Sospechosos
32. Martes, 25 de junio. Garrincha da una vuelta
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32. Martes, 25 de junio. Garrincha da una vuelta
Todo se había precipitado con el crimen de Luisa. Tenía que tomar una decisión cuanto antes. Si el doctor no tenía noticias mías, empezaría a moverse pocos días después y entonces, quizás, ya fuera tarde.
Me quedé a dormir en el Hotel Miguel Ángel. Quería dar una vuelta por los lugares por donde circulaba habitualmente Ramírez.
Salí a primera hora de la mañana y me acerqué a las oficinas de la calle Velázquez. Llevaba puestos unos vaqueros, una camiseta y una sudadera muy ligera que no extrañaba en esa época del año. Con calzado deportivo, gafas de sol negras y una gorra con la visera hacia atrás, me puse unos cascos y paseé oyendo música. Creo que podía dar el pego perfectamente.
Al pasar por el portal vi una placa de latón donde estaba impreso el nombre de «Inversiones Inmobiliarias Ramírez-Peña S.L. 2.º dcha.». Un portero pasaba una gamuza por las cristaleras internas del portal y un guarda de una conocida empresa de seguridad estaba justo en la entrada. El edificio era antiguo y daba la impresión de que allí dentro las oficinas predominaban sobre las viviendas. Cuando pasé no se veía trasiego, pero volví a ver apostado en un lateral del portal al esbirro que me había vigilado en el Palace. Tuve suerte porque no me reconoció ni se fijó en mí, pero ya empezaba a preocuparme. Enseguida giré hacia la calle Lagasca, donde se encontraba la cafetería en la que habitualmente comía el doctor.
Era un establecimiento antiguo, reformado y en buen estado. Además de una barra larga y unas mesas donde la gente desayunaba, había una zona más amplia preparada para comedor. Anunciaban un menú en la entrada y también tenía carta. Se llamaba Caballo Blanco.
No quise quedarme y desaparecí, comprobando que no llevaba detrás a mi carabina. Había visto lo suficiente. Me dirigí hacia la calle Alcalá, cronometré el tiempo, comprobé el sentido del tráfico, los espacios para aparcar y las salidas en coche o moto desde allí. Me encajaban los tiempos y la zona.
Mientras volvía al hotel para recoger la bolsa de viaje y regresar a Bilbao, llamé al francés.
—Jon, adelante con lo que te dije. Pero tiene que ser rápido.
—Envíame la información y dame fechas.
—Estamos a martes. El lunes que viene fecha tope, pero mejor antes del fin de semana… Recibirás todos los datos.
—Te comenté que tenía un par de elementos buenos instalados allí. Les encargaré la chapuza. Me imagino que será viable.
—Lo es. No deben tener problemas. Va sin escolta, un chófer de la empresa lo lleva de casa al trabajo, no va armado y tiene setenta tacos. Lo único, preparar bien la fuga. ¡Ah! Me está vigilando un esbirro suyo, no sé con qué fin. Te enviaré su descripción.
—Venga, adelante.
—¡Ah! De la pasta no te preocupes.
—Me gusta oírte decir eso.
—Yo nunca he hablado contigo y, claro, no sé nada.
—Como siempre, yo tampoco sé nada.
A media tarde ya estaba en Bilbao. Llegué cansado, los acontecimientos se aceleraban, se acumulaban y me aplastaban como una losa. El asesinato de Luisa me había desconcertado, ya no sabía por dónde iban los tiros y podía ocurrir cualquier cosa.
Con el doctor no creo que me hubiera precipitado. Cortar de inmediato era lo mejor. De lo contrario, Ramírez nos podía hundir a todos y provocar una situación irreversible.
Solía saber cuándo me tenía que arrepentir de algo, pero esta vez creía haber acertado.