Sospechosos
24. Se prepara una cita
Página 26 de 68
24Se prepara una cita
24. Se prepara una cita
Recogí a Teresa en la tienda para comer juntos. Hacía un día tan bueno que no quería encerrarme en casa.
Dimos un paseo hasta el Rimbombín para tomar unas nécoras y algo de pescado mientras le contaba las últimas novedades.
—Qué chantaje más brillante, mucho más que el de Lucía; bueno, y el tuyo, que siempre se me olvida.
—Claro, no pagamos nada.
—No me lo recuerdes, por favor, que me pongo enferma.
En aquel momento me sonó el móvil y vi que era la abogada de Madrid.
—Dime, Marta.
—¿Puedes hablar?
—Sí, te escucho.
—La Ertzaintza ha localizado a los directivos que estuvieron con Ignacio en el negocio del cemento.
—¿Sabes cómo lo han conseguido?
—Apretando a los de Logística del Norte. Tiene sentido.
—Sí, la verdad es que no era difícil llegar hasta ellos.
—Quieren tomarles declaración y necesito saber lo que conoce la poli del asunto.
—Sobre el pago de los Echevarría, nada. No se lo han contado y mejor que sigan sin saberlo.
—Estoy de acuerdo, son pagos de negocios, ajenos a cualquier extorsión o coacción.
—Ja, ja… Me dan ganas de aplaudirte, Marta. Qué bien hablas.
—Qué paciencia tengo contigo. Ellos reconocerán el fracaso del negocio y la estafa, sin más. Y, claro, darán por perdida la inversión.
—Me parece bien, cuando declaren me cuentas cómo ha ido. ¿Estarán contigo?
—Al declarar en calidad de testigos no es necesario y preferimos darle naturalidad, irán solos. Pero conoceré su testimonio, te contaré. Tampoco pasa nada si me haces una visita, tengo ganas de saber cómo va todo. Con el cónsul bien, lo sé.
—¿Has estado con él?
—Vino a verme al despacho y me contó vuestra conversación.
—Las cosas se precipitan. Cuando vaya por Madrid, te llamo.
—Te tomo la palabra.
Estaba convencido de que Marta sabía muchas cosas y no era casual la visita del cónsul. Ella quería controlar la información y seguro que trabajaba para alguien que les pagaba muy bien. Pensaba en el jefazo sin nombre de la estafa del cemento. ¿Tendría algo más que ver en todo eso? Ramón había comentado: «Seguro que no perdona, sus antecedentes así lo avalan».
Teresa estaba escuchando, pero no dijo nada. De repente me di cuenta de que no había saludado a nadie en el restaurante y es que ya no conocía a ningún comensal. Hace años no hubiera sido posible, los saludos hubieran durado un buen rato. Recordaba aquella comida con Bujanda y en la otra punta los Gandarias, que entonces despegaban en su andadura delictiva. «No somos na», como diría Paco Gómez Escribano, uno de mis escritores favoritos.
Mi mujer no estaba intranquila como otras veces, y para mí era un termómetro bastante fiable para controlar la temperatura del riesgo en esta aventura.
Cuando terminamos de comer ya eran las cuatro de la tarde, la hora para llamar al inglés. Lo hice desde allí mismo, en un banco que encontré vacío en la plaza de Zabalburu, mientras Teresa regresaba a la tienda.
—Con el inglés, por favor.
—…
—Un amigo de Bilbao.
Enseguida se puso al aparato y, con una voz que denotaba buen humor, me dijo:
—Un amigo de Bilbao, eso está bien. Veo que se ha tomado interés.
—Se están precipitando algunas cosas y necesito verlo. Es urgente.
—¿Está usted en Madrid?
—No, en Bilbao. ¿Podíamos quedar hoy a mitad de camino? ¿Lerma, Aranda, Burgos?
—No va a ser posible, pero mañana me acerco a Burgos.
—¿Y si me acerco a Madrid?
—Hoy no puedo verlo. ¿Mañana a las once qué tal?
—De acuerdo, en el Landa.
—¿El parador que está a las afueras de Burgos?
—No es un parador, pero hablamos del mismo. En la zona de la cafetería. Llevaré un pañuelo rojo en el cuello.
—Está bien. Una cosa, venga con una propuesta, podemos hablar de lo que quiera, pero necesito una oferta concreta.
—Todos queremos algo concreto y que se acabe esta pesadilla. ¿Le parece que me acerque con alguno de los hermanos?
Willy no contestó, se lo pensó y, finalmente, dijo:
—Mejor usted y yo solos. Verlos me puede poner de muy mala hostia… y sería peor.
—Como desee, nos vemos mañana.
No quería pensar que nos estaba tomando el pelo, pero me jodía que la iniciativa tuviera que ser mía. ¿Qué podría proponerle? ¿Y si no era el Comendador?
Ramón estaba en el Hotel Carlton y quedé en pasarme de inmediato. Él también quería verme.
Cuando entré en el Grill estaba tomándose un whisky. Pedí otro para mí y le conté la conversación que acaba de tener con Willy.
—¿Cómo piensa enfocarlo?
—De forma directa. Tras cargarse a Ignacio ahora les exigen diez millones. Para pagar necesitan una prueba de quién lo pide.
—Si ha sido él, que lo demuestre.
—Sería lo mejor pero, en todo caso, que sepamos que no estamos ante una estafa.
—No va a ser fácil.
—Desde luego, pero no se puede hacer ese pago u otro parecido para nada —contesté convencido.
—Por supuesto. Tiene nuestro apoyo, hágalo como mejor pueda.
El inglés volvió a la partida de dominó. Ese día no estaba Luis Miguel y lo prefería. Seguía con la historia de la gestoría y él tenía la cabeza en otro sitio. Solo el gato Poe era capaz de conocer sus preocupaciones y respetarlas.
El verano ya estaba encima y esa zona de Madrid se inundaba de gente que, sin rumbo fijo, subía, bajaba y deambulaba por todos lados. A veces Willy se sentía agobiado y con ganas de escapar, pero al mismo tiempo reconocía que, probablemente, era el mejor lugar para pasar desapercibido.
Podía haber quedado ese mismo día, pero no quería que lo vieran perdiendo el culo por oír sus propuestas. Era consciente de que no iba a ser fácil. Con Ignacio en el otro barrio, lo fundamental era desplumarlos. Para ello dejaría hablar a Garrincha, escucharía sus propuestas y no se precipitaría.
Un grupo amplio de chinos pasó por delante del Gurugú. Con sus pancartas y banderas se dirigían a alguna concentración o manifestación. Allí seguro que había muchos potenciales clientes de la gestoría.
Tseng Pio, que estaba en la mesa jugando su partida, les contó que había una manifestación que partía de la glorieta de Cuatro Caminos para dirigirse a la sede del banco que había bloqueado las cuentas a gran parte de la comunidad china. Con un discurso grave, acompañado de mucha gesticulación, intentó convencerlos de la gran injusticia que ello suponía. Apenas le hicieron caso y todos estaban seguros de que el banco tenía razón.
Willy estaba nervioso y llamó a Fátima. Esa mujer siempre tenía buen criterio, con su ayuda siempre era más fácil. Quedó en pasarse por su casa por la noche.