Sospechosos
36. Jueves, 27 de junio. Aparece un cadáver en la playa de La Arena
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36 - Jueves, 27 de junioAparece un cadáver en la playa de La Arena
36. Jueves, 27 de junio. Aparece un cadáver en la playa de La Arena
Rebeca y David habían terminado sus clases y comenzaban unas largas vacaciones que comprendían la estancia de un mes en Reading. Sara quería celebrar con ellos el buen curso recién acabado y quedaron en comer todos juntos en el Gloria de Zierbena. Aunque eran días en los que Sara y Miguel estaban liados, se podían permitir un rato al mediodía. Hacía tan buen día que dieron un paseo por el puerto antes de acercarse al restaurante.
Habían recibido unas fotos de las familias con las que se iban a alojar y con expectación comentaban lo que les iban pareciendo. Su impresión no era mala y siempre sería mejor que lo del verano pasado en Hastings. En Reading —célebre por la prisión en la que cumplió condena Oscar Wilde y escribió su famoso poema La balada de la cárcel de Reading— había una chica de la edad de Rebeca y un chico de la de David. Además, los padres de ambas familias parecían más jóvenes.
Aunque no era lo más recomendable, en la zona habría suficientes españoles para no sentirse solos y los hermanos estaban cerca el uno del otro. Rebeca echaría de menos a su novio, pero Sara sabía que habían quedado en verse. Londres estaba cerca y los vuelos desde Bilbao eran diarios.
Estaban en pleno almuerzo y Rebeca y David intentaban sacarles información sobre el caso Echevarría. Los hijos recordaban el anterior caso de Lucía y el entonces nuevo fichaje del Athletic, y tras los recientes asesinatos y su repercusión mediática ambos querían conocer lo que no aparecía en los periódicos ni en las redes sociales. Sabían que su madre no soltaría prenda pero, aun así, hacían elucubraciones para ver la reacción de los mayores.
David había oído que se trataba de un chantaje de muchos millones y que la próxima víctima podía ser Eduardo.
Su madre sonreía y Miguel les dijo:
—No os creáis nada. Ni nosotros sabemos cuáles son los motivos, aún nos queda mucho trabajo.
—Los que apretaron el gatillo ya están detenidos —dijo Rebeca mientras soplaba sobre su dedo índice como si fuera el cañón de una pistola.
—Es cierto, pero nos faltan los organizadores y los que dieron la orden. Y, claro, debemos evitar que contraten a otros para seguir matando —dijo Sara.
—Yo pienso que no es tan fácil —comentó David.
—Tienes razón, no lo es y no creo que ocurra —contestó Miguel.
Cuando estaban en esto, sonó el móvil de Sara. Era Gabarrita y llamaba desde la brigada.
—Jefa, perdone que la moleste, pero hay noticias. No sabemos aún su alcance, pero he imaginado que querría conocerlas cuanto antes.
—Ningún problema, cuéntame.
—Nos acaban de llamar desde la playa de La Arena. Han encontrado un cadáver con dos tiros, uno en el pecho y otro en la nuca.
—¿Se sabe quién es?
—Está sin documentación, es un varón blanco de mediana edad, alto, fuerte y no parece nacional.
—Explícate.
—Quizás sea nórdico, alemán, americano o inglés. Eso es lo que nos han transmitido los compañeros.
—¿Tenemos alguna denuncia de desaparición?
—No de estas características. ¡Ah! Se me olvidaba decirle que el cadáver ha sido arrastrado por las olas hasta la playa y lleva varios días muerto, por lo menos cuarenta y ocho horas.
—¿Lo ha visto el forense?
—Está ahora allí y esa ha sido su primera impresión.
—Gracias, Gabarrita, por haber llamado. Pon en circulación las fotos entre nosotros y también entre la policía nacional, la Guardia Civil y la INTERPOL.
—Las estamos preparando. Aunque se lo hayan cargado aquí, el asunto quizás venga de fuera.
—Luego nos vemos.
—Agur, Sara.
La playa de La Arena estaba muy cerca de donde se encontraban, en el municipio de Muskiz, junto a la refinería de Petronor. Larga y profunda, abierta al mar y muy concurrida es, además, la más cercana a los núcleos urbanos de la margen izquierda del Nervión y en esta época ya recibía mucha gente.
Aunque en menos de diez minutos podían estar allí, a Sara no le pareció urgente ni necesario acercarse y, sin darle mayor importancia, continuaron con el almuerzo sin tan siquiera comentar el macabro descubrimiento.
Con los planes de Rebeca y David, y el recuerdo de sus aventuras del verano pasado, se les pasó el tiempo volando. Cuando se dieron cuenta eran ya las cuatro y cuarto de la tarde.
Sara intercambió algún comentario con su novio sobre la llamada recibida y, tras dejar a sus hijos en casa, se dirigieron a la comisaría.
A última hora de la tarde, cuando iban a irse, recibieron una llamada de la policía nacional de Madrid. Se acababan de enterar de que había aparecido el cadáver de un hombre con dos tiros. Por las características y fotografías recibidas podía ser la persona que estaban buscando.
El inspector Felipe Gómez informó a Sara sobre una investigación que estaba llevando en Madrid relativa al juego clandestino e ilegal y también al tráfico de cocaína. Un inglés al que vigilaban había desaparecido hacía unos días y nadie sabía dónde se encontraba. El 21 de junio lo tuvieron localizado en el Hotel Landa de Burgos con un personaje de Bilbao. El último día que se tuvo constancia de su existencia fue en Madrid el domingo 23. A partir de la tarde de ese día nadie lo había vuelto a ver.
Sara quedó en mandarle de inmediato las huellas dactilares y esa misma noche la llamó a su teléfono móvil.
—Inspectora, es el mismo. Se llama William Johnson. Necesitamos quedar con ustedes, habíamos pensado pasar por su brigada mañana por la mañana.
—Ningún problema. Estamos en la comisaría de Deusto.
—Tenemos un avión a primera hora. En cuanto embarquemos en Barajas le envío un mensaje.
—Hasta mañana, Felipe.
—Nos vemos, Sara.
La verdad es que Sara no le dio demasiada importancia y así se lo comentó a Gabarrita y a Fabretti.