Sospechosos

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42. Domingo, 30 de junio. Una enigmática carta

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42 - Domingo, 30 de junioUna enigmática carta

42. Domingo, 30 de junio. Una enigmática carta

Lucía, ya más tranquila, estaba haciendo las maletas en su casa de Bilbao. Aunque no habían estado en los funerales, pospusieron unos días el viaje, entendiendo que el peligro inminente había pasado.

Eduardo quería dar cierta normalidad a su comportamiento. Pensaba pasar por Lezama e Ibaigane a despedirse del personal que todavía estuviera por allí. El vuelo a Cerdeña salía al día siguiente y aterrizaría a primera hora de la tarde en el aeropuerto de Alguer.

Al sacar un blazer de Eduardo de la percha de un armario para meterlo en la maleta, comprobó los bolsillos por hábito y encontró un sobre con una carta dirigida a él.

No era una mujer especialmente curiosa ni se dedicaba a espiar a su marido, pero no pudo dejar de leer el remitente: Ignacio Echevarría, su tío asesinado.

La carta era de unos días antes de su boda y la leyó, extrañándole que no le hubiera comentado nada.

Querido Eduardo:

No creo que te extrañe saber que ando con problemas económicos serios. Pero no te escribo para pedirte dinero y menos ahora que te vas a casar. Ya me conoces. Además de tu tío, soy tu padrino y eres mi sobrino favorito.

Mi preocupación se deriva de un tema antiguo, olvidado. Alguien que ha salido de una cárcel en el extranjero quiere complicarme la vida y lo está consiguiendo. Tengo un temor fundado a que pueda dirigirse a ti. Eres un gran deportista, muy conocido y mediático, y puede tener la tentación de presionarme a través de ti.

Si es así, comunícamelo y no entres en su juego, no quiero que te involucre para nada. Igual me estoy precipitando pero, por si acaso, te pongo sobre aviso.

Me gustaría la mayor discreción por tu parte, ya que el asunto no es precisamente agradable. Cásate y olvida todo esto, Lucía es una mujer estupenda.

Un beso muy grande.

Ignacio

Lucía leyó la carta varias veces y se dio cuenta de que era importante. No era de ponerse nerviosa, pero se alteró. Sacó varias fotos, la introdujo en el bolsillo de la americana donde estaba y volvió a meterla en el armario.

Cogió otra chaqueta y, mientras la ponía en la maleta, pensó en cómo tratar el asunto con Eduardo. Decidió hablar con Garrincha y lo llamó al momento.

—Tomás, tengo que verte, es urgente.

—¿Problemas?

—No lo sé, quiero comentarte algo, a mí me parece importante.

Como veía que no contestaba, Lucía añadió:

—He encontrado una carta, quiero que la leas.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—Bien, en media hora en el parque, junto al estanque de los patos.

—Nos vemos.

Sabía perfectamente que Lucía no me llamaría para una tontería. No quise preguntarle nada, no me fiaba de que las comunicaciones no estuvieran intervenidas.

Me dirigí andando hacia el parque; era media mañana y hacía calor. El paseo de Olabeaga estaba lleno de gente y el parque no le andaba a la zaga. Aunque era domingo y las playas eran receptoras de miles de vecinos deseando estrenar el verano, había personal para todo.

Junto a los patos se estaba muy bien y allí, en un banco, encontré a Lucía esperándome y con ganas de soltar la información. Me senté a su lado y me explicó cómo había encontrado la carta. La abrió en su teléfono móvil y me lo pasó para que la leyera.

Esperé antes de hablar. Alguien nos había estado engañando y muchos de los equívocos se habían provocado adrede. Pero tampoco entendía que Eduardo hubiera estado callado después de recibir esta carta. O, por lo menos, cuando mataron a su tío Ignacio. ¿O sí habló y alguien muy cercano no quiso que se supiera?

Lucía me miraba y se impacientó:

—Por favor, Tomás, di algo. Esto es importante.

—Entiendo que Eduardo no te mencionó nada de la carta.

—Nada.

—¿Y estamos seguros de que la leyó?

—Estaba abierta y en su chaqueta. Es una de las que usa habitualmente.

—Probablemente no quería preocuparte. Se puede entender, pero a su padre estoy seguro de que se la enseñó.

—¿Antes o después del crimen de Ignacio?

—No lo sé, pero lo importante es que alguien de la familia lo ha sabido y se ha callado. A mí no me han dicho nada y era una cuestión muy relevante.

—¿Cómo lo interpretas?

—Lo más evidente es que Willy sale de la cárcel, retoma el asunto que le hizo cumplir diez años en la cárcel y le pide dinero a Ignacio. No lo tiene y da largas. Pero el inglés quiere cobrar.

—¿Y se lo carga?

—No lo sé, pero no lo creo.

—Qué familia más extraña —comentó Lucía un tanto desmoralizada.

—¿A Eduardo llegaría a llamarlo? La carta es para avisarlo.

—Yo no noté nada. Creo que me hubiera dicho algo. Se lo podemos preguntar —apuntó Lucía.

—Espera, podemos jugar con la sorpresa.

—¿En qué piensas?

—Willy no sale de la cárcel y sin más llama a Ignacio y luego, quizás, a Eduardo. Para ello contactaría con alguien. Hay dos personas que tienen que saberlo: Fátima y el cónsul.

—Pues habla con ellos —dijo Lucía con rapidez.

—Desde luego. No les voy a dar ninguna excusa, tienen que cantar. Pero piensa que la familia también lo sabía, por lo menos tu suegro y Carlos.

—No entiendo por qué no han dicho nada.

—Yo tampoco, a veces me parecen unos miserables que quieren proteger hasta su último euro.

—Garrincha, tú decides. Mañana salimos para Cerdeña.

—¿Ramón se ha ido ya?

—Sí, está en Miami.

—¿Y Carlos?

—No lo sé, pero puedes llamarlos por teléfono.

Me callé mientras miraba el estanque donde los patos montaban bastante alboroto.

—Me voy a Madrid. Quiero empezar por Fátima y el cónsul. Luego iré a por la familia.

—¿Hablo con Eduardo?

—Por ahora no, ya veremos más adelante. No podemos agitar el avispero.

La idea de que había mucho hijo de puta, y no solo en una dirección, me rondaba por la cabeza y cada vez se afianzaba más. Seguimos los dos callados. A Lucía se la veía afectada, como si se sintiera traicionada.

—Mujer, intenta olvidarlo, has hecho lo que tenías que hacer. Déjame a mí. Para esto me han contratado.

—¿Y te lo crees? No sé muy bien para qué te han contratado.

—Yo tampoco lo sé.

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