Sospechosos
26. Marta pide ayuda
Página 28 de 68
26Marta pide ayuda
26. Marta pide ayuda
Descolgué el teléfono y en cuanto empezó a hablar supe que algo iba mal. Enseguida me di cuenta de que muy mal.
Marta quería verme cuanto antes. Estaba muy nerviosa, sin saber explicarse me decía que estaba acojonada y necesitaba ayuda.
Cuando había estado con ella fue justo al revés. No se andaba por las ramas y siempre sabía lo que quería.
En esta ocasión, además, era todo bastante extraño. Me llamó al teléfono fijo de casa y en sus frases inacabadas aparecía su temor a que la estuvieran escuchando.
—He tomado la precaución de llamarte al fijo desde un bar cerca del despacho.
—Me parece bien, Marta, pero serénate y cuéntame qué es lo que pasa.
—¿Te acuerdas de que por encima de los dos directivos de las constructoras había una persona con más relevancia y responsabilidad, y que su inversión en el negocio del cemento fue mayor?
—Lo recuerdo, me lo comentaste tú y también la familia.
—Él invirtió el 50 % y los otros dos el 25 % cada uno. Estaba al tanto de todas las gestiones y había dado su conformidad. Ahora que los Echevarría han pagado dice que no es suficiente.
—Qué sinvergüenza. ¿Qué es lo que pide?
—Es un canalla. Debe de tener muchos problemas económicos y ahora salta con que se siente engañado, plantea exigencias inasumibles y añade amenazas contra todos, especialmente contra mí.
—Vamos a ver, tú te has limitado, y con éxito, a recuperar el dinero invertido y perdido en la estafa…
—Ya, pero ahora me culpa a mí y al despacho de aconsejar la operación y de no sé cuántos infundios más.
—Qué hijo de puta.
—Quiero verte, necesito detallarte algunas cosas y quiero hacerlo personalmente. No me fío de este tipejo. Quiere hundirme y lo puede conseguir. Solo he pensado en ti…
—Ningún problema, Marta. En todo este asunto te debo más de una.
—Aunque ya me veo en la puta calle. Con este trastornado todo puede ir a peor. —No me dio tiempo a responder—. Te adelanto que mi actuación ha sido en todo momento honesta y legal.
Creía hacerme una idea de lo que podía haber pasado. Marta estaba en una situación personal y profesional muy comprometida, y eso siendo moderado. Vamos, lo tenía de puta pena.
No pude ofrecerme para ir a Madrid. Se me adelantó y me planteó que al día siguiente tenía un avión que llegaba al aeropuerto de Bilbao a la una y otro de vuelta a las seis.
Me pareció bien, quedé en recogerla en el aeropuerto y comer por los alrededores.
Cuando colgó me pareció que sus ánimos se habían serenado un poco. Antes me anunció muy seria que desde ese momento era mi abogada y, por lo tanto, tendría secreto profesional.
Me reí y le comenté:
—Haré como los americanos, te pagaré un dólar y ya no podrás contar nada a lo que no te autorice.
—Te acepto el dólar —contestó una voz más confiada.
Parecía una broma, pero no lo era.
Marta se estaba jugando mucho y podía acabar muy mal.