Sospechosos

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33. La gendarmería interviene

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33La gendarmería interviene

33. La gendarmería interviene

La gendarmería de Burdeos se había puesto en marcha con los datos y las fotografías facilitadas por la Ertzaintza de Deusto. Las imágenes eran relativamente buenas y a ambos sicarios se los veía entrando en el Ibis de Bilbao. La documentación que habían presentado en el hotel era falsa y no aportaba ningún dato relevante. Tampoco tenía huellas dactilares ni ADN.

Pero hubo suerte, la policía francesa hizo circular sus imágenes y, en la comisaría de Pau, un gendarme de la Brigada de Investigación Criminal reconoció a uno de ellos.

Se trataba de un hombre de treinta y seis años, francés, miembro de una familia de Pau instalada desde siempre en la ciudad. Su padre tenía antecedentes por tráfico de drogas y había muerto bastante joven por consumo de estupefacientes. Pierre, que así se llamaba, tenía antecedentes por robo en casa habitada y actualmente trabajaba en un taller de reparación de automóviles en la misma ciudad de Pau.

Establecieron una discreta vigilancia sobre él y localizaron al otro colega en Bayona un día en que ambos habían quedado. No había lugar a duda. Se llamaba Bernard, era también francés y tenía treinta y cuatro años. Su físico era muy parecido: ambos eran altos, fuertes y con una condición física envidiable. Bernard había estado destinado en el norte de África varios años con la Legión Francesa. Regresó a Bayona, su ciudad natal, y llevaba un par de años en el paro. No tenía antecedentes penales ni policiales.

Cuando los policías franceses los vieron en una terraza al lado de la catedral de Bayona, pensaron que podían estar preparando alguna acción por la forma de hablar, discutir y comprobar notas en unos papeles.

La gendarmería los mantuvo localizados, esperando el mejor momento para detenerlos, mientras practicaban alguna prueba complementaria que dificultara su defensa.

Los empleados del Hotel Ibis confirmaron y declararon ante la policía, sin ningún género de duda, que los hombres fotografiados en Bayona eran los que se habían hospedado allí el día que mataron a Ignacio Echevarría.

El asesinato de Luisa precipitó todo y se puso en marcha la detención de ambos. No había duda en la autoría del crimen de Ignacio y, por la forma, método y características del crimen de Luisa, los inspectores de la Ertzaintza pensaron que lo más probable es que también lo hubieran hecho ellos. Tanto el aspecto y complexión de los autores como los cuatro disparos y la misma munición apuntaban a ello. Faltaba por confirmar el arma utilizada, pero era lo más probable.

—Miguel, no podemos esperar más. Han sido los mismos. Si no actuamos ahora, se nos pueden escapar y con mucha pasta en los bolsillos. Y, luego, píllalos —comentó Sara cada vez más intranquila.

—Estoy de acuerdo. El asesinato de Ignacio lo tenemos prácticamente cerrado, hay pruebas de sobra. Y en el de Luisa, con un estudio de las imágenes de las cámaras del club de golf, se puede avanzar mucho.

—De todas formas, estos son unos mandados, asesinos pero mercenarios. Debemos llegar hasta los que les encargaron el trabajo y lo pagaron. No descartes llegar a un pacto con ellos —concluyó Sara.

—Entiendo que habrá, además, algún intermediario —apuntó Fabretti.

—Seguro. Tenemos que empezar ya.

—Llama tú a los franceses, es lo mejor —dijo Fabretti.

—Ahora mismo lo hago.

Eran las diez de la mañana del martes veinticinco de junio y los inspectores acababan de llegar de Madrid en el primer avión del día.

La tarde anterior se habían reunido con todos los que tenían alguna relación con el crimen. Ramón Echevarría, el presidente del club, socios que habían estado con Luisa hasta un rato antes, guardas y empleados, y también con colegas de la policía nacional.

La acción criminal estuvo muy bien preparada. Los profesionales entraron con un coche robado utilizando una tarjeta clonada de un socio totalmente ajeno a esta historia, con la que pudieron abrir las barreras de entrada al club. Sabían la hora aproximada a la que terminaba su partido y esperaron pacientemente en el aparcamiento, en una esquina alejada.

Luisa tardó unos cuarenta minutos en ducharse, cambiarse de ropa y tomar un aperitivo con sus compañeras de partido. No extrañó a nadie ver a dos hombres esperando en un vehículo de gran cilindrada. Chóferes, guardaespaldas, seguridad interior… era algo habitual en este club.

En realidad, era más difícil esperar y pasar desapercibido en La Bilbaína que allí. Los disparos, el lugar del cuerpo donde apuntaron, la munición, las armas… todo parecía idéntico. Tenían el convencimiento de que los dos franceses eran los autores; incluso su aspecto en la grabación de las cámaras apuntaba también a ellos.

Sin embargo, no habían avanzado nada en cuanto a los motivos. La familia mantenía que no había pagado. Tenía todo el sentido porque si lo hubieran hecho Luisa seguiría viva. Pero era todo tan extraño…

La ignorancia sobre los motivos y la identidad de los promotores del crimen exigía acelerar la detención de los sicarios.

La presión mediática era espectacular. Además, el estatus de los Echevarría y del marido de Luisa provocaba que no se entendiera como un crimen más. Era un acontecimiento social, financiero, político e, incluso, del corazón de primera magnitud. Era el elemento informativo y mediático más importante de España.

Monsieur Louis, soy Sara, la inspectora de Bilbao.

—Ya sé por qué me llama. Estamos consternados con el nuevo crimen de Madrid. Tenemos bastante información y parece obra de nuestros elementos.

—Sí, para eso llamo.

—La escucho, que usted tendrá todos los detalles.

Sara expuso con precisión la información que tenía del nuevo asesinato y cuando terminó Louis estaba convencido de las conclusiones expuestas por la inspectora.

—Hay que ir a por ellos cuanto antes. Por cierto, ¿están controlados? —preguntó Sara.

—Sí, por supuesto. Y le adelanto que ayer, en cuanto nos enteramos del affaire de Madrid, vigilamos el taller de Pau y la casa de Bayona. No estaba ninguno de los dos.

—Bravo, Louis, estaban en Madrid.

—Volviendo de Madrid. Nos quedamos esperando y llegaron hacia las once de la noche. Un compañero de Pierre nos confirmó que no había ido a trabajar al taller. Llamó a primera hora de la mañana diciendo que se encontraba mal. Está comprobado que era falso. Entró en su casa de Pau a eso de las doce menos cuarto de la noche, después de dejar a Bernard en Bayona.

—El coche nos informará de los kilómetros que hicieron ayer.

—Sí, lo tenemos controlado.

—Perfecto. No voy a decirle cómo lo deben hacer pero, por nosotros, cuanto antes mejor. Y, claro, estamos a su disposición.

—Hablaremos con el juez que esté de guardia y empezaremos en cuanto nos autorice. Queremos también una orden de registro de sus casas y pediremos otra para registrar el taller —expuso Louis convencido—. ¡Ah! Y queremos que estén ustedes como apoyo en los interrogatorios. Conocen mucho mejor todo el asunto.

—Ningún problema. Nos parece bien.

—Nos pondremos en contacto a lo largo del día. Encantado de tratar con usted.

—Lo mismo digo, Louis.

—No parecen delincuentes de alto copete, igual declaran. Pero si les asiste un abogado penalista les dirá que no lo hagan —dijo Fabretti tras oír la conversación.

—Seguro. Hay que acojonarlos. Son dos fiambres y, si nos ayudan, los jueces españoles pueden tratarlos mejor. Hay que meterles esa idea en la cabeza —apuntó Sara.

—En Francia no se van a quedar, eso tienen que saberlo. Y en cuanto los empleados del hotel confirmen el reconocimiento, lo tienen muy chungo.

A pesar de la gravedad de los casos y de su carácter mediático, Sara, a diferencia de otras ocasiones, se encontraba más tranquila, menos acelerada y consciente de los pasos que había que dar.

Eran dos crímenes realizados por encargo, cuya autoría material era atribuible a las mismas personas, que ya estaban identificadas y localizadas. Llegar a quién había realizado el contrato no sería fácil, pero empezaban bien.

En todo caso, detener a los sicarios iba a suponer un éxito espectacular que apaciguaría las exigencias de la cúpula del departamento y de otras altas instancias.

—Miguel, ¿sabes que a veces echo de menos a Garrincha y a Lucía? Me parece todo mucho más aburrido. Me ponían de muy mala hostia pero era otra cosa, otro nivel. Ahora parece todo burocracia.

Cuando Sara estaba estresada, nerviosa y superactiva, se le acentuaba su deseo sexual. Fabretti conocía bien esos síntomas y, aunque bromeaba con ellos, los utilizaba para dar tranquilidad a su pareja. Por eso, como sin darle importancia, le contestó:

—Te veo más inapetente. La verdad es que yo también prefiero aquellos días en que no me dabas tregua.

—Qué bobo eres. Aunque aquellas embestidas tan propias del sexo vaginal, como te gustaba decir, han bajado mucho de intensidad. No creas que no me he dado cuenta. —Sara se rio abiertamente.

—Voy a llamar a Lucía. Le diré que tenemos que explicarle muchas cosas, que venga con Garrincha.

—Igual funciona, no estaría mal.

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