Sospechosos
25. Viernes, 21 de junio. En el Landa
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25 - Viernes, 21 de junioEn el Landa
25. Viernes, 21 de junio. En el Landa
Llegué al Landa y el lugar estaba bastante animado. Pasé por la zona donde se encontraba la colección de relojes de pared, dejando otra de carruajes en los jardines que rodean al palacete. Todo era un espectáculo visual que te preparaba para un buen almuerzo.
En la entrada estaba libre una mesita vacía con un par de butacas de cuero y me senté antes de que se ocupara. La cafetería con gente de paso, constantemente entrando y saliendo, permitía que nadie se fijara en ti.
En cuanto entró supe quién era. A él le pasó lo mismo, aunque lo tenía más fácil por mi pañuelo rojo en el cuello. Se acercó, me dio la mano y se sentó. Me presenté como Tomás y él contestó que era Willy.
Mientras pedíamos el desayuno, el inglés, con teatralidad, empezó a contarme su historia, que ya conocía, y a culpar de sus desgracias a Ignacio y a la familia Echevarría.
Nos sirvieron huevos fritos, morcilla y chistorra. Ambos coincidimos, aunque él pidió un vaso de vino tinto y yo me conformé con un café solo y largo.
—Como comprenderás, no tengo la más mínima simpatía por esa familia, pero estoy dispuesto a escuchar sus propuestas.
Me hice el despistado y le contesté:
—¿Qué propuestas? No te entiendo.
—Vete a tomar por el culo, no estoy aquí para perder el tiempo. O escucho algo interesante o ya les puedes transmitir que la feria continúa y que se atengan a las consecuencias.
—Ya sabes que Ignacio sufrió una estafa en un negocio de cemento y que, cuando le limpiaron el forro, estaba siendo chantajeado. Hizo perder mucho dinero a gente importante.
—Ignacio era un imbécil. Se dejó engañar y a través de él engañaron a otros. Una estafa de arriba abajo. Lo supe y la verdad es que me divertí y me alegré. Pero no has venido por lo del cemento. Me estás cargando, ¿lo sabes?
Mostré mi extrañeza poniendo una cara de gilipollas que debió de surtir efecto, porque Willy empezó a creérselo. Vamos, que era un gilipollas.
—¿Cargando el cemento? —contesté.
Me miró y empezó a reírse. Era demasiado, debió de pensar, no puede ser verdad.
—Te escucho. Fuera bromas —dijo otra vez serio.
—Hablo en nombre de la familia. Han matado a Ignacio, los amenazan con seguir matando y les piden diez millones en unos plazos muy cortos. Parece pensado para impedir que paguen. Un disparate, vamos. Ahora te toca a ti. Sé que tú estás detrás, por decirlo suave. ¿No?
—El disparate es esa familia. Entenderás que no voy a hacer una confesión de asesinato y de chantaje. ¿Por quién me habéis tomado? No soy tan tonto.
—Lo sé, pero la familia no va a pagar nada sin saber si se resuelve su problema.
—Diez millones de euros parece mucho dinero, pero tienen eso y mucho más. Si quieren lo consiguen y pronto. Probablemente lo tengan ya preparado.
Cuando oí euros, pensé que no era él. Había mencionado solo diez millones y lo había hecho a propósito. Si conociera la carta me habría hablado de diez millones de dólares. ¿Podía ser una treta para despistar? No lo creía. ¿O los trámites y la intendencia los llevaban otros y él no estaba en esos detalles? Quizás, pero tampoco lo creía. Era un dato muy significativo.
—Willy, queremos una prueba sólida de que el dinero de la familia va a ir a la persona adecuada. Imagínate que te pagan a ti y otros les limpian el forro.
El inglés no dijo nada, esperó unos segundos y se levantó para ir al baño. Yo creo que estaba descolocado, pero era tan lógico mi planteamiento que no podía creer que no tuviera una respuesta.
Al regresar se le notaba la cara mojada de agua, sin secar, pero se le veía más despierto y entero. Nada más sentarse me dijo:
—La gestión de este asunto se está yendo de las manos. No controlo el detalle de los tiempos ni de las acciones. Diles que no paguen por ahora. El lunes te llamo y negocio todo contigo. Van a tener que pagar, pero podemos ser razonables. El hecho de contactar conmigo ya es positivo y me acredita la voluntad de resolver este asunto. Yo puedo ser flexible.
Me dejó sorprendido. No sabía si se trataba de un cretino integral o el chantaje era una chapuza y era verdad lo que decía.
Nos despedimos quedando en hablar el lunes. Le di mi teléfono para que se pusiera en contacto conmigo. Me pidió que tuviéramos preparado un adelanto del dinero. «Quiero una señal para saber que me puedo fiar de la familia Echevarría».
Le comenté que hablaríamos el lunes, evitando responder a esto último. Salí totalmente frustrado de la reunión. Solo el no tener otro candidato para asesino y chantajista me evitaba romper toda relación con él. Era un chapucero, eso estaba claro, pero ¿podía haber subcontratado toda la acción criminal, manteniéndose al margen y esperando los resultados?
Pero, entonces, ¿por qué interviene, se reúne conmigo, dice que puede ser flexible y pide un adelanto? Esto no tenía ninguna lógica. «Quiero una señal», me había dicho. ¿Cobraría la señal y si te he visto no me acuerdo? Todo era un disparate.
Al contarles la conversación esa misma tarde a Ramón y Carlos, su extrañeza aún fue mayor. Ambos volvían al punto de partida y se preguntaban quién estaría detrás. Volvió a salir el nombre de los cementeros, pero no tenía ningún sentido y más cuando ya habían cobrado.
—Garrincha, tenemos el pago de dos millones y medio preparado y el segundo pago estará para el lunes, pero con lo que nos ha contado no vamos a poner en circulación un dinero para consumar una estafa —dijo Ramón—. Propongo esperar hasta saber a qué atenernos.
—Es lo mejor. Lo de Willy está parado y controlado por ahora. Y si, como pensamos, no es él, cualquier otra opción necesitamos conocerla.
—Yo me voy con mi mujer y mis hijos a Miami. Y Eduardo con la selección va a estar protegido y custodiado las veinticuatro horas. Está todo atado.
—¿Con quién hablo cuando me llame el inglés?
—Yo todavía estaré por aquí, probablemente el único de la familia visible. Me llamas a mí —dijo Carlos.
—De acuerdo, hablamos el lunes.
Aquello era una locura, algo se nos escapaba y no sabíamos qué. Aunque no les dije nada, volvería a hablar con el cónsul y le pediría una gestión con Fátima. Independientemente de su relación con Willy, era una funcionaria del Ministerio de Asuntos Exteriores y, si quería, podía ayudarnos. También hablaría con Marta, siempre tenía la sensación de que sabía mucho más de lo que contaba.
Esa noche me acosté con un punto de angustia en el cuerpo. El asunto empezaba a superarme. Estaba agotado. Cuando le comenté las novedades del día, Teresa me dijo:
—Olvidaos del inglés, es un impostor. Lo que quiere es timar a los Echevarría.
Teresa, una vez más, iba a tener razón.
Pero, entonces, ¿quién era el asesino?