Sospechosos

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37. Viernes, 28 de junio. Una sorpresa para Sara y Fabretti

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37 - Viernes, 28 de junioUna sorpresa para Sara y Fabretti

37. Viernes, 28 de junio. Una sorpresa para Sara y Fabretti

El inspector Felipe Gómez dejó recado en la comisaría de que llegarían hacia las nueve y media de la mañana. No era un día especialmente complicado y tanto Sara como Fabretti quedaron en recibirlos. Estaría también Gabarrita, el encargado de todos los trámites acerca del cadáver aparecido en la playa de La Arena.

El inspector de la nacional se presentó puntual, acompañado de la inspectora Adriana Arechavaleta. Adriana era de Durango y conocía bien Bilbao, donde estudió. Siempre que podía volvía por su tierra, sobre todo para ver a su madre, que todavía vivía en Durango. Ambos inspectores eran de edad parecida, en la mitad de los treinta, y su carrera parecía muy consolidada a tan temprana edad.

Felipe era el responsable de la brigada contra el juego ilegal y clandestino y Adriana era la segunda de la brigada de estupefacientes y el enlace responsable con la DEA, la agencia americana de lucha contra las drogas. Querían explicar la investigación del caso con detalle, convencidos de que en el norte podía encontrarse parte de la trama que querían desarticular. Como los inspectores vascos ponían cara de sorpresa empezaron con la historia.

La investigación trataba de una red de timbas clandestinas donde se movía mucho dinero y donde se habían producido actos de represalias graves a quienes no habían podido pagar sus deudas. El chantaje a un juez del Tribunal Supremo había acelerado la investigación.

Tenían situado a un colombiano de Barranquilla que trabajaba en una gestoría y vivía en el barrio de Tetuán como el cabecilla del grupo criminal que se dedicaba a organizar las partidas ilegales. Estas se celebraban en varias ciudades de Madrid, como Las Rozas, Torrelodones y El Escorial, y en la capital en un chalé de El Viso. Solían rotar, las casas se alquilaban para cada ocasión y nunca se repetía la misma más de dos veces al mes.

El chalé en el lujoso barrio de El Viso era la estrella y el fijo de la entrada ascendía a quinientos euros, siendo la apuesta mínima de doscientos. En el resto de las partidas era de la mitad. En el precio de entrada estaba incluida la bebida, la comida y el servicio de guardarropa y guardacoches.

En cada casa se organizaban tres mesas y se jugaba al póker en sus diferentes modalidades. Todas las semanas había dos sesiones, normalmente viernes y sábado por la noche.

Avanzando en esta investigación, cazaron otra actividad paralela del colombiano Luis Miguel. Un agente infiltrado descubrió el importante consumo de farlopa en las timbas y la venta descarada que allí se hacía. Luis Miguel tenía tratos con unos compatriotas suyos afincados en Valdemoro, quienes suministraban las cantidades que quisiera importadas desde el Caribe colombiano. Al final, el negocio de las drogas parecía más importante o, por lo menos, más lucrativo que el del juego. El de Barranquilla también vendía farlopa a través de la gestoría y se localizaron varios puntos de venta que dependían de él.

—Bien, pero por eso no hemos venido a Bilbao. Si estamos aquí es por Willy Johnson, cuyo cadáver apareció con dos disparos en la playa de La Arena —dijo Felipe.

—Queríamos situarlos en el origen de la investigación —añadió Adriana.

—Adelante, han despertado nuestro interés —comentó Fabretti.

Los inspectores continuaron exponiendo cómo habían comprobado una relación especial entre Luis Miguel Cárdenas y un inglés llamado Willy Johnson, instalado en Madrid desde hacía unos meses. Este tenía su domicilio en el barrio de Tetuán, el mismo donde vivía Luis Miguel, concretamente en la calle Bravo Murillo, y jugaban al dominó muchas tardes en el bar Gurugú. Aunque no habían podido confirmarlo aún, tenían también otro tipo de tratos.

—Nos parece que puede ser un socio del colombiano en sus negocios ilícitos y lo investigamos por si fuera así. El inglés acaba de cumplir diez años de condena en una cárcel nigeriana por un delito de contrabando de petróleo. Vivía entonces en Lagos y fue condenado por un tribunal de aquel país. Nada más quedar en libertad se vino a España y se instaló en Madrid. Mantenía una relación sentimental con una mujer que había trabajado en el consulado de España en Lagos, Fátima, una mulata de nacionalidad española y funcionaria del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Ahora está en excedencia y pasan muchas noches juntos en casa de él. Willy no trabaja ni lo ha hecho en los últimos diez años, pero vive muy desahogadamente y, según la información de la que disponemos, no está buscando empleo. Aunque pudiera tener dinero de cuando el contrabando, pensábamos que podía ser socio de Luis Miguel. Él no ha participado en ninguna timba ni estuvo con los colombianos de Valdemoro, pero su comportamiento nos sorprende. Le pusimos una vigilancia discreta y hace unos días vimos que alquilaba un automóvil y salía de Madrid. Nuestra gente fue tras él y los llevó hasta el Hotel Landa, en las afueras de Burgos.

Sara y Fabretti se miraron, y Adriana y Felipe interpretaron que se estaban impacientando.

—Falta poco, enseguida acabamos —dijo Adriana.

—Por favor, lo están explicando muy bien. Como el tal Willy es el fiambre de la playa, no duden en comentarnos todos los detalles que crean necesarios —dijo Sara.

—El inglés y otro hombre más joven estuvieron durante una hora desayunando en la cafetería del Landa —dijo Felipe.

—¿Conocen el hotel? —preguntó Adriana.

—Sí, lo conocemos bien —contestó Fabretti.

—Parecía que ellos no se conocían, y la conversación aparentemente fue difícil. De hecho, Willy se fue al baño sudoroso y estuvo lavándose y echándose agua por encima un buen rato. Estaba nervioso —comentó Felipe.

—Nuestra gente no oyó la conversación, pero son impresiones que creemos acertadas —dijo Adriana.

—Tomamos la matrícula del otro y pudimos comprobar su identidad. Es de Bilbao, vive aquí y creemos que es un viejo conocido suyo. Si estamos aquí es precisamente por el historial de esa persona.

Los inspectores vascos se miraron y ambos se preguntaron quién podía ser.

—Tomás Garrincha. Creo que saben de quién hablamos.

Sara y Fabretti no pudieron disimular su desconcierto mientras se les mudaba la cara.

—Garrincha es un capo del narcotráfico, si es que no estamos confundidos —preguntó Adriana.

—Lo era —contestó Sara.

Como se dio cuenta de que los inspectores de la policía nacional no estaban suficientemente informados, Sara les contó a grandes rasgos el historial de Garrincha y su participación en los casos de Lucía. Sara y Fabretti estaban muy impactados y tampoco entraron en demasiados detalles.

Adriana completó su información indicando que el domingo Willy acudió al Gurugú para jugar su partida de dominó, pero el lunes ya no apareció. Siempre que faltaba avisaba y ese día no lo hizo. No se volvió a saber de él. En la investigación se comprobó que había alquilado un coche el lunes a las nueve de la mañana, pagó un día por anticipado y pensaba devolverlo al día siguiente. No dijo a dónde iba.

—¿Devolvió el coche? —preguntó Fabretti.

—No lo devolvió y no ha aparecido. Les vamos a dar su matrícula y modelo.

—Veremos si encontramos algo. ¿Piensan que puede estar por aquí? —preguntó Sara.

—Creemos que sí. Lo han matado en la zona y Garrincha es de Bilbao —dijo Felipe.

—Pero hay más —añadió Adriana—. Al ver que había desaparecido, el lunes empezamos a vigilar a Fátima y tuvimos una suerte inesperada. La seguimos al salir de su casa y nos llevó hasta la Cervecería Alemana de la plaza de Santa Ana. Tenía una cita.

Adriana se calló, espero y, como nadie decía nada, continuó:

—En la cervecería se encontró primero con el que era cónsul en Lagos cuando Willy fue condenado. Al cabo de un rato entró por la puerta Tomás Garrincha. Este y el cónsul se conocían, Garrincha y Fátima no lo sabemos. Los tres estaban muy preocupados, sobre todo Fátima.

Sara y Fabretti volvieron a mirarse y sus caras denotaban su sorpresa e incredulidad por lo que estaban oyendo.

—Un rato después salieron y Garrincha se fue al Hotel Miguel Ángel, donde tenía una cita con una abogada de un importante despacho americano y con buena reputación en el sector. A ella sí la conocía bien —concluyó Adriana.

Sara no podía entender que buena y abogada fueran compatibles, pero esta vez se calló.

—¿Tiene el nombre de la abogada? —preguntó Fabretti.

—Sí, un momento. —Adriana miró unas notas y le dijo—: Marta San Miguel. —Le entregó un papel con el nombre y los datos del despacho.

Después de que acabaran su informe, Sara pidió café. Lo necesitaba y, además, quería distanciarse de la información y pensar con cierta serenidad.

Mientras subían los cafés, comentaron cosas intrascendentes y Adriana Arechavaleta les contó sus estudios de criminología, su vida en Bilbao en un piso de alquiler junto a la Casilla y su incorporación a la escuela de la policía nacional. Sara, Fabretti y Gabarrita la escuchaban, pero sus mentes estaban intentando buscar una lógica a la aparición de Garrincha con un fiambre tan cercano.

Sara tomó la palabra:

—No quiero mentirles, nos ha cogido por sorpresa la información que nos han facilitado. Nuestras relaciones con Garrincha han sido tormentosas, se nos ha escapado dos veces y nos ha dolido pero, sinceramente, creíamos que estaba al margen del delito, jubilado, para que puedan entenderme.

—No sabemos cuál será su participación y protagonismo, pero pensamos que sus dos apariciones, en el Hotel Landa y en la Cervecería Alemana, no han sido casuales —apuntó Felipe.

—Seguro que no es casual —dijo Sara sin acabar la frase.

—¿Teníais material para proceder a la detención del inglés? —preguntó Fabretti.

—Aún no. Las pruebas no eran suficientes. Pensábamos seguir con ustedes la línea de investigación de Garrincha —expuso Adriana.

—¿Piensan que Garrincha está metido en alguno de los negocios de Luis Miguel o de Willy? —preguntó Sara.

—No lo sabemos, esa es la verdad, pero debe de haber alguna relación. Más cuando han asesinado al inglés.

—¿Y si no tiene nada que ver? —insistió Sara.

—Entonces, inspectora, ¿para qué tuvieron esa reunión tan complicada en Burgos? Hay alguna razón. Probablemente, delictiva —insistió Adriana.

—Puedo traerle aquí a Garrincha, pero es un hombre inteligente y, si está pringado, no nos lo va a decir —apuntó Sara.

—Nosotros vamos a detener a Luis Miguel y a otros colegas suyos. Tengan vigilado a Garrincha y veremos si sale algo de los interrogatorios.

—Ustedes tienen la iniciativa. Intentaremos vigilarlo, aunque no es fácil. Nos huele a distancia y nos conoce de sobra. En cuanto tengan algo, llámenos.

—Perfecto, estamos en contacto y muchas gracias por su atención —terminó diciendo muy formal Felipe.

Se despidieron, pero los ertzainas continuaron en silencio, sentados en el despacho de Sara sin saber qué hacer.

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