Sospechosos
64. Miércoles, 17 de julio. Esto se acaba
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64 - Miércoles, 17 de julioEsto se acaba
64. Miércoles, 17 de julio. Esto se acaba
En Porto Cervo miraba sorprendido a unas turistas que llevaban las uñas de las manos y los pies pintadas a juego con el color de sus bolsos y maletas.
¡Qué nivel! ¡Qué lujo! Nunca había visto algo así. Estas cosas me distraían y me hacían olvidar con facilidad las otras preocupaciones.
Tumbado en la piscina del hotel con Teresa al lado de esas chicas tan chic, devoraba todas las noticias que salían en los medios digitales españoles.
La víspera, justo antes de empezar la rueda de prensa, me había llamado Sara. Se lo agradecí, lo consideraba todo un detalle.
Cuando me lo contó, me pareció increíble la rapidez con la que se había producido la operación. Hasta hacía poco, esto hubiera sido impensable.
Al principio me extrañó la cantada de Carlos, pero enseguida comprendí su interés en salvar a la familia. Sabía que Sara, sin ningún escrúpulo, habría jugado bien sus bazas, amenazándolo con llevarse a todos ellos por delante, pero preferí no preguntárselo. La policía solía tener tanto que esconder como nosotros los delincuentes o incluso más.
El suicidio me pareció lo mejor para ese miserable, aunque la facilidad con la que lo hizo era para pensar mal. Conociendo el desbarajuste de las policías, tampoco me extrañó.
Antes de colgar, le pregunté si Ramón sabía algo. Me comentó que acababa de hablar con él, y que le había contado la confesión y posterior suicidio de su hermano. Recalcó la manifestación expresa de Carlos de que ni Ramón ni su familia tenían nada que ver en toda la trama criminal. Ella y la Ertzaintza lo daban por bueno y no les molestarían más.
—Aunque no ha dicho nada, estoy segura de que respiró aliviado. No ha pedido detalles sobre el suicidio, todo fue muy breve y preferí dejarlo para que llevara y organizara su duelo. Tenía prisa, la rueda de prensa empezaba enseguida y nos despedimos —comentó Sara.
—Bien, Sara, no sé si organizarán un duelo o un festejo, pero te reitero mi felicitación, lo habéis hecho muy bien. Dale un abrazo a Fabretti de mi parte —dije tuteándola por primera vez.
—Otro para ti, sinvergüenza, y cuídate.
Lo consideré un cumplido cariñoso, nada habitual en Sara, muy estricta en sus convicciones y que siempre me había tratado con desdén y sin miramientos.
Teresa estaba impresionada con lo que leía. La Ertzaintza había remitido una amplia nota a todos los medios donde explicaba con bastante detalle la operación. El suicidio de Carlos se minimizaba y aparecía al final como otra baja de los malos, sin dársele mayor importancia.
Leyéndolo así de seguido, la historia era impresionante, parecía más una novela de ficción que la realidad, pero esa era la verdad y al final estaba contento y con vida. No pude dejar de sonreír, disimulándolo tras mis gafas de sol y mi visera.
—Esta vez no se quejarán tus amigos Sara y Fabretti, toda la gloria para ellos. Se lo has puesto en bandeja para su lucimiento.
—Es cierto, hasta los tiros me los he llevado yo, pero así está mejor. Estoy indultado y ya solo tengo que portarme bien.
—Claro, y eso es lo más fácil —contestó Teresa, mientras nos reíamos los dos.
—Teresa, cuando me dijiste que investigáramos en la familia, porque ahí estaba el asesino, ¿estabas convencida?
—Totalmente. Y si hubiera tenido que apostar, lo hubiera hecho por Carlos, sin ninguna duda. Tenía todo el perfil. Ramón no dejaba de ser un pobre hombre y los demás no pintaban nada.
—¡Chapó! Teresa, siempre me acabas sorprendiendo.
—Sois unos aficionados, y te lo digo en serio. Por cierto, no tardará en llamar la lianta de Lucía. Está demorándose mucho.
Cuando iba a darle la razón, sonó mi móvil.
—Garrincha, por favor, pero ¿esto qué es? Cuánto hijo de puta hay suelto. ¿A Carlos se lo han cargado?
—No, mujer, lo ha hecho él solito. ¿Dónde estás?
—En Madrid. Acabamos de llegar. Eduardo se incorpora la semana que viene al equipo. El viernes dieciséis de agosto empieza la liga en San Mamés contra el Barcelona.
—Yo estoy en Cerdeña, te he hecho caso.
—Vaya, es un buen sitio, pero con tanta angustia estaba deseando volver y hemos adelantado unos días el regreso. Te veo tan tranquilo, yo creo morirme, qué disgusto…
—Estoy vivo de milagro y todo se ha acabado para mí. No hago otra cosa que tocarme los huevos en la playa. ¿Qué más puedo pedir?
—Qué desastre lo de Carlos… Todavía no me lo creo, la familia está abatida. Otro más al hoyo.
—Mujer, él mandó al hoyo a sus hermanos, al inglés y conmigo le faltó bien poco. Su deseo era que me visitaras en el cementerio. Se ha quitado la vida voluntariamente, no lo siento lo más mínimo y para él ha sido lo mejor.
—Para él y para la familia, bastante han pasado ya.
—Van a quedar al margen de la investigación judicial y eso ya es muy importante, créeme.
—Eso mismo les ha dicho Ramón; quiere ser optimista.
No quise contestar lo que pensaba, pero esa familia no tenía remedio.
—Lucía, céntrate en Eduardo y apóyalo, los demás ya son mayorcitos, Recuerda que algunos, como Ignacio y Luisa, tuvieron peor suerte, no lo olvides.
—Ya sabes que te haré caso. Cuando vuelvas, llámame. Saber que estás cerca siempre me ayuda. Ahora la fuerte con Eduardo tengo que ser yo.
—Tú siempre has sido fuerte.
—Un beso, Tomás.
—Otro para ti y un abrazo para Eduardo.
—Se lo daré de tu parte.
Cuando acabé con Lucía, apareció un mensaje en Whats-App. Era de Félix: «Ya me he enterado de todo. ¡Enhorabuena! Eso está bien. Ahora voy a ser yo quien te pida que me eches una mano. Lámame cuando puedas».
Una sonrisa se volvió a dibujar en mi cara, pero nadie pudo darse cuenta de ello.
—Miguel, nos van a sobrar días, yo adelantaría el viaje. Llama al hotel, igual es posible.
El inspector llamó y les permitieron adelantar un día la entrada. Sara estaba feliz por poder irse, perderse en las Rías Baixas, descansar, poder bañarse en La Lanzada, y comer nécoras y percebes hasta hartarse.
Todavía tenían dos días para recibir felicitaciones, dar explicaciones y hasta hacer las visitas correspondientes de rigor.
No sabían nada de la familia Echevarría y así era mejor. De Garrincha recibieron una cariñosa felicitación desde Cerdeña vía whatssap. «Muchos aplausos y un fuerte abrazo para los mejores policías del mundo: Sara Cohen y Miguel Fabretti».
—Al final, Sara, nos va a caer bien este pájaro.
—Eso nunca, Miguel. Nosotros estamos a este lado de la raya y él al otro. No lo olvides.
—Deberá conformarse con que nos olvidemos de muchas cosas.
—Eso puede ser.