Sospechosos
29. Lunes, 24 de junio
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29. Lunes, 24 de junio
El lunes a las once de la mañana, después de desayunar, encendí el ordenador. En la bandeja de mi correo ya tenía varios archivos sin remitente conocido. Allí tenía una amplia información sobre el doctor y enseguida encontré lo que más me interesaba.
El sujeto se llamaba Teodoro Ramírez Sarmiento. Nació en Santander y había cumplido los setenta años. Estudió perito en Valladolid y con veinticinco años se trasladó a México, donde trabajó en diferentes empresas, desde los seguros a la hostelería, gestionando un hotel en Acapulco. Finalmente montó su propia empresa constructora y le fue muy bien. Cerca de los cincuenta regresó a España y se instaló en Madrid, pero mantuvo en el país azteca su negocio de construcción.
En España, aunque diversificó, la mayoría de los negocios tenían que ver con la construcción y la promoción inmobiliaria. Nunca tuvo escrúpulos y destruyó sin piedad a todo aquel que se le ponía enfrente. Era un hombre vengativo y peligroso.
Los tres últimos años le habían ido mal, y dos de sus empresas presentaron concurso de acreedores. Estaba muy endeudado con los bancos, el importe de los créditos a devolver era importante y los plazos iban venciendo. Necesitaba, a corto plazo, liquidez por encima de los seis millones de euros.
Cuando se metió con prisas en lo del cemento, lo hizo sin valorarlo demasiado, pensando en dinero fácil y en poco tiempo. La estafa le hundió más y en un principio solo se preocupó por recuperar lo invertido. Cuando ya lo tuvo, quiso más y, sin ningún escrúpulo, arremetió contra todos los participantes. Probablemente pensó que era la única vía de conseguir esa liquidez de la que andaba tan necesitado.
El doctor vivía en Madrid en la lujosa urbanización del parque del Conde de Orgaz, situada entre la calle Arturo Soria y la avenida de América. Él y su esposa eran los únicos de la familia que vivían allí. Sus cuatro hijos continuaban desperdigados por Ciudad de México y Miami.
Marta, como si pensara que una de mis opciones podía ser el asalto a la casa, me envió un plano del chalé. Se me alegró la cara y me animé, eso me gustaba. Con ellos vivía un matrimonio filipino que, junto con el jardinero, constituía el servicio. Un chófer lo recogía todas las mañanas, pero era un empleado de la empresa.
Su esposa, Dolores Peña Aranda, nació en México, aunque era de familia española y mantenía la doble nacionalidad. La empresa familiar se llamaba Inversiones Inmobiliarias Ramírez-Peña S. L. y de ella colgaban el resto de las sociedades y negocios. Tenía sus oficinas en la calle Velázquez, cerca del Retiro y de la Puerta de Alcalá. Era una planta de unos trescientos metros cuadrados y allí trabajaban unas veinte personas.
Marta también me facilitó un plano del edificio, con sus accesos, ascensores y escaleras, así como la distribución de la oficina, indicando la ubicación del despacho de Ramírez. El edificio tenía seguridad privada en el portal y accesos, pero la empresa como tal no la tenía.
El doctor solía llegar a eso de las nueve de la mañana, en un Mercedes 300 conducido por el chófer. Lo dejaba en la acera junto al portal y, a continuación, llevaba el coche a un garaje cercano.
Era socio de la Gran Peña y del club de golf de Puerta de Hierro. Decían que jugaba muy mal al golf y solía tener un partido los fines de semana con unos amigos. También era aficionado a los caballos y en temporada se acercaba al hipódromo de la Zarzuela, donde solía apostar.
Los días laborales nunca comía en casa y era habitual de una cafetería cercana a su trabajo. Solía ir solo y andando. Un pequeño mapa de la zona me situaba la cafetería en la cercana calle Lagasca, con sus dos entradas, indicándome el itinerario que realizaba desde su oficina.
Esos eran los datos de mayor interés, aunque mi comunicante anónimo me informaba de que seguía investigando. Terminaba con un mensaje que no era difícil de interpretar: el doctor Ramírez no iba armado ni llevaba escolta.
La información era suficiente y mostraba claramente que no era un hombre inaccesible.