Sospechosos
30. Luisa juega al golf en puerta de hierro
Página 32 de 68
30Luisa juega al golf en puerta de hierro
30. Luisa juega al golf en puerta de hierro
Luisa Echevarría tenía cincuenta años y era licenciada en Filología Inglesa. Había aprobado una oposición de técnico del Ministerio de Cultura, aunque apenas trabajó porque, cuando tuvo su tercer hijo, se dedicó a su cuidado. Estaba casada con un financiero al que le iban bien las cosas y ella también andaba muy holgada con el dinero de la familia. Su hijo tenía veintidós años y las chicas veinte y diecisiete. Los dos mayores ya estaban en la universidad.
Era la más discreta de los Echevarría y vivía muy ajena a sus negocios. Siempre se había dejado aconsejar por sus hermanos y mantuvo una relación muy especial con Ignacio, al que se encontraba muy unida desde siempre. Lo pasaba mal cuando las cosas no le iban bien y siempre procuró atender sus necesidades económicas cuando las tenía.
Su asesinato la afectó mucho y todavía seguía destrozada. No sabía muy bien por qué, pero había cosas que no le gustaban nada.
Justo antes de que lo mataran, al día siguiente de la boda de Eduardo, Ignacio la llamó. Quería verla. En un tono misterioso comentó que estaban pasando cosas que nunca hubiera creído. Cuando preguntó si se trataba de los negocios del cemento o de las promociones de Estepona, le contestó que eran otras cosas, que de eso quería hablarle. Quedaron en verse esa misma semana. Luisa sabía que estaba intentando conseguir dinero, a ella no se había dirigido esta vez, pero a Ramón y a Carlos sí. Pensó que, al fracasar con ellos, se lo pediría y sabía que, al final, se lo daría.
El día en que fue a Bilbao llamó a su sobrino Eduardo y confirmó un incidente reciente que la había dejado desconcertada. Quería aclararlo con Ramón, pero cuando recibió su llamada para leerle la carta del chantajista, y aunque le comentó el motivo de su preocupación, quedaron en hablarlo en otro momento.
Ese lunes salió de su chalé en la urbanización de Somosaguas para dirigirse al club de golf de Puerta de Hierro. Antes de salir para Estoril, donde una amiga le dejaba un apartamento, quería hablar con Ramón. Necesitaba una explicación y más ahora que las cosas se complicaban. Su hermano se largaba a Miami y quería tratarlo antes. Tenía decidido hablarlo con él al acabar su partido.
Luisa era muy aficionada al golf desde cría. Aprendió a jugar en el club de golf de Neguri y nunca había dejado de practicarlo. Su hándicap cinco acreditaba su excelente nivel.
En el club de Puerta de Hierro del que era socia, tres días a la semana tenía una pool con otras socias y, salvo un imponderable, no fallaba nunca. Ni tan siquiera la gravedad de la situación que atravesaba puso en duda su asistencia. Lo pasaba bien, se distraía y conseguía en algo más de cuatro horas no pensar en ningún problema que la agobiara. Quizás ese fuera el gran atractivo del golf.
Llegó con tiempo de sobra y aprovechó para dar unas bolas en el campo de prácticas antes de salir a jugar. La emparejaron con una chica más joven —cercana a los cuarenta y recién incorporada a su grupo— y consiguió, tras dar su primer golpe, olvidarse de Ignacio, Ramón, el chantaje… Jugó bastante bien y ganó el partido junto con su compañera Macarena, quedando segundas en la pool.
Cuando después de ducharse se encaminó a la cafetería para tomar el aperitivo en compañía de las jugadoras, uno de los camareros se dirigió a ella:
—Señora, han llamado hace un rato preguntando por usted. He contestado que todavía no había terminado y, cuando he preguntado de parte de quién, se ha cortado. Quería decírselo.
—Muchas gracias, Fermín. ¿Algún dato que me pueda servir?
—Doña Luisa, era un hombre, no sabría decirle la edad, aunque no era su marido ni ningún familiar. Sinceramente, y sin miedo a equivocarme, por la entonación tampoco creo que fuera un socio del club. Por eso se lo cuento.
—Me está asustando.
—No, por favor, probablemente no tenga mayor importancia.
—Tomo nota. Muchas gracias de nuevo.
Luisa se quedó inquieta, pero enseguida las compañeras de juego la distrajeron con comentarios y anécdotas sobre la jornada golfística. Pensó en llamar desde allí a Ramón, pero prefería estar en casa tranquila, sin nadie alrededor, para hablar con él y pedirle explicaciones.
El oporto que tomó le sentó de maravilla y cuando se dirigió al aparcamiento ya había olvidado la extraña llamada.
Los lunes no solían ser un día concurrido y, aunque rentistas y jubilados se daban cita a las horas habituales para jugar, el ambiente del club no tenía nada que ver con el de un día de fin de semana.
El Porsche Cayenne lo tenía aparcado en una esquina del parking, al aire libre, y solo había a su alrededor unos coches desperdigados sin nadie dentro. Un Audi Q5 venía desde el fondo del aparcamiento y se paró junto a Luisa cuando esta se disponía a abrir su automóvil. Le descerrajaron allí mismo cuatro tiros con silenciador. Fueron dos hombres jóvenes, grandes y fuertes que salieron del todoterreno con la cara semicubierta por unas gafas de sol oscuras y una visera alargada que escondía el pelo y la frente. Llevaban guantes y unas sudaderas negras, con vaqueros del mismo color.
El ruido de los disparos fue imperceptible y los sicarios salieron de inmediato con el automóvil, sin generar ningún alboroto.
Las cámaras del club grabaron perfectamente el asesinato, pero solo sirvieron para corroborar lo evidente. No era posible identificar a los autores y el Audi Q5 era robado. Apareció al cabo de un rato abandonado junto al tanatorio de la M-30.
La conmoción fue total y los socios que estaban en el club pudieron ver el cuerpo ensangrentado mientras venía la ambulancia para llevarla al hospital más cercano.
La familia y la policía fueron avisadas de inmediato.
Se pudo comprobar que el asesinato tenía la misma firma que el de Ignacio.