Sospechosos
28. Domingo, 23 de junio. Con el doctor Ramírez en la Gran Peña
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28 - Domingo, 23 de junioCon el doctor Ramírez en la Gran Peña
28. Domingo, 23 de junio. Con el doctor Ramírez en la Gran Peña
Marta me había organizado una cita con el doctor Ramírez para ese mismo domingo. A las dos de la tarde había quedado en la Gran Peña. Me comentó que me había presentado como un amigo de la familia que quería hablar con él. Parece que le gustó la idea y lo entendió como un acojono de Marta y la necesidad de buscarse una salida.
«El muy hijo de puta parece que se reía, se veía ya triunfador, mientras olfateaba mi miedo por el teléfono», me dijo Marta. Y que había comentado, con la mayor naturalidad, que si le llevaba alguna propuesta mucho mejor.
Yo no llevaba ninguna propuesta y tenía claro que la familia no debía soltar un euro más. Mi intención era conocer de cerca quién era el doctor Ramírez, lo que quería y lo peligroso que pudiera ser, para luego tomar una decisión con cierta solvencia. Escucharía, preguntaría y volvería a quedar con él.
Aunque este nuevo asunto era parte del lío en el que estaba metido, en el fondo y en la forma me tentaba mucho más acabar con el canalla del doctor Ramírez que proteger a la familia Echevarría del Comendador.
Me conocía y enseguida supe de esa excitación que notaba en mi cuerpo. Me venían recuerdos de historias pasadas que creía olvidadas y me daba cuenta de que esta vida me ponía mucho más que la del rentista pacífico y tranquilo en la que me había acomodado.
Esa noche me había tomado un Valium 5 para dormir y, aunque lo conseguí, nada más despertarme volví a enfrascarme en esta aventura, sin tener aún decidido qué camino tomar. ¿O sí lo tenía?
No quise dejar ninguna evidencia y fui a Madrid en mi coche. Por el camino tuve tiempo de pensar y serenarme. Quería seguir disfrutando, pero sin necesidad de arriesgarme innecesariamente.
Aparqué el coche en la estación de Atocha y, aprovechando el buen tiempo que hacía, me di un paseo hasta el comienzo de la Gran Vía. Allí, en el número dos, se encontraba el Círculo de la Gran Peña, una sociedad privada con más de ciento cincuenta años de historia y, según había oído, muy parecida a La Bilbaína, aunque con unos locales menos majestuosos y brillantes.
Cuando llegué debían de estar avisados, porque un conserje, sin que yo dijera nada, me preguntó si era el ingeniero Jauregui. Me acompañó hasta el comedor. Me esperaba en una mesa algo apartada.
Se levantó correcto a saludarme:
—Encantado, ingeniero, ha sido una buena idea vernos cuanto antes.
El doctor se parecía mucho a la idea que me había hecho de él. Unos setenta años, con un rostro saludable y belicoso, pelo blanco y abundante, corpulento sin ser alto, con un vello espeso en el dorso de unas manos toscas y, sobre todo, con una mirada de hijo de la gran puta que asustaba. Sus ojos eran del color del agua sucia, cortantes y fríos.
Le mantuve la mirada y, sin hablar, leí la minuta con el menú; de inmediato le pedimos nuestros platos al camarero. Ambos coincidimos en merluza frita con pimientos rojos y de primero el doctor pidió una sopa de pescado y yo unas alcachofas. El vino era el de la casa.
Ramírez me observaba, estoy seguro de que, haciéndose muchas preguntas sobre mi persona, pero enseguida empezó:
—¿Usted representa a la familia Echevarría?
—Correcto. Y le adelanto que lo que me ha comentado Marta no me ha gustado nada.
El doctor sonrió. Es lo que esperaba oír.
—No me diga que ya han pagado porque empezaríamos muy mal. Hemos tenido grandes perjuicios personales, económicos y morales. Los tres millones no alcanzan a cubrir nuestra inversión. Hemos tenido muchos gastos.
—Le recuerdo que la familia pagó la cantidad que se le pidió.
—Sin mi consentimiento. Usted debía traer una propuesta, así se lo dije a Marta. Aunque seré razonable, tienen que pagar una cantidad similar a la ya entregada.
—Sinceramente, esa cantidad es una barbaridad.
—Sus clientes tienen mucho dinero y con el asesinato de Ignacio deberían preocuparse de no tener más problemas. —Una sonrisa inmunda se dibujó en su cara.
—No estoy en condiciones de aceptar una cantidad así.
—¿Cuál es su propuesta?
—No traigo ninguna.
—Mal empezamos… Mire, si el pago es inmediato lo podemos rebajar algo.
No quise mostrar ningún gesto que le permitiera sacar alguna conclusión. Me callé y lo miré a los ojos. Se notaba que estaba incómodo. Él mismo se debía de dar cuenta de que su petición era un disparate, pero no se lo dije.
—Tendré que trasladar su propuesta a la familia.
—Explíqueles que, si esto se judicializa, utilizaré todos los medios a mi alcance contra ellos y, repito, todos, ya me entiende. —Esperó unos segundos—. Y contra el bufete americano. Que sepan que saldrán varios delitos colaterales: blanqueo de capitales, delito fiscal, administración desleal, falsedad documental… No les conviene nada. Igual hasta este nuevo pago se lo pueden deducir como el anterior y les sale prácticamente gratis.
Y volvió a sonreír de esa forma tan demoledora que tenía. Sabía cómo hacerlo, tenía mucha práctica.
—Bueno, imagino que el bufete americano tendrá algo que decir en todo esto —dije para tener más datos que los recibidos de Marta.
—El despacho también va a pagar. El asesoramiento y la gestión han sido nefastas. Gran parte de la culpa es de ellos. Pero esto no les beneficia, pringaré a ambos y, con un fiambre por medio, investigarán también a la familia. Aconséjeles que paguen, es lo mejor para todos.
—Ramírez, es lo primero que me van a preguntar: dígame qué garantías va a tener la familia si se efectúa este segundo pago.
—Ingeniero, por favor, soy un hombre de palabra. Se lo garantizo personalmente, con este pago se acaba todo, no tendrán que pagar más. Pero si quieren documentarlo, ningún problema, incluso estableciendo una penalidad. Como ellos quieran.
Terminamos de comer con una conversación banal y con cierta incomodidad por ambas partes. Quería ganar tiempo y concertar una segunda reunión. Cuando acabamos los cafés, le dije:
—Doctor, haré unas gestiones con mis clientes. La familia es numerosa y todos deciden. Volveré a quedar con usted, yo lo llamaré.
Sin necesidad de pedírselo, Ramírez se adelantó:
—Tome nota de este número, es el mío personal. Atenderé yo la llamada. ¡Ah! Y no debería ser necesario mencionárselo pero, si interviene la policía, será mucho peor para ustedes. Yo estoy limpio y soy el estafado, no lo olviden.
—Si estoy yo aquí es precisamente porque no nos gusta la policía.
—Eso está bien, ya lo suponía.
Le di la mano y me acompañó hasta la puerta. Él se quedó.
—No se demoren, esto hay que cerrarlo cuanto antes. —Fue lo último que me dijo.
Ramírez entendió que pasábamos por el aro y que ahora se trataba de negociar la cantidad. Algo tendría que bajar.
Antes de volver para Bilbao, Marta se acercó al Hotel Palace, que se encuentra cerca de la Gran Peña, y en su elegante hall, sentados en unos sofás que parecían pensados más para echar una siesta que para otra cosa, tomamos un café y pude contarle con detalle la entrevista mantenida durante la comida.
La abogada estaba más tranquila y con mejor aspecto que la víspera en el aeropuerto. Su semblante y la forma de hablar me transmitían un mensaje de esperanza en reconducir esto, aunque realmente no habíamos avanzado nada.
No quise asustar a Marta, pero un hombre de mediana edad, solo y en actitud vigilante se sentó cerca de nosotros mientras abría un periódico para leerlo. Iba vestido de forma muy tradicional para ser domingo: americana, corbata, pantalón gris, con el pelo hacia atrás embadurnado de gomina y todo ello con pinta de barato.
Creía tener buen olfato y lo que veía no me gustaba. Desde donde estaba no podía oírnos, así que continuamos con nuestra conversación sin ninguna contrariedad.
—Ya ves qué calaña de hombre es. Está dispuesto a todo y no renunciará a hundirnos si no se sale con la suya —comentó convencida Marta.
—No tengo ninguna duda. Solo si pagamos lo que pide o algo que se le acerque se dará por satisfecho.
—¿En qué has pensado?
—La familia no va a pagar y yo no les voy a recomendar que lo hagan.
—Me parece lógico. Además, quedaría pendiente la parte del bufete y para mí es la decisiva.
—Estoy dándole muchas vueltas. Si estalla, la más perjudicada vas a ser tú, aunque la familia saldrá muy pringada. Encima, con uno de sus miembros asesinado, la repercusión va a ser tremenda.
—Todos vamos a salir mal. Lo tengo claro.
—Marta, quiero que me envíes cuanto antes un dosier personal sobre el doctor Ramírez: dónde vive; dónde están sus oficinas; clubs sociales de los que sea miembro, si los frecuenta y cuándo; qué familia tiene y cuántos viven con él; servicio, chófer, coche, guardaespaldas…
—Entiendo que sobre su vida más que sobre sus negocios.
—Sí, pero algo de esos también. En una hoja me los relacionas, sin más.
—Me pongo hoy con ello. Tengo bastante información en el despacho, creo que te servirá.
—Perfecto y, cuanto antes, mejor. Mándamelo según lo vayas consiguiendo, no esperes a tener un dosier completo. Y yo no te he pedido nada. Eres mi abogada, secreto total.
—Entendido, cliente.
No quería que se me hiciera tarde y enseguida me dirigí al aparcamiento de Atocha. Marta me acompañó y ya no volvió a preguntarme qué pensaba hacer.
Al despedirse, me miró confiada y, con cierta solemnidad, me dijo:
—Garrincha, quiero que sepas que lo que hagas, bien hecho está.
—Espero acertar, fíate de mí.
Creía que el espía no había salido del Palace detrás de nosotros, pero cuando bajé al estacionamiento al aire libre de Atocha, justo antes de meter la llave, miré hacia donde se dirigía Marta y lo vi allí, recostado sobre una barandilla. Era él, no tenía duda.
En el regreso a Bilbao, mi cerebro empezó a dar mil vueltas. Llevaba una sobrexcitación que conocía bien. Mis dos años de vacaciones habían dado paso a lo que de verdad me gustaba: el riesgo, la acción, la tensión y todo lo que ello conllevaba.
Cuando llegué le conté a Teresa una versión que se alejaba bastante de la realidad. Problemas con los cementeros y reunión con su abogada. Ninguno de los dos quiso darle importancia y cenamos tranquilamente hablando de nuestras cosas.
La noche era tibia, con una ligera neblina suspendida en el aire. No se veía brillar a la luna rodeada de estrellas, pero a mí me gustaba mucho.