Sospechosos

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40. Sábado, 29 de junio. Fátima entra en juego

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40 - Sábado, 29 de junioFátima entra en juego

40. Sábado, 29 de junio. Fátima entra en juego

Cuando Fátima recibió una llamada de la policía nacional ya estaba preparada para recibir la noticia. A Willy lo habían encontrado muerto, asesinado de dos tiros. Le extrañó el lugar donde había aparecido, una playa cerca de Bilbao, pero eso era lo de menos.

Al final, el aburrimiento y la penalidad de una cárcel daban más seguridad, aunque fuera en Nigeria, que una vida en libertad. Esa podía ser la conclusión que sacaba de esta historia.

Lo sentía, se había acostumbrado a Willy y era un sostén importante en su vida. Se arreglaban bien y no merecía morir así. Todavía no sabía por qué y, aunque nadie la creyera, tampoco lo sospechaba.

Le preguntaron si era su novia y, aunque respondió que no, enseguida aceptó que era algo parecido a una novia. Al policía debió de parecerle suficiente y, sin más preámbulos, soltó la noticia, indicando que no sabía a quién comunicarle el suceso.

Fátima dio por recibida la información y no quiso preguntar por qué se había dirigido a ella.

Cuando parecía que ya se había acabado, el inspector le pidió que pasara por comisaría, querían hablar con ella. Se dio cuenta de que no tenía otra opción y, sin un mal gesto, aceptó hacerlo en un par de horas.

Fátima se sentó en el salón de su casa, estaba sola y pudo derramar unas lágrimas sinceras y desahogarse de la tensión de los últimos días. Se agarraba a que solo fuera un mal presentimiento pero, al final, su cuerpo palpitaba e intuía que las cosas no iban a salir bien.

La aparición del cadáver no era una liberación, aunque pasar todos los días por el Gurugú, por su piso y no saber nada de nada había sido angustioso. Fali la miraba con lástima y sus compañeros del dominó no sabían qué decirle. Solo el gato Poe transmitía lo que ya sabía, que el inglés había pasado a mejor vida.

Ahora tocaba empezar a olvidar y guardar el luto de un duelo no tenía ningún sentido. Desde ese momento, su objetivo tenía que ser hacer borrón con el pasado. Se iría de Madrid, sin importarle el destino; bueno, a Nigeria no, cualquier consulado podía valer.

El olvido empezó a organizarlo con unas gestiones iniciales. Llamó a Joaquín Avilés y cuando oyó su voz se cortó sin poder seguir. El cónsul lo intuyó y preguntó:

—¿Lo han encontrado?

—En una playa cercana a Bilbao, con dos tiros. Llevaba varios días muerto.

—¿Te ha llamado la poli?

—No sé por qué se han dirigido a mí, pero sabían que era su novia o algo parecido. Enseguida iré a verlos.

Joaquín no dijo nada, el silencio se prolongaba y Fátima continuó:

—Me han llamado porque conocen mi historia con él desde Lagos. La van a sacar, estoy convencida.

—¿Piensas decírselo?

—Creo que es lo mejor. Él está muerto. No sé lo que habrá hecho, pero ya no puede tener más castigo y, como bien sabes, yo no he participado en nada, ni antes ni ahora.

—Si es inevitable que salga lo de Ignacio, infórmales de lo que sabes, pero no aventures sospechas.

—No lo haré. Además, no las tengo. Me cabrea que quieran cerrar los crímenes endosándoselos a Willy, cuando él no fue.

—Eso, Fátima, ya no te incumbe. Retírate y olvídalo, es lo mejor. ¿Te ha dejado algo?

—Puso a mi nombre parte de su dinero, así estaba más seguro ante cualquier investigación. A mí me parece mucho.

—Pues quédatelo. Te lo mereces, eras la persona más cercana y a la que más quería. Lo has cuidado y has estado junto a él muchos años.

—Es muy sencillo quedármelo. No tengo que hacer nada. Desconozco si tiene algún pariente, pero no podrá reclamarme nada. Está a mi nombre desde el principio y no se ha tocado.

—Me alegro, Fátima.

—Querría que llamaras a Garrincha. Sabes que Willy estuvo el otro día con él en Burgos. Que lo sepa, pueden complicarle la vida.

—Se lo diré, aunque la reunión del Landa tú no la conocías.

—Simplemente le diré a la poli que me llamó Garrincha y los puse en contacto.

—Fátima, yo no existo. Me conoces del consulado y nada más.

—Correcto.

Recibí la llamada mientras estaba tumbado en el salón de casa leyendo una novela policiaca. Estaba absorto con El último barco de Domingo Villar, disfrutando con el inspector Caldas y la ría de Vigo. Desde que leí hace unos años La playa de los ahogados me había convertido en un fan de Villar y de su protagonista, el poli Leo Caldas. Además, conocía bien la zona donde transcurría la novela, tanto Vigo como su ría y los pueblos de Moaña y Tiran.

La semana había sido agitada y quería tener un fin de semana tranquilo. A primera hora ya estaba pescando y disfrutando del Nervión, que circulaba con un caudal abundante y agitado. El tiempo era tan bueno que enseguida el barrio de Olabeaga se llenó de gente pero, aun así, era donde mejor estaba.

Ahora, ya más calmado, estaba buscando a Mónica Andrade con Leo Caldas y su ayudante Estévez, el poli aragonés.

—Garrincha, soy Joaquín.

—El cónsul, te escucho.

—Malas noticias. Willy ha aparecido muerto con dos balazos en el cuerpo.

—Vaya, ya lo siento. ¿Sabes dónde?

—Por tu zona, creo que se llama la playa de La Arena.

—La conozco. ¿Cuándo lo mataron?

—No lo sé, pero creo que llevaba varios días sin vida. Ha llegado hasta la playa arrastrado por el mar.

—¿Te ha llamado la poli?

—A mí no, a Fátima hace un rato. Enseguida se va a pasar por la comisaría, aquí en Madrid.

Me callé mientras repasaba con rapidez la situación. Sabiendo la relación del inglés con Fátima, a la policía no le resultaría difícil llegar hasta mí. Fátima no se callaría, no tenía por qué.

Como no decía nada, el cónsul continuó:

—Es probable que, a poco que indaguen, salga tu nombre. Fátima no querrá complicarse la vida en un asunto que no le concierne; además, Willy está muerto y no necesita ninguna ayuda. Lo que sí mantendrá es que el inglés no ordenó matar a ningún Echevarría.

—Probablemente será así. Tampoco el tema va conmigo, yo lo único que quería era ayudar a la familia.

—Lo sé, yo aún pinto menos y Fátima me mantendrá al margen de todo.

Quizás esperaba que yo dijera algo parecido, pero bastante tenía con lo mío, así que no me pronuncié. Nos despedimos porque ninguno de los dos deseaba continuar con la conversación.

Tenía poco tiempo para organizar lo que iba a hacer. Sara y Fabretti se acabarían enterando. Ellos llevaban la investigación del asesinato de Ignacio y, en colaboración con la nacional, estarían encima del de Luisa. Ambas policías estarían coordinadas y el asesinato del inglés lo llevarían conjuntamente.

Estaba perdido. Mi nombre iba a salir hoy mismo en la declaración de Fátima. Esta mujer no iba a esconder mi identidad y el cónsul me lo había insinuado con bastante claridad. Estaba decidido: me adelantaría a ellos y le daría normalidad a nuestra relación. Intentaría evitar que quisieran hacer cualquier tontería; por ejemplo, detenerme.

Me encontraba nervioso pero, a la vez, cierta paz se colaba en mi nueva situación. Quizás tuviera razón Lucía cuando me pedía que llamara «a nuestros queridos inspectores». Y yo pensando que estaba trastornada.

Mi investigación había sido muy limitada, los avances escasos y no tenía sospechas de fundamento.

Llamé a Ramón y me cogió el teléfono al instante. Para él fue una sorpresa bastante desagradable, estuvo rápido y lo primero que me soltó fue que la Ertzaintza iba a acusarlos de mentirles y de reservarse información relevante. No lo sabía, pero hasta podía ser un delito de obstrucción a la justicia.

Aunque tenía motivos para estar preocupado, quise quitarle dramatismo al asunto y le conté que declararía que era una investigación discreta que llevaba yo y que todavía no había dado ningún fruto. A William Johnson no lo conocían y les había informado por encima de quién era, sin más.

—Me parece bien. Daremos un perfil bajo sobre esas cuestiones, como si fuera algo ajeno a nosotros.

—Lo que quiero, Ramón, es que quede claro que os estaba ayudando a petición vuestra. Me conocisteis en la boda, era el padrino de su nuera y, cuando mataron a Ignacio, me rogasteis que os echara una mano.

—Por supuesto, así es. Cuente con nuestro apoyo.

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