Sospechosos

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35. Miércoles, 26 de junio. Rueda de prensa de la Ertzaintza

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35 - Miércoles, 26 de junioRueda de prensa de la Ertzaintza

35. Miércoles, 26 de junio. Rueda de prensa de la Ertzaintza

La rueda de prensa fue espectacular. Se realizó en la sede central de la Ertzaintza en Erandio, localidad cercana a Bilbao. Acudieron todos los medios conocidos: locales, nacionales y también algunos extranjeros.

El comunicado de las policías circuló de inmediato y se convirtió en la noticia estrella que acaparó la actualidad informativa.

La detención de los dos autores apenas dos semanas después del primer crimen y al día siguiente del segundo había sido un éxito y lo mediático de las víctimas hizo que no se hablara de otra cosa.

Si bien la operación se había realizado en Francia, la investigación principal era de la policía vasca y así se recogió en todas las informaciones. En el Departamento de Interior del Gobierno vasco estaban exultantes y Sara llevaba varias horas recibiendo felicitaciones de instancias oficiales y privadas.

La consejera de Interior estuvo presente en el acto, sentada en la mesa con Sara y Fabretti, aunque se abstuvo de intervenir y les cedió a los inspectores todo el protagonismo. Sara lo hacía muy bien; tenía tablas y un punto de espontaneidad acompañado de gestos profesionales propios de la policía.

Aunque jurídicamente no eran muy ortodoxas, expresiones como «sicarios indeseables», «mafiosos», «retirarlos del mercado cuantos más años mejor» o «que nos dejen vivir en paz» eran impactantes y hacían más relevante la importancia de las detenciones.

—Las investigaciones continúan, todavía no hemos detenido al promotor de estos crímenes. Los franceses eran dos auténticos profesionales contratados para matar. Por ello entenderán que no podamos entrar en muchos detalles —dijo Sara.

Fabretti expuso una versión muy general de las acciones y algunos datos de los autores, sin revelar cómo, por qué y cuándo supieron que eran ellos. Varias fotografías de los killers fueron distribuidas entre los periodistas.

En el turno de preguntas, casi todas iban dirigidas en el mismo sentido: ¿Quién podía estar detrás? ¿Se trataba de una venganza? ¿Había un chantaje? ¿El asesinato de Luisa se podía haber evitado? ¿Por qué la familia no había sido protegida? ¿Podía tratarse de negocios turbios?

Sara saltó con cara de pocos amigos y, con un tono duro, manifestó que todos los protocolos de protección se habían puesto en marcha, pero aún no podían dar explicaciones sobre algunas cuestiones. La investigación seguía su curso y ya tendrían tiempo de aclararlas.

—La familia Echevarría está muy satisfecha del trabajo de la policía y así nos lo han hecho saber —soltó Sara a sabiendas de que solo era una impresión de lo que pensaba la familia.

Cuando el acto parecía tocar a su fin, un conocido periodista de un diario local alzó la mano y preguntó:

—¿Es verdad que han pedido varios millones a la familia y que existe un chantaje cuyo origen son negocios turbios y estafas?

Fabretti presionó el brazo de Sara e intervino al instante, evitando así que lo hiciera ella.

—La instrucción de los asesinatos la lleva un juzgado de Bilbao y otro de Madrid. Ambos han decretado el secreto de las actuaciones. Nosotros no podemos desvelar ningún dato relevante que no sea público, pero les adelanto que no deben dar credibilidad a los rumores que como ese y otros circularán estos días.

Fabretti se levantó, seguido de Sara y de la consejera, dando por terminada así la rueda de prensa.

—Has hecho bien en contestar, podía haberlos mandado a donde tú sabes. Ya les vale, siempre liando y complicando las cosas.

—Tampoco es para tanto, la pregunta ha dado en el clavo. Voy a pedir a Ongi Etorri que siga Twitter y Facebook, igual nos llevamos alguna sorpresa.

—Adelante. Por cierto, éxito total, están llamando de todos lados, las felicitaciones son increíbles —dijo Sara.

—Ya, pero no entiendo… no se dan cuenta de que lo más importante está por resolver.

—Mejor así, nos dejarán más tranquilos.

—Lo de la satisfacción de la familia te ha quedado muy bien.

—Es gente tan educada y previsible que nunca te equivocarías con una afirmación así —comentó Sara sonriente.

Ramón me llamó para darme la noticia de la detención. Aunque no me la esperaba, tampoco me extrañó. No me lo comentó, pero imaginé que la familia estaría pensando que, si se hubieran adelantado las detenciones, se podría haber evitado el crimen de Luisa. Aunque era inútil darle vueltas. Una vez que ocurren las desgracias es muy fácil ponerles remedio.

En todo caso, estaba satisfecho y quedamos en llamarnos tras la rueda de prensa.

Teresa se alegró sinceramente de la detención y de que volviera la tranquilidad a la familia. De manera instintiva comenté que los asesinos de verdad, los que habían dado la orden, todavía estaban libres y ese seguía siendo el peligro.

—Marido, no pensarás que van a contratar a otros para continuar con el resto de la familia, ¿verdad? No los veo en una ETT pidiendo un par de sicarios para unos meses.

Me sorprendió por su sencillez, pero el argumento de Teresa era irrefutable. Por lo menos esto se pararía durante una buena temporada, aunque no tenía nada claro que esto acabara así.

No tuve tiempo de opinar porque el nombre de Lucía apareció en la pantalla de mi teléfono móvil.

—Teresa, tu amiga —comenté mientras me llevaba el dedo índice a los labios para que no dijera nada.

Lucía se acababa de enterar y estaba catatónica. Ella también lo veía como un final, no podían tener un «ejército… preparado». Eduardo estaba confuso, contento pero todavía desbordado, sin saber qué iba a pasar.

—Ese chico es listo, Lucía. Esto ha mejorado, pero no sabemos cómo va a acabar.

—¿Has pensado algo? Igual es hora de que hables con Sara y Fabretti. Tú representas a la familia.

En cuanto lo oí, una carcajada salió de mi garganta, ante la extraña mirada de Teresa.

—Olvídate, yo no voy a hablar. Solo de pensar en ellos se me extiende un malestar por todo el cuerpo.

—Tú verás, pero no sé por qué.

—Lucía, tenías que estar cerrando tus maletas.

—Pero tenme al tanto, por favor. A Eduardo su padre no le cuenta nada.

Cuando colgué, Teresa ya se había enterado.

—Esta mujer está trastornada, no quiero saber nada de ella, es superior a mis fuerzas.

Después de terminar la rueda de prensa me volvió a llamar Ramón. Estaba tranquilo, había hablado con todos sus hermanos, con la viuda, el viudo y con su madre. Como me dijo textualmente, «la familia ha respirado».

Me expuso una serie de consideraciones muy parecidas a las expresadas por Teresa, concluyendo que veía muy difícil que hubiera un peligro inminente.

—En todo caso, esto hay que resolverlo. No podemos pasarnos el resto de nuestra vida con la angustia de que cualquier día otro de la familia puede caer.

—Ramón, volvamos al principio. ¿Por qué quieren mataros? ¿A qué viene el chantaje de los diez millones de dólares?

—Garrincha, no lo sé, tiene que ver con Ignacio, de eso estamos convencidos. Quizás se derive del asunto del petróleo y de los años que Willy pasó en prisión, pero poco más puedo decirle. Créame, no estoy ya para esconderle nada.

Quería creer a Ramón, pero entonces…

—¿Sabemos algo de Willy? —me preguntó.

—Después de estar con mis contactos en Madrid no he vuelto a tener ninguna noticia. Si él quiere puede localizarme.

—¿Se lo habrán cargado?

—No lo sé, pero su desaparición es muy extraña. ¿Y el Comendador? —pregunté.

—Sigue sin dar ninguna señal. Los plazos han vencido, a Luisa la han matado. Ha podido desaparecer como Willy. Igual es él.

—Quién sabe, pero no lo creo.

—Toda la familia sigue con sus planes de desaparecer una temporada. Es verano y nadie tiene obligaciones que no puedan esperar.

—¿Y el funeral?

—Mañana aquí, en Madrid, y al día siguiente una misa en el Carmen de Neguri. A partir de ahí desaparecemos todos. Bueno, mi hijo Eduardo se va esta noche con Lucía. Mejor así, esto va a estar lleno de cámaras y paparazis.

—Estaremos en contacto, Ramón.

—Lo estaré, también tiene el móvil de Carlos.

—Y si da señales de vida el Comendador, avíseme.

—Desde luego.

Cuando colgué no tenía claro si realmente había algo que hacer. Tenía la impresión de que ahora tocaba esperar, tanto en lo del doctor Ramírez como en lo de la familia Echevarría.

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