Sospechosos

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39. El doctor Ramírez está nervioso

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39El doctor Ramírez está nervioso

39. El doctor Ramírez está nervioso

Ya era viernes y el doctor Ramírez estaba nervioso. Pasaban los días y no tenía noticias. Había hablado con Marta y esta le contestó que el ingeniero se pondría en contacto con él esa misma semana, que su despacho estaba en ello.

Melitón continuaba vigilando a Garrincha pero, hasta el momento, no se había producido ninguna información relevante. A él nadie le iba a tomar el pelo, no aguantaba más. Esperaría hasta el lunes y, si seguía sin novedades, actuaría sin compasión. Eso lo sabía hacer muy bien.

Eran las nueve menos cuarto de la mañana cuando Vicente, el chófer, lo recogió en su casa y se dirigió a su oficina de la calle Velázquez.

Cuando el doctor Ramírez encendió su ordenador aparecieron dos correos de los dos bancos más importantes con los que estaba endeudado. Anunciaban que los plazos prorrogados para los pagos habían vuelto a vencer y que iniciarían de inmediato acciones judiciales. Además, su secretaria le informó de dos llamadas de los directores de zona de los bancos…

Todo se precipitaba.

Ramírez había seguido los acontecimientos de la semana y estaba sorprendido. Primero el asesinato de Luisa. La verdad es que no se lo esperaba, conocía a su marido y era un hombre de fiar. A diferencia del de Ignacio, no entendía este crimen. Solo lo explicaba una venganza o un chantaje pero, aun así, y a una mujer… Hasta en México se respetaba más a las féminas.

Y en las detenciones de los franceses, parecía que la poli había acertado, aunque eran unos meros ejecutores. Los describían como auténticos sicarios. Sonrió y una mueca perversa se le dibujó en la cara.

A la familia y al despacho americano lo último que les faltaba ahora eran esos fiambres unidos a una denuncia suya. No se lo podían permitir. Para el bufete podía suponer su bancarrota. Recordaba perfectamente el caso de Arthur Andersen con el gigante Enron.

Y la familia perdería la escasa reputación que le quedaba, además de verse involucrada en delitos graves.

Estaba convencido de que ambos iban a pagar, no tenían otra opción si no querían suicidarse. Ese fin de semana sería decisivo.

Si no tenía noticias, el domingo llamaría a Marta con un ultimátum.

A las dos y media de la tarde bajó a comer algo al Caballo Blanco. No se encontraba muy bien. Con la situación que atravesaba, quizás fuera el estrés. Aunque, la verdad, hundir a tanto hijo de puta le daba bastante energía.

Después de lo de Ignacio, a la que le tenía más ganas era a la calientapollas de la abogada. Se creía la dueña del universo y esa suficiencia se la iba a tener que tragar. Salvo el buen polvo que tenía, todo lo demás era basura. No iba a volver a ejercer en su vida, eso estaba claro. Por mucho que pagaran y taparan sus vergüenzas, iría a la puta calle.

Con todos estos pensamientos pidió un caldo con un chorrito de jerez y de segundo el pescado del día a la plancha. Lo acompañó con una copa de rioja sin darse cuenta de que su almuerzo estaba siendo observado desde la acera de enfrente. Un chaval recostado en una pared leía un periódico deportivo.

Cuando salió del Caballo Blanco, todo fue muy rápido. El joven ya no llevaba el periódico, pero sí unos guantes y un casco de moto puesto que impedía ver su cara. La ropa era de cuero negro y también de motorista. Se acercó al doctor cruzando la calzada y, sin darle tiempo a reaccionar, le metió tres balazos, uno en el pecho y dos en la cabeza. El silenciador amortiguó el ruido de los disparos.

Los que pasaban por allí solo se dieron cuenta de lo que había sucedido cuando cayó al suelo y empezó a sangrar

Un chico gordinflón se agachó y, con más voluntad que pericia, intentó hacerle el boca a boca. Enseguida alguien con más criterio le dijo que no insistiera, que estaba frito. Lo entendió cuando se lo repitió: «muerto… muerto».

El asesino, veloz y sin ningún disimulo, salió disparado hacia la calle Alcalá, donde una moto de gran cilindrada esperaba enfrente del Retiro.

Algún testigo vio lo ocurrido, pero solo contó generalidades, como indicar que era joven, la vestimenta que llevaba y que había saltado a toda velocidad a una moto inmensa, prácticamente en marcha, que huyó hacia la Puerta de Alcalá y la plaza de Cibeles. No vieron la matrícula, pero hubiera dado igual, se trataría de una moto robada que dejarían abandonada en cualquier lugar, o llevaría las placas dobladas.

La acción duró unos segundos y tampoco se le ocurrió a nadie salir corriendo tras el autor de los disparos. La gravedad de lo sucedido solo la apreciaron al ver al hombre desangrándose encima de la acera.

Aunque la acción fue discreta y silenciosa, todos los medios hablaban esa misma tarde de ella.

La biografía y la información sobre sus negocios salieron desde el principio, pero nadie se atrevía a relacionarlo con ningún asunto en especial. Se insinuaba que los negocios no le iban bien y que su importante patrimonio había menguado de forma notable.

Ningún medio de comunicación daba otra explicación del crimen. Ni que decir tiene que tampoco nadie lo relacionó con el asesinato, cuatro días antes, de Luisa Echevarría.

Marta estaba en el despacho cuando, a media tarde, recibió el aviso de un colega visiblemente nervioso y apesadumbrado.

—Le han pegado dos tiros al doctor Ramírez.

Aunque a Marta no debía sorprenderle especialmente, se quedó estupefacta, anonadada y solo pudo preguntar:

—¿Dónde ha sido?

—En Lagasca, al salir de comer del Caballo Blanco.

—¡Por Dios, qué horror! —Y empezó a temblar, mientras un espantoso frío recorría todo su cuerpo.

Era de suponer que estaría muy curtida en estas lides, pero lo que debía ser una pose no lo era. La abogada, como si se sorprendiera de hasta dónde habían llegado los hechos, estaba acojonada. Pensó en llamar a Garrincha pero, de inmediato, desistió. ¿Qué iba a decirle? Ella lo había empujado.

Le parecía obsceno pensarlo, pero sabía que era la mejor solución para todos. Y el momento también. El doctor no había tomado aún ninguna iniciativa, nadie sabía nada y todo quedaba entre Garrincha y ella.

Se hartó de leer todas las noticias y la información actualizada que aparecía en los medios y en las redes sociales. Todos informaban de que el suceso se había producido con gran profesionalidad y apuntaban a una venganza o ajuste de cuentas derivada de unos negocios que estaban naufragando.

Enseguida recibió la llamada de los directivos socios del doctor en la estafa, ante los que mostró su estupor e ignorancia sobre lo ocurrido. Uno de ellos, sin cortarse y con una sinceridad aplastante, confesó estar encantado de que hubieran acabado con ese indeseable; el otro no se quedó corto: «Me alegro, le han pagado con su misma medicina».

Cuando Marta se acostó ya estaba más tranquila y pensó con optimismo que la pesadilla se había acabado.

Se acordó de Garrincha y sonrió.

Teresa y yo habíamos terminado de comer en un bar cercano a la tienda, cuando me saltó la noticia en el móvil. Aunque no identificaba a la víctima, sabía de quién se trataba.

Nunca dudé de que la operación se realizaría correctamente porque conocía bien a la gente del francés. Pero sí desconfiaba de que pudieran hacerlo en tan poco tiempo. El éxito era completo.

Decidí olvidarme de ese asunto. No quería incorporar una preocupación más a las que ya tenía. Eso sí, estaba muy satisfecho y comprobaba que no estaba perdiendo facultades.

Pero, como suele ocurrir, las cosas nunca terminan cuando quieres.

Nada más despedirme de Teresa en la puerta de la tienda, mi vigilante madrileño se encontraba tan tranquilo tras un disfraz lamentable. Unas prendas playeras y veraniegas con unas gafas Ray-Ban de sol de un modelo antiguo con cristales verdes y unos auriculares para oír música.

Mis pensamientos circulaban rápidos y tenía claro que, tras el crimen del doctor, este hombre podía hablar y mucho. Me estaba vigilando, sabía que yo estaba en tratos no precisamente amistosos con su jefe y este caía abatido por dos profesionales. O la gente de Ramírez o la poli podían caer sobre mí.

A propósito, me lo llevé hasta casa y allí me esperó confiado mientras sacaba mi Beretta de su escondrijo y la caña de pescar con su cesta. En cinco minutos estaba otra vez abajo y haciéndome el despistado fui hasta el final del barrio, muy cerca de donde empieza el camino que te lleva a Zorroza. Lancé el sedal con el cebo a la ría y sujeté con fuerza la caña a una barandilla.

Como suponía, mi espía pasó de largo y continuó por el paseo hacia Zorroza. En esa zona, los paseantes ya eran muy escasos y, dejándole cierta distancia, me puse a seguirlo. No había andado cien metros cuando se paró y atendió su teléfono móvil.

Me di cuenta de inmediato de que era una conversación agitada y supe de qué se trataba: le estaban comunicando el asesinato del doctor. Cuando acabó la conversación, y sin darse cuenta, ya me tenía a su lado. La sorpresa fue mayúscula, sobre todo cuando le incrusté el cañón de la pistola en los riñones. Con energía lo trasladé a un lugar un poco más apartado.

—Estate quieto y obedece o te pego dos tiros ahora mismo —dije pegando mi boca a su oído y en un tono que no dejaba ninguna duda de que lo iba a hacer.

El sujeto, paralizado, movía la cabeza de arriba abajo mostrando su conformidad.

—¿Ya te has enterado de lo que ha pasado?

Volvió a mover la cabeza de arriba abajo.

—¿Vas armado?

—No —dijo con un hilo de voz casi imperceptible.

—¿Con quién hablabas?

—Con mi señora —dijo más alto, pero su cara de susto continuaba.

Mientras lo cacheaba, comenté:

—Dame la cartera y el móvil.

Cuando me los dio, dándole importancia, apunté el número de la última llamada y saqué una foto con mi móvil a cada uno de los carnés que llevaba. Se los devolví y dije:

—Sé quién eres, dónde vives y cómo localizar a tu esposa Mari Carmen. Si dices algo, os mato a ti y a tu familia, ¿entendido?

—Seré una tumba.

—Eso está mejor.

—¿Para quién trabajas?

—Para el doctor Ramírez.

—¿Cuál era tu relación con él?

—Ninguna. Me conocía de otras chapuzas y me llamó para que lo siguiera.

—¿Qué datos te dio de mí?

—Que se llama usted Tomás Garrincha, dónde vive, que se relaciona con una abogada llamada Marta y con la familia Echevarría. Me envió una nota con todos los datos. —Sacó un papel y me entregó la nota.

La leí y todo era previsible.

—¿Cuál era tu misión?

—Seguirlo, ver con quién se reunía y hablaba; sobre todo, cualquier cosa referente a la familia Echevarría. Apenas he pasado información.

—¿Te dio órdenes de limpiarme el forro?

—Por favor, ¿por quién me ha tomado? Esas nunca han sido mis funciones.

—No te creo. ¿Cuándo hablaste con el doctor por última vez?

—Ayer por la tarde. Le informé de que seguía sin reunirse con ninguno de los Echevarría pero, claro, podía hablar por teléfono.

Comprobé su teléfono móvil y, efectivamente, la llamada aparecía a las siete y veintitrés de la tarde, con tres minutos de duración.

—¿Y qué más?

—Que siguiera vigilándolo hasta el lunes; luego ya me diría qué hacer.

—¿Cuánto te ha pagado?

—Me dio cinco mil euros y cuando acabara otros cinco mil, más los gastos.

—Me parece que esos ya no los vas a ver.

Me miró fijamente, con preocupación. No sabía si se lo decía porque pensaba pegarle dos tiros o porque Ramírez ya estaba en el otro barrio.

—Toma, por lo menos esto cubrirá los gastos —dije mientras sacaba dos mil euros del bolsillo—. Pero esto tiene un precio: tú no me has visto, no sabes nada y no me has seguido. Yo no existo, el doctor no te pidió que me siguieras y nunca me has visto. Invéntate lo que quieras, pero yo no era al que seguías. ¿Entendido?

—No hay ningún problema, tenga usted la seguridad.

—Si me entero de que has dicho algo, y me enteraré, mi gente se encargará de limpiaros el forro a ti y a tu familia. Recuerda que sé dónde vivís y tengo medios para encontraros.

—Jefe, no va a tener usted queja. Es más, si necesita que le haga algún trabajo, cuente conmigo.

Sonreí y acabé la conversación:

—No es mala idea, me acordaré de ti.

Melitón dio media vuelta, se cuadró con un gesto militar y, con la sensación de haber salvado la vida, se volvió con rapidez por donde había venido.

Recogí la caña. Era poca la gente que podía habernos visto pero, en todo caso, no se había producido ningún incidente reseñable.

Otro asunto finiquitado. Estaba convencido de que con el primaveras de Melitón, vaya nombre, no iba a tener problemas. Con el susto, las amenazas y los dos mil euros tendría suficiente.

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