Sospechosos
41. Garrincha con Sara y Fabretti
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41Garrincha con Sara y Fabretti
41. Garrincha con Sara y Fabretti
Cuando llamó el inspector Rodrigo Leñero ya había aparecido el automóvil alquilado por Willy. Se trataba de un Renault Mégane y se encontraba perfectamente aparcado en Pobeña, un barrio de Muskiz muy cercano a la playa donde apareció el cadáver.
El coche no había llamado la atención y fue una patrulla de la Ertzaintza quien, al comprobar su matrícula y modelo, se dio cuenta de que coincidía con el que buscaban. Avisaron de inmediato a Sara y trasladaron el vehículo, que se encontraba en perfecto estado, a la policía científica para su examen.
Leñero expuso con precisión los datos que había recabado, comprometiéndose a presentar un informe escrito a lo largo del día.
Situó a Ignacio Echevarría en Lagos, encarcelado junto a Willy, por un presunto delito de contrabando de petróleo. A diferencia de la condena de veinte años del inglés, Ignacio quedó en libertad a los pocos días. Aquel pasó diez años en prisión, su pena había sido revisada hacía unos meses y fue puesto en libertad. Entonces se trasladó y se instaló en Madrid.
En Lagos, Willy tenía una relación con Fátima, que se mantuvo mientras estuvo en la cárcel y continuó en Madrid, aunque no vivían juntos. Esta relación era sabida en el consulado de Lagos y no se escondía.
También explicó la presencia de Joaquín Avilés, entonces el cónsul de España en Lagos, quien intervino cuando el escándalo del petróleo y facilitó la puesta en libertad de Echevarría.
—No es difícil concluir que William Johnson tenía un buen motivo para vengarse de Ignacio y su familia, a quien culpaba de haberlo abandonado a su suerte mientras Ignacio salía en libertad pocos días después de su detención.
—Buen trabajo, Rodrigo. Esto nos aclara muchas cosas.
—Solo faltaba. Nuestra gente en Lagos conocía perfectamente el caso y nos han facilitado sin problemas todos los datos. Con el informe voy a enviaros un dosier con la sentencia condenatoria de Willy, la resolución administrativa con la multa a Echevarría y recortes de la prensa nigeriana con la información del caso. También algo sobre la libertad de Willy hace unos meses.
—Perfecto, colma nuestras aspiraciones. Sinceramente, nos has puesto en el buen camino.
—Ya lo sabes, Sara. Cualquier información que desees, si está en nuestras manos, te la proporcionaremos. Y, por curiosidad, mantenme informado de cómo acaba este caso.
—Descuida, lo haré.
Sara estaba con Fabretti, que había oído la conversación, y ambos se miraban sorprendidos porque no esperaban tanta claridad y precisión en la información. La relación de Ignacio con Willy explicaba muchas cosas y entre otras apuntaba al inglés como el principal sospechoso de contratar el asesinato de Ignacio. Lo único que fallaba es que él también había sido asesinado y que el crimen de Luisa no tenía mucho sentido.
—Te habrás dado cuenta de que la familia nos ha mentido. Esta información era muy importante y se la han callado —dijo Fabretti.
—Sí, y es una información decisiva. ¿Por qué lo habrán hecho?
—Parece que nos han sustituido por Garrincha —apuntó Fabretti sonriendo.
—Lo que faltaba. Qué impresentables, esto no va a quedar así.
La mañana del sábado prometía. Llamó Gabarrita para contarle a Sara la investigación que estaba realizando sobre la abogada Marta San Miguel y el despacho donde trabajaba.
—Sara, ¿te acuerdas de los dos directivos de las constructoras que declararon el otro día?
—Sí, claro, los representados de Logística del Norte.
—Pues las dos constructoras figuran como clientes importantes del despacho y la socia responsable de esa cuenta es Marta San Miguel.
—Vaya, qué bueno, otra sorpresa, parece que las encajan. Muchas gracias, Gabarrita, buen trabajo.
Se volvieron a mirar y los dos pensaron lo mismo. Garrincha atendiendo a Fátima, al cónsul y a la abogada. Aparecía al frente de toda la investigación.
Pero la mañana les iba a deparar más sorpresas. Cuando preparaban desde casa la comparecencia de los Echevarría y del propio Garrincha, en el móvil de Sara apareció el teléfono de la comisaría de Deusto. Era una llamada urgente y personal, según le comentó la ertzaina de recepción. Sara dudó, nunca hubiera aceptado una llamada sin identificar, pero su intuición la animó a aceptarla, creía que no se iba a equivocar y así fue.
—Sara, soy Garrincha. Comprenderá que si la llamo es por algo importante, necesito quedar con usted.
—Vaya rapidez. ¿Nos lee el pensamiento? Ábamos a convocarlo para tomarle declaración, no deja de sorprenderme. Veo que no ha perdido usted los reflejos. Pero no piense que con esta llamada libera sus obligaciones con la justicia.
—Es lo último que pensaría —dije esforzándome para no soltar una carcajada, pero pude continuar con gravedad—: La he llamado cuando me ha parecido que debía hacerlo.
—Vamos, Garrincha, no quiera tomarnos el pelo, que no somos gilipollas. Nos llama para evitar venir entre dos policías en un coche patrulla.
—Sara, veo que su imaginación no ha perdido su brillantez habitual, pero no voy a discutir.
—En un par de horas nos vemos en comisaría.
—Allí estaré.
—Pero qué hijo de puta es este tío. —Sara se dirigió a Fabretti—. Se ha adelantado antes de que actuemos. Probablemente, Fátima lo habrá llamado para contarle que los nacionales conocen sus andanzas.
—Ha sido rápido, es lo mejor que podía hacer y es lo que hay. Tampoco lo íbamos a traer esposado, el resultado va a ser el mismo.
—No es igual. Él nos llama, toma la iniciativa y viene a contarnos su investigación, a hacernos un favor. Me pone de muy mala hostia pero, como dices, es lo que hay —respondió Sara, que no podía ocultar su cabreo.
—Si te parece, mejor esperar a que nos cuente y luego llamamos a los hermanos.
—Estarán en contacto y compinchados, pero esperaremos. ¿Y con la abogada qué hacemos?
—Tiene secreto profesional. No nos va a decir nada —apuntó Fabretti.
—La tendremos en la reserva. Por ahora, los cementeros nos interesan menos.
Eran las doce y media del mediodía cuando entré en la comisaría de Deusto.
—Esto está igual que siempre —dije mientras me sentaba en una sala fría, sin ventanas y casi vacía situada en el primer piso. Una mesa y unas sillas baratas de oficina constituían el único mobiliario y decoración. Todo estaba muy desangelado.
—Está peor —contestó Sara sin querer normalizar la conversación.
También estaba Fabretti, que, revisando unas notas, se limitó a un saludo formal. Ninguno de los inspectores quería recordar viejas historias ni permitir un aire de colegueo, para que no se les revolvieran las tripas.
Parecía que nadie quería desbloquear la frialdad de la situación y fui yo quien comenté:
—Si les parece, les doy la información que tengo y ustedes la valoran.
Aunque los inspectores no respondieron ni hicieron ningún gesto, estaba convencido de que iban a grabar y, probablemente, filmar la conversación. Dieron una silenciosa conformidad a que empezara a hablar y es lo que hice.
Acompañándome de una cuartilla escrita a mano, empecé contando la boda de Lucía y Eduardo y mi papel de padrino de la novia. Cuando lo dije me dio la impresión de que no lo sabían y pude apreciar un gesto de incredulidad y sorpresa, que quisieron disimular sin conseguirlo.
Les conté que Ignacio Echevarría me abordó en la boda para pedirme ayuda, indicándome que me llamaría y la posterior solicitud de ayuda por parte de la familia tras su asesinato.
Sara muy seria me dijo:
—Concrétenos en qué consistía esa ayuda y todo lo que hizo.
La miré sin decir una palabra, pero fue suficiente para que entendiera que no estaba dispuesto a que me tocara los cojones.
Continué explicando mi actuación durante todos estos días. No expliqué mi relación con Marta ni que ella me había puesto sobre la pista de Willy a través del cónsul; tampoco me referí a Avilés. Solventé mi acceso a Willy a través del consulado inglés en Lagos.
A la familia la mantuve bastante al margen de todo, indicando que la investigación del inglés la hice por iniciativa propia, lo cual era cierto, y que solo cuando ya estaba avanzada les conté mis averiguaciones. Ellos conocían el lío que había tenido Ignacio hacía más de diez años en Nigeria, pero no le habían dado ninguna importancia. Sobre Willy no tenían ninguna noticia.
Al acabar de contar la reunión del Hotel Landa en Burgos, les expuse mi opinión. Ni Willy era el Comendador ni había financiado u organizado el crimen de Ignacio y Luisa. Les di detalles: Willy habló de euros y la carta hablaba de dólares; el asesinato de Luisa era contradictorio con el chantaje y el plazo para el primer pago; y lo acordado con el inglés en el Landa.
Aunque era consciente de las lagunas que dejaba, me callé y preferí esperar a las preguntas que estaba seguro que me iban a hacer. De esta forma conocería mejor lo que sabía la poli.
—Vamos a ver, Garrincha, ¿por qué se reúne usted con Joaquín Avilés y Fátima Nkono en la Cervecería Alemana de Madrid? ¿Y por qué lo hace a continuación con la abogada Marta San Miguel en el Hotel Miguel Ángel?
Quise que no se notara mi sorpresa, pero no sé si lo conseguí y contesté muy rápido:
—Cuando mataron a Luisa, tres días después de la reunión en el Landa, llamé a Fátima porque el inglés no me contestaba. Me dijo que a ella tampoco y que estaba preocupada. Había desaparecido.
Me miraron como si no me creyeran y continué sin dejarlos intervenir:
—El cónsul vino con Fátima, se conocían de su trabajo en el consulado de Lagos. Joaquín también conocía a Willy. Y con la abogada contacté al principio de todo por el asunto de los cementeros, pero era una pista que enseguida descarté.
Me pidieron explicaciones sobre de qué conocía Fátima y lo que no les cuadraba de la presencia del cónsul. Les di una versión sencilla y no comprometida, pero acabaron diciendo que hablarían con todos. Después de unos segundos revisando sus papeles, Sara me preguntó:
—Garrincha, si no ha sido Willy ni los cementeros, ¿quién ha organizado los dos asesinatos y el propio chantaje? Los franceses son unos sicarios de película, pero las dos acciones necesitan mucha preparación e información.
—No lo sé, la familia tampoco y somos conscientes de que estos asesinatos necesitaban mucha preparación y quién sabe si también cercanía a las víctimas.
—Y, entonces, ¿a Willy quién se lo ha cargado? —preguntó Fabretti—. El hecho de que estuviera en Bilbao y se lo carguen aquí no puede ser casual. Alguna relación debe de tener con el caso.
—Lo que comenta, inspector, tiene su lógica. Pero, créame, no tenemos más información que ustedes.
—¿Nos podemos creer que los Echevarría no han pagado?
—Yo les recomendé que no lo hicieran y creo que me han hecho caso; además, los acontecimientos parecen confirmarlo.
Me di cuenta de que los polis estaban más calmados y su cabreo se iba apaciguando. Eso me venía bien y debía ser prudente para no estropearlo. No todo lo que había contado era verdad pero, sobre todo, no era toda la verdad.
—Estoy dispuesto a colaborar en lo que ustedes entiendan conveniente. Por supuesto, confirmen con la familia lo que acabo de contarles. Una cuestión: si el inglés estuvo en Bilbao y aquí fue asesinado, parece evidente que tiene relación con el affaire Echevarría y, por lo tanto, conocer con quién estuvo nos puede aclarar muchas cosas. La investigación que hagan de su crimen me parece fundamental —comenté con voz grave para disimular la perogrullada que acababa de soltar.
Sara me miró, sonrió para sí y dijo a continuación:
—Garrincha, con que no nos toque mucho los cojones nos conformamos. Infórmenos de todo lo que sepa en cuanto se entere o, de lo contrario, tendrá problemas.
—Eso está hecho. —Puse tal cara de gilipollas que ambos inspectores se rieron sin poder evitarlo.