Sospechosos
31. Todos en Madrid
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31Todos en Madrid
31. Todos en Madrid
Fue tal la consternación ante este crimen que todas las televisiones, medios digitales y radios abrieron sus informativos con la noticia. La familia Echevarría era muy conocida, el asesinato de Ignacio estaba muy reciente y el marido de Luisa, don Telmo de los Montes y de los Ríos era una institución en el mundo financiero del país.
Sara Cohen y Miguel Fabretti se trasladaron a Madrid para reunirse con sus colegas de la policía nacional.
Ramón me informó del crimen unos minutos después de producirse. Tomé el primer avión para Madrid y llamé al cónsul y a Fátima. Ambos conocían lo ocurrido, no se hablaba de otra cosa. A mí me impactó. Solo conocía a Luisa de la boda, pero estaba tan metido en el asunto que supuso un mazazo totalmente inesperado. Debía de estar perdiendo facultades porque mi incredulidad me parecía exagerada. Tenía todos los datos a la vista y el suceso, aunque no previsto, era posible.
Sin que se lo preguntara, Fátima me informó de que no sabía nada de Willy. Lo había llamado dos veces y no había dado con él.
Quedé con el cónsul a media tarde en la Cervecería Alemana y con Fátima una hora más tarde en una terraza de la plaza Mayor. La mujer estaba asustada y no puso ningún impedimento a reunirse conmigo.
Cuando hablé por teléfono con Ramón, me pareció que estaba hundido y agobiado. Aunque su corrección y saber estar le impedían mostrar cualquier exageración, se encontraba desbordado.
—Esto es demasiado. No sabemos qué está pasando y todos creen que ocultamos información. Nuestro único deseo es que esto pare y no se hable más de nosotros.
—No han esperado ni al plazo de setenta y dos horas —comenté.
—Justo había vencido, pero esta acción no es improvisada. Estaba muy preparada y con días de anticipación. Soy socio del Puerta de Hierro y, créame, es muy difícil acceder. Tiene vigilancia, barrera, controles…
—A mí también me ha extrañado mucho, cualquier lugar hubiera sido más fácil.
—Ni lo dude, ha sido todo un manifiesto. Es el club más elitista de España con el de Neguri en La Galea, y somos socios de ambos. Nos quieren ligar a una clase social y que se sepa. A Ignacio lo matan en La Bilbaína, otro reducto burgués también difícil para la acción criminal.
—¿Se sabe cómo accedieron?
—Está pendiente de confirmar, pero el presidente del club, buen amigo, de familia de Bilbao, me ha dicho que con la tarjeta de un socio doblada. Su banda magnética te abre las barreras de acceso al recinto y, si no entras en la casa social o en las instalaciones deportivas, no tienes por qué tener problema. Al parking acceden empleados, chóferes, distribuidores…
—Pero alguien les habrá dado una tarjeta para que la doblen y eso apunta a un socio.
—No necesariamente, la han podido robar. El hecho es que han entrado. La salida es más fácil, algunas barreras se abren solas. También hay otro dato significativo.
Como no se decidía a contarlo, lo animé.
—Ramón, deme la información que tenga, puede ser importante.
—Habían llamado por teléfono a la cafetería de jugadores una hora antes preguntando por Luisa.
—¿Y?
—No era nadie del club ni de la familia. Preguntaron si había terminado de jugar y el camarero que atendió la llamada contestó que aún tardaría media hora.
—Eso significa que conocían las costumbres de Luisa y sabían que ese día jugaba un partido de golf.
Nos despedimos y quedamos en vernos después de las reuniones y gestiones previstas.
Tras la conversación con Ramón, resultó evidente que la forma, los medios y el lugar escogidos para el crimen no eran casuales, ni había sido elegido por su sencillez o escaso riesgo. Al revés, todo iba encaminado a vincular a los Echevarría con clubs que reflejaban su estatus social. Pero ¿por qué? Si era algo de conocimiento público, ¿a quién podía importarle?
Aun así, lo más relevante del crimen era su preparación y su ejecución al margen de que se pagara o no el precio del chantaje. Tenían previsto cargarse a otro Echevarría y lo hicieron con un objetivo.
¿Cuál era ese objetivo?
Era un crimen muy extraño.
Algo grave había ocurrido en esa familia.
Cuando llegué a la Cervecería Alemana, el cónsul me estaba esperando con compañía. En cuanto vi a una mujer de cuarenta años, mulata, alta y guapa, tuve claro que era Fátima.
El cónsul hizo una seña al camarero y pidió otra jarra de cerveza para mí. Él la tenía ya muy avanzada y Fátima había optado por una Coca-Cola.
—Garrincha, ella es Fátima, con quien ha quedado dentro de un rato aquí al lado.
—Es lo que he pensado al verla con usted.
—Me ha llamado toda agobiada y le he dicho que se venga conmigo. Creo que es lo mejor y respondo por ella.
—Ningún problema —contesté sinceramente.
En cuanto vi la cerveza acercarse a la mesa, tuve ganas de verla caer durante un buen rato por mi garganta. Al cónsul le debió de dar envidia verla sin estrenar y pidió otra, poniendo una cara de auténtica necesidad.
—No quiero exagerar ni insistir demasiado, pero sepa que tanto Fátima como yo estamos desolados. Si lo de Ignacio supuso un auténtico shock, lo de Luisa ha sido increíble. Van a por toda la familia, no tengo ninguna duda.
—¿Conocía a Luisa? —pregunté.
—Personalmente no, pero sabía que era hermana de Ignacio y que estaba casada con un financiero de relumbrón. También sabía que jugaba muy bien al golf.
—La mataron después de jugar, en un club un tanto especial y reservado. ¿Le dice eso algo?
—Puerta de Hierro. Allí no entra cualquiera… Me extraña mucho el lugar elegido, a no ser que el crimen lo haya cometido algún socio. Quién sabe —contestó Joaquín Avilés.
—A todos nos extraña. Tiene muchos puntos en común con el de Ignacio, también fue en un club típico de la burguesía bilbaína.
—Vaya, pues es una pista a seguir.
—Fátima, ¿sigue sin saber nada de Willy?
—Lo he llamado varias veces y no me ha cogido el teléfono. He pasado por el Gurugú y hoy no lo habían visto. Les ha extrañado porque ha dejado plantados a los compañeros de una partida de dominó y eso nunca lo hace, menos sin avisar.
Fátima no comentó que se había acercado a casa de Willy y allí no había nadie. Entró con su llave, pero parecía todo normal, no vio nada raro.
—Cuéntenos sus sospechas, Fátima, parece todo bastante extraño.
—Lo es, no sé qué ha podido pasar. Estoy preocupada, por eso estoy aquí.
—Garrincha, llevo mucho tiempo alejado de Willy. Le facilité su contacto porque podía ser de utilidad, conocía bien lo que pasó en su día con el negocio del petróleo pero, sinceramente, nunca he creído que fuera un asesino —dijo el cónsul.
—Él no mató a Ignacio y, claro, tampoco a Luisa. Créame, lo conocía muy bien —dijo Fátima convencida.
—Explíquese. ¿Por qué tengo que creerla?
—Conozco a Willy, hemos sido algo más que amigos. Aunque odiaba a Ignacio por dejarlo tirado, observé sus reacciones cuando se produjo el crimen. Nos veíamos a menudo.
—¿Y qué dijo?
—Que se lo tenía merecido, se llevó una gran alegría, pero me di cuenta de que él no había sido. Son expresiones de sorpresa, detalles, conversaciones antes y después de los hechos. Téngalo por seguro, no me equivoco.
—Estuve el otro día con él en Burgos y no me lo desmintió ni hizo nada por mantener o declarar su inocencia.
—Él es así, como no lo ha hecho, no le importa lo que piensen. Es más, hasta sería un orgullo para él…
—Pero, entonces, ¿quería estafar el dinero de la familia?
—Quizás. Ninguno le caía bien, pero de eso a cargárselos hay mucha distancia.
—Garrincha, ¿la policía conoce la existencia de Willy? —preguntó el cónsul.
—Por mi parte, no, aunque con dos fiambres apuntándole, no es de extrañar que acaben tras su pista.
—Otra cosa, no entiendo la relación de Luisa con Willy —comentó el cónsul.
A Fátima se le saltaban las lágrimas e insistió:
—Estoy muy preocupada. Llamo a Willy y no me lo coge, no aparece por el Gurugú, nadie sabe nada de él. Algo le ha tenido que pasar, esto no es normal.
—Pero, entonces, usted misma está ligando el asesinato de Luisa con la desaparición de su amigo —dije rápidamente.
—No lo sé, pero puede ser. Quizás alguien se ha tomado la justicia por su mano en plan vengador.
—Cuénteme sus sospechas.
—No tengo ninguna base sólida, pero la familia está ahí.
—Fátima, olvídese de la familia. Nunca harían algo así y, además, no les ha dado tiempo de responder al crimen… Los tiempos no lo hacen posible —apuntó el cónsul.
—Cuando estuve con Willy me dijo que me llamaría, creía poder resolver los problemas de la familia, pero pagando —concluí.
Ambos me miraron extrañados, estaban desbordados, sus gestos eran muy expresivos, sobre todo los de Fátima.
—Por favor, créame, yo también quiero hablar con él y no sé dónde está.
—En lo que pueda ayudarlos, cuenten conmigo —dijo muy formal Joaquín Avilés.
Con Ramón no pude reunirme; seguía sin parar y con mil problemas encima. La nacional y la policía vasca lo esperaban para poder hablar con él.
Al informarle de mis gestiones, se quedó sorprendido con la desaparición de Willy aunque, como nos pasaba a los demás, no sabía cómo interpretarlo. Estábamos de acuerdo en no mencionar su nombre a la policía. Si daban con él que fuera por sus propios medios. Ramón era consciente de que los planes previstos ahora ya no valían y no sabía por dónde tirar.
El pagar por pagar no daba resultados. Si hubieran hecho la transferencia de los dos millones y medio de dólares, el asesinato de su hermana se hubiera producido igual. La pregunta para la que no tenían respuesta era cómo parar esta venganza sangrienta.
También me comentó que encontraba a la Ertzaintza demasiado tranquila para lo que estaba pasando. Solo podía entenderlo si tuvieran ya una vía de investigación solvente. Yo me encontraba muy confuso y tampoco tenía respuesta para sus reflexiones. Quedamos en comunicarnos cualquier novedad, sobre todo si el inglés daba señales de vida. Me confirmó que, tras el funeral, toda la familia desaparecería una buena temporada.
Seguía sorprendido por la serenidad y el fatalismo con que asumían lo que les estaba sucediendo. Ni una palabra de más, ningún improperio, aunque fuera de desahogo. Todos llevaban el duelo en su interior, pero hacia fuera su compostura era increíble.
Vi imágenes en la televisión. El marido y los hijos componían una estampa de tristeza contenida sin que se les escapara cualquier gesto de desesperación o venganza. Asumían esa fatalidad como si les hubiera tocado en una lotería loca e imprevisible.
Ahora no sabía muy bien por dónde tirar. Me di cuenta de que tenía dos llamadas en mi móvil: Lucía y Marta. Además, la abogada me invitaba por wasap a tomar algo donde siempre a las nueve. No me parecía mal plan, deseaba hablar con alguien y quizás me ayudara con la confusión que tenía encima.
Llamé a Lucía y estaba tan asustada que apenas pude contarle nada. No entendía qué pasaba y estaba francamente acojonada. Aunque no me lo dijo, estoy seguro de que pensaba que su marido podía ser el siguiente. Yo no pude tranquilizarla y, como me conocía, sabía que no le iba a vender humo.
Eduardo terminaba con la selección dos días después, el jueves, y salían con paradero desconocido. El futbolista no entendía nada y veía fantasmas por todos lados. Una patrulla de la policía nacional vigilaba la concentración y lo tenían controlado en todo momento.
La conversación no daba más de sí y quedamos en seguir en contacto.
Marta me esperaba sentada y ensimismada en su teléfono. Cuando me vio quiso sonreír, pero se la veía sobrepasada.
No tuvimos que decirnos nada para saber que hoy no tocaba hablar del doctor Ramírez. Tampoco había ninguna novedad y ninguno de los dos lo mencionó.
Me contó la declaración de sus clientes cementeros con la Ertzaintza. Estuvieron Sara y Fabretti y parecía que había ido bien. Fueron convincentes, reconocieron el encargo a Logística del Norte para cobrar el importe de la estafa, pero de ahí no se salieron. Lo último que se les ocurriría hacer es limpiarle el forro a Ignacio.
Sus clientes sacaron la impresión de que tenían alguna pista sobre los autores materiales, aunque solo era eso, una impresión.
—¿Les preguntaron si habían cobrado la deuda?
—Sí, y contestaron que no. Pero eso ya ni preocupa, el problema es el otro. No se sabe el porqué de esos dos asesinatos, el último una ama de casa cuya actividad principal era jugar muy bien al golf —dijo Marta.
—Dinero y venganza encajan poco en este último crimen. ¿Han despreciado el dinero por la venganza? Pero la venganza estaba consumada con Ignacio.
—Y, claro, habrá que descartar amores, celos, sexo…
—Totalmente. Es toda una sorpresa incomprensible, salvo que los encargados del matarile no estuvieran coordinados con los autores intelectuales —comenté con muchas dudas.
—No te entiendo. —Me miró como si algo se le estuviera escapando.
Aunque tenía dudas pensé que era mejor contárselo. Fui relatándole la última carta del Comendador, mi reunión con Willy y todo lo avanzado en los últimos días. Marta era de fiar y me escuchó con atención.
—Entonces, imagínate que unos sicarios han preparado una acción contra alguien de la familia y la tienen lista para, en el caso de que no pagaran, hacer más presión… Ha pasado el plazo por unas horas y ponen en marcha el crimen.
—¿Sin pedir confirmación?
—Es la única explicación que encuentro, aunque tampoco me convence.
—Es una chapuza integral, no me lo creo. En todo caso, el Comendador dará señales, no lo va a dejar así.
—¿Te dice algo que el crimen lo ejecuten en el club de Puerta de Hierro?
—Estuve una vez, en la boda de una amiga. Es el club más pijo y señorial de Madrid. Allí va la élite de las familias bien de toda la vida. No verás un nuevo rico, debes tener raíces. Cerrada la admisión de nuevos socios, solo el matrimonio o el nacimiento da continuidad a la sociedad. El acceso es prácticamente imposible si no vas invitado por un socio. Es tan discreto que los jefes de los servicios de espionaje de diferentes países tienen autorización para verse y reunirse allí, aunque no sean socios.
—¿Querrán mandar una señal? A Ignacio lo mataron en uno parecido, aunque más urbano y con menos glamur.
—Desde luego, no es fácil hacerlo en el aparcamiento del club. Ni tampoco entrar o salir. Pero no entiendo qué mensaje quieren enviar. Que los Echevarría son una familia de postín perteneciente a la clase alta es obvio y que Luisa estaba casada con otro igual que ella, también.
—A mí también me cuesta entenderlo, pero en estos asesinatos todo es bastante extraño.
—Debéis tener en cuenta que la preparación de la acción, con un resultado en ambos casos impecable, no es nada fácil. Los sicarios han tenido que estar muy bien dirigidos, y contar con mucha información y muchos medios.
—Está claro, no veo a Willy preparando este crimen en Puerta de Hierro pudiéndolo hacer en la calle, en la puerta de una iglesia, de un supermercado o, incluso, en un semáforo al parar su coche. Y en Bilbao igual.
Acabamos las copas que habíamos pedido y Marta se levantó para saludar a un joven de su edad que parecía venir a recogerla. Me dio la impresión de que podía ser su novio, aunque no lo dijo cuando me lo presentó como Nicolás.
Nos despedimos y quedamos en mantenernos en contacto.