Sospechosos

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27. Sábado, 22 de junio. En el Taskas

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27 - Sábado, 22 de junioEn el Taskas

27. Sábado, 22 de junio. En el Taskas

Marta salió con paso ligero y cara de concentración. No hizo ningún ademán de mirar para comprobar si la estaba esperando y, conociendo aparentemente bien el camino, se incorporó a la zona donde el personal esperaba la llegada de los vuelos.

Con un bolso bandolera, una camisa y unos vaqueros, su aspecto se acercaba más, si no fuera por su cara de preocupación, a una joven estudiante que a una socia de uno de los despachos de abogados más importantes del mundo.

Cuando me vio, no pudo dejar de sonreír, aunque esta vez de forma más apagada. En sus gestos se notaba que estaba afectada y eso no lo podía disimular.

—Garrincha, qué ganas tenía de verte. Estoy que no me tengo.

—Mujer, en esta vida todo, bueno, casi todo, tiene solución.

—No sé, estoy muy pillada. Tenemos cuatro horas para que te lo cuente y planear algo. Desde luego, no pienso tirar la toalla.

Cuando nos acercamos al restaurante Taskas, Marta no pudo dejar de mirar con aprensión aquel lateral de la gasolinera del aeropuerto donde estaba ubicado. Evitó comentarme nada sin dejar de asombrarse de a dónde la llevaba.

Cuando comenzó a comer se dio cuenta de lo equivocada que estaba.

—Desde luego que da el pego. ¿Una tapadera de algún amigo tuyo?

—No, por favor. Es un sitio donde se come muy bien, lo demás es accesorio.

Nos tenían reservada una mesa en un recodo al fondo del local, donde podíamos hablar sin que nadie nos molestara o pudiera oírnos. Con dos preguntas supe lo que le gustaba y me dejó que organizara la comida. Antes de servirnos el quisquillón, los percebes y las nécoras, Marta empezó a largar. Bueno, esperó al blanco bien frío, que la ayudó a soltarse de inmediato.

—Déjame hablar, luego me haces las preguntas. Quiero que te hagas una idea lo más precisa posible de todo.

Lo que me contaba era todo bastante previsible y no me sorprendió en absoluto. Estaba harto de conocer sinvergüenzas, me había cruzado con muchos en esta vida y este que ahora nos tocaba era uno más.

El doctor Ramírez no era doctor en nada. Nacido en Santander, había vivido muchos años en México y solo su estatus social y su fortuna permitieron que, de forma natural e interesada, le adjudicaran el título de doctor. Aunque llevaba en Madrid los últimos veinte años, mantuvieron este tratamiento sin ningún problema. Había cumplido ya los setenta.

Desde que el bufete americano se instaló en Madrid, Ramírez había sido un buen cliente. En su día llevó mucho negocio al despacho, pero llevaba varios años generando más problemas que otra cosa.

En el negocio-estafa del cemento se metió porque quiso. Andaba mal y pensó que era una oportunidad de sacar mucho dinero en poco tiempo. Se fio de Ignacio, conocía a su familia e, incluso, había hecho algún negocio con el marido de Luisa. En él pudo la ansiedad; años atrás hubiera hecho averiguaciones por su cuenta y hubiera desistido enseguida, pero esta vez se dejó llevar. Lo mismo pasó con los dos directivos de las constructoras. Estos fueron detrás de él y de Ignacio. Todo parecía en orden.

Al saltar la operación y comprobar que era una estafa, su objetivo fue recuperar el dinero que había puesto. Cuando pagó la familia, ni un mal gesto ni dirigió ninguna queja contra Marta y el bufete. Pensaron que el cliente había quedado satisfecho y en el despacho se celebró como todo un éxito.

Pero no habían pasado ni cuarenta y ocho horas cuando de repente le pareció poco, los reveses en sus cuentas se acentuaron y pasó al ataque.

Marta paró para no atragantarse con el marisco, al que hacía desaparecer en su boca sin piedad. Estaba ansiosa y se notaba.

El doctor Ramírez mantenía haber sido engañado por el bufete y por Marta. Sin sus informes y gestiones nunca hubiera entrado en la operación. Los otros dos directivos también lo habían engañado y también la familia Echevarría, que no se podía librar pagando solo el principal. El daño moral y el lucro cesante eran muy importantes.

Marta fue muy concisa y contundente:

—Como comprenderás, es totalmente falso. El bufete ni buscó ni recomendó la operación. Se limitó a un estudio sobre su incidencia fiscal y a una propuesta de cómo articular la operación mercantil si esta se llevaba a cabo. Como bien sabes, se perdió todo el dinero y la familia pagó lo que se le pidió, lo que había puesto, que es lo que el doctor planteó con buen criterio para poder llegar a un acuerdo.

—Está claro. Ahora, dime, ¿cuáles son sus pretensiones?

—Quedarse él solito con los tres millones de la familia. Pedirle otros tres y compartirlos, según el porcentaje de la inversión, con cada directivo. Y, además, el bufete debería pagarle otros tres, que serían únicamente para él.

—Es un disparate y no se sostiene. ¿A qué estaría dispuesto?

—Lo veo muy trastornado. Coincide con una serie de fracasos y necesita dinero. Pienso que de lo nuevo que cobre quizás reparta algo más con los directivos, aunque no lo sé. Apretará a la familia para que suelten los tres y quizás rebaje algo; al bufete lo va a chantajear. Sabe que tragará. La firma no puede verse salpicada por un escándalo de este tipo, con un asesinato y una estafa de por medio. Su reputación se vería resentida seriamente y eso vale mucho más que tres millones. Y, claro, en el paquete, yo a la puta calle y, probablemente, con alguna demanda del bufete para salvar su honorabilidad. El doctor es un hombre sin piedad y puede ser muy violento.

—Pura chusma —dije confirmando el alcance del asunto.

—El bufete es el eslabón más débil y pagará, él lo tiene claro.

—¿Tus jefes saben algo?

—El socio director en España estuvo al tanto y conoce todo el detalle de la operación, pero del chantaje no tiene ni idea. Si salta, entrará directamente la oficina de Nueva York, donde se encuentra la sede principal de la firma.

—Y, claro, en el momento en que se conozca, tú estás perdida.

—Ni lo dudes. Seré una excusa ideal para sacrificarme sin ningún remilgo.

—¿Y la familia y los dos directivos?

—Los directivos lo saben y están acojonados. Si no aceptan sus condiciones, también irán a la calle. Sus empresas los despedirán.

—¿Saben que estás hablando conmigo?

—No les he dicho nada.

—No lo hagas, este asunto lo llevaremos entre tú y yo.

—A la familia no sé cómo se dirigirá, pero no será difícil.

—¿El doctor sabe de mi existencia?

—Sabe que negocié el pago de los tres millones con un apoderado de la familia, pero desconoce quién es.

Nos estaban sirviendo un besugo al horno y conseguimos apartar nuestros asuntos para disfrutar con las exquisiteces que nos llevábamos a la boca.

Sorprendida por el nivel de aquel lugar tan extraño situado en la trasera de una gasolinera, Marta no se privó de elogiar lo que estaba comiendo.

—Me imagino que, si vas a la calle, será un desastre para ti.

—Totalmente. Ningún despacho de cierto nivel me contratará y, probablemente, me llevarán a los tribunales para exigirme el dinero que han tenido que poner y quién sabe si, además, otras responsabilidades.

—¿Y en tu vida privada?

—Mis padres se acaban de jubilar, ellos están bien, pero nada más. Somos cinco hermanos. Tengo una relación que acabará en boda, pero mi novio es un abogado funcionario de la Comunidad de Madrid. Vamos, mi ruina va a ser total.

Seguimos hablando de cosas banales mientras nos retiraban los platos y nos servían dos raciones de tarta de limón y de manzana. Cuando volvimos a estar solos, comenté:

—Marta, te agradezco sinceramente la confianza que has tenido conmigo, pero ¿qué has pensado que puedo hacer?

No sé si no se esperaba la pregunta, o si lo que esperaba es que yo le dijera lo que se podía hacer, pero vaciló, se lo pensó y me comentó:

—No lo sé, Garrincha. Me das confianza y no tenía a nadie a quien contárselo. Tú de estas cosas y de este mundo sabes mucho más que yo.

—¿Has pensado en la policía? —pregunté para ir conociendo el nivel de ilegalidad que podía aceptar esta chica.

—No, para nada. Sería un desastre. Solo he pensado en contárselo a mi jefe, pedir el finiquito y esperar acontecimientos.

—Quiero que sepas que a la familia no voy a intentar convencerla para que vuelva a pagar. No sería correcto admitir ese chantaje y, además, no me harían caso.

La abogada me miró y solo dijo:

—Lo entiendo y no te voy a reprochar nada. ¿Tú qué harías?

Pedimos unos cafés y dos gin-tonics. Mi pensamiento se trasladaba a pensar en algo rápido y efectivo: quería quedar con el doctor Ramírez.

—Marta, ¿sabe alguien que hoy estamos en Bilbao?

—No lo he comentado con nadie. Este viaje lo tengo justificado como una actividad profesional.

—Bien. Yo no te he vuelto a ver desde el otro día, no hemos hablado y no me has pedido nada.

—Entendido. Ningún problema.

Esperaba expectante mi siguiente paso.

—Organízame una reunión con el doctor. No le des ningún dato ni tampoco le menciones que yo era el que representaba a los Echevarría. Soy el ingeniero Jauregui y puedo acceder a la familia. Sin más.

—Lo llamo enseguida.

Marta parecía estar más calmada. Aunque su cara y sus ojos no eran los de siempre, cuando me vio sacar un billete de cinco euros se rio como lo había hecho otras veces. Lo cogió y dijo:

—Ya soy tu abogada, me llevaré mi secreto profesional a la tumba.

—Solo quiero que, pase lo que pase, tú no sabes nada ni te imaginas nada y por lo tanto no contarás nada a nadie. Tampoco te contaré nada.

—Ya lo sabes, estoy de acuerdo. Tú mandas.

—Marta, no tengo ni idea de lo que voy a hacer.

Sonreí y levanté el pulgar. Ella hizo lo mismo.

Nada más dejar a Marta, llamé a un antiguo colega en el que tenía una confianza absoluta.

Jon Etcheverry era toda una leyenda en el país vecino. Vivía retirado en Ainhoa, un pueblecito del País Vasco francés, había cumplido los setenta años y solo aceptaba encargos de gente conocida y en la que tuviera plena confianza. Yo era uno de ellos, me ayudó en los affaires de Lucía y sus trabajos habían sido muy satisfactorios[4]. A su vez, yo le había correspondido en territorio galo.

Hablé con él. Necesitaba que tuviera disponibles a dos personas bien equipadas para una acción de lujo.

—Dónde y fechas.

—Si se hace, aún no lo sé. Madrid y pronto… cinco, siete días, por ahí se andará.

—Aunque tienes suerte, tengo un par de elementos muy buenos destacados en Madrid, no me llames de un día para otro.

—Descuida, en cuanto lo tenga decidido, te aviso.

—Ya sabes, será caro.

—Si sale bien, nunca será caro.

—En eso tienes razón.

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