijo Fabretti.

—Yo hablo con los colegas franceses. Hay que acelerar la causa y detener a los sicarios cuanto antes, no vaya a ser que continúe la fiesta con algún otro de la familia.

—No se han cortado, Ramón. Saben que ocultamos cosas.

—Es lógico, no hace falta ser policía para darse cuenta. Pero tampoco han forzado lo más mínimo, están acostumbrados a este tipo de casos.

—Debemos pensar en largarnos. No me fío de la seguridad que nos pongan. Si quieren matarnos a uno de nosotros, no van a tener muchas dificultades —dijo Carlos.

—Sí, yo también estaba pensando en lo mismo. Coger las vacaciones ya, y pasar con Casilda y mis hijos unos meses fuera para ver qué pasa.

—Pero en Marbella no estarás seguro.

—No, en Guadalmina es como estar en Bilbao, estoy pensando en irme a Miami. Ya sabes que tengo un apartamento al lado de la playa sin apenas estrenar.

—Sí, tienes razón, eso está mejor, yo haré algo parecido.

—Voy a llamar a todos para que estén pendientes de la poli pero, si se largan por su cuenta, mejor —concluyó Ramón.

—Diles que nosotros nos vamos. ¡Ah! Y prepara la pasta, no vaya a ser que luego nos cojan en bolas.

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