Sospechosos
43. Lunes, 1 de julio. Garrincha vuelve a Madrid. Quiere aclarar muchas cosas
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43 - Lunes, 1 de julioGarrincha vuelve a Madrid. Quiere aclarar muchas cosas
43. Lunes, 1 de julio. Garrincha vuelve a Madrid. Quiere aclarar muchas cosas
El lunes a las ocho de la mañana ya estaba otra vez saliendo de la estación de autobuses de Garellano con dirección a Madrid.
No había llamado a nadie y quería pillarlos por sorpresa. El orden lógico me llevaba a hablar primero con Fátima, luego con el cónsul y acabar con Marta.
Antes de hablar con los Echevarría, quería conocer con suficiente precisión qué había pasado con Willy, antes, durante y después de salir de prisión.
Solo queriendo esconder muchas vergüenzas se entendía el silencio de la familia. Pero Fátima y el cónsul también habían participado conscientemente en ese ocultamiento.
Cuando llegué a Madrid con todos estos pensamientos en la cabeza llamé a Fátima de inmediato. Lo hice desde las cocheras de la avenida de América.
Estaba apagado o fuera de cobertura. Me tomé un café tranquilamente en la terraza de una cafetería cercana, entre ruido de coches, humo y mucho calor.
Al cabo de media hora, volví a llamar y lo mismo. Dejé un mensaje inocuo y simpático, pero sin ningún convencimiento; decidí pasarme por el bar Gurugú, convencido que desde allí sería más fácil localizarla.
Aunque no conocía su dirección exacta, sabía que se encontraba en el barrio de Tetuán, por la zona alta de Bravo Murillo. Un taxi me dejó por allí y el segundo hombre con pinta de ser del barrio al que le pregunté me indicó dónde se encontraba.
El bar era un adefesio y bastante parecido a lo que me había imaginado; me coloqué en la barra y pedí una caña. La pequeña terraza de la acera estaba llena pero dentro estábamos otro cliente y yo. Atendía la barra un hombre entrado en los cincuenta que tenía pinta de ser el dueño. No lo pensé demasiado y me dirigí a él:
—Por favor, me llamo Tomás Garrincha y estoy buscando a Fátima. Acabo de venir de Bilbao y no me coge el teléfono. Quería quedar con ella.
—Fátima… —dijo sin continuar con la frase, invitándome a que me explicara.
—La amiga de Willy. —Noté una expresión de alerta en su cara y, al mismo tiempo, de desconcierto. La aproveché y me lancé.
Le expliqué por encima quién era, mi relación con el inglés, con Fátima y el cónsul… y le comenté que quizás me recordara al haber contestado a mis llamadas hacía unos días, cuando preguntaba por Willy y me presentaba como un amigo de Bilbao.
Aunque no dijo nada, me di cuenta de que se acordaba perfectamente de ello.
—¿Sabrá usted que Willy fue asesinado?
—Lo sé, qué desgracia.
—Ayer fueron detenidos por la policía algunos amigos suyos y esto está muy revuelto.
—¿Han detenido a Fátima? —pregunté extrañado.
Moviendo la cabeza de izquierda a derecha me indicó que no.
—Pero por el bar no se ha acercado desde que encontraron el cadáver en aquella playa.
—Mire, quiero que la localice y le diga que Tomás Garrincha quiere verla. Me puedo acercar a donde me diga.
—¿Dice que no ha atendido su llamada?
—He realizado varias a este número y nada. —Volví a hacerlo delante de él.
—Espéreme aquí, voy a ver qué puedo hacer.
El hombre se ausentó de la barra entrando en lo que parecía una pequeña oficina, y al mismo tiempo salía de la cocina una chica joven que, por su cara de pocos amigos, podía haber escuchado la conversación.
—¿Ya se sabe quién mató a Willy? —preguntó con bastante naturalidad.
—Yo no lo sé, la policía lo está investigando, pero a mí no me lo cuentan —dije sonriendo.
—¿Usted no es de la pasma?
Me reí, creo que con bastante sinceridad, sin necesidad de hacer teatro, y de inmediato contesté:
—Mujer, madero jamás. Tampoco ellos me admitirían, no se crea. ¿Acaso tengo pinta de poli?
La chica se rio, me volvió a mirar y dijo:
—No, la verdad es que no, usted parece del otro bando. Es que han venido estos días por aquí y al final te despistan.
—Seguro que sí.
—Willy me caía bien, de los que vienen a diario era el mejor. Lo he sentido mucho y mi padre también. —Señaló a la habitación y continuó—: No sé lo que habrá hecho, pero aquí siempre se comportó como un caballero.
—Y lo era. Fátima me cae bien —dije por si sacaba algo.
—Fátima venía poco, pero estaba hundida cuando Willy desapareció, yo creo que lo quería mucho.
El dueño del bar entró en la barra y comentó:
—No ha sido fácil, pero la he localizado, viene enseguida.
—Se lo agradezco sinceramente.
—Ningún problema. Cuando he dicho su nombre lo ha reconocido al instante y no ha puesto ninguna pega.
Me situé en una mesa dentro del bar, junto a un ventanal, donde podríamos hablar con tranquilidad. Fali, así me dijo que se llamaba, y su hija me dejaron tranquilo y se comportaron de forma amable en todo momento.
Cuando llegó comprobé que seguía espléndida e incluso con una cara más serena, menos angustiada y crispada que hacía unos días.
—¡Qué sorpresa, Garrincha! ¿Hay problemas? —dijo con naturalidad mientras se sentaba en la mesa.
No quise marear la perdiz y entré directamente:
—Pues por lo menos hay novedades. En la investigación de los crímenes han salido nuevos elementos o pistas y pienso que usted nos los puede aclarar.
—¿En la investigación de la poli?
—Por ahora la policía no sabe nada de esto y tampoco lo he hablado con nadie más.
La puse al tanto de mi visita a la Ertzaintza y de que era probable que la llamaran. No le dio mayor importancia y me dijo que su declaración encajaba en lo que yo le había contado.
—Por cierto, ¿se sabe quién asesinó a Willy?
—No que yo sepa.
—Un café cortado.
Pedí a Fali su café y otra caña para mí mientras nos observaba y se hacía el distraído. Quien no se perdía nada era un gato negro, muy educado, que con cara de pocos amigos se sentó en un alféizar cerca de nosotros, observándonos con interés.
—Este es Poe —dijo Fátima—. Toda una institución.
—El nombre lo dice todo.