Sospechosos

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44. Fátima se sincera

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44Fátima se sincera

44. Fátima se sincera

Le leí la carta recibida por Eduardo y comenté las conclusiones inmediatas más lógicas.

—Willy trató con Ignacio al salir de la cárcel. Le exigía un dinero, creo que mucho dinero, que entendía era suyo. Ignacio no se lo dio y ahí comienza todo lo que vino después, incluidos los asesinatos de Ignacio y Luisa.

—¿Qué ha dicho Eduardo? ¿Habló con Willy o con alguien de su parte?

—No hemos hablado con él, antes queremos saber con detalle de qué va todo esto.

—Pero ¿y la carta?

—La hemos conseguido por azar. Eduardo no se lo contó a la policía, no lo comentó con su esposa e ignoramos si lo habló con alguien de su familia.

Fátima se calló y no contestó. Como veía que yo no decía nada, preguntó:

—¿Y qué quieren de mí?

—Saberlo todo, Fátima. No somos la policía, pero podemos tener buenas relaciones con ella. Si no nos convence lo que nos cuenta, iremos con la carta y que continúen con la investigación.

—Tampoco crea que me importa. Tengo poco que ocultar y no he cometido ningún delito, pero prefiero hablar con usted. Lo valora y ya sabrá lo que debe hacer.

—Se lo agradezco. Adelante.

—Willy e Ignacio ganaron mucho dinero con sus negocios de petróleo. Cuando los detuvieron, el inglés tenía algunos ahorros: parte se la quedó la administración nigeriana; una cantidad estaba a mi nombre, protegida por un premio de lotería que yo cobré y que no he tocado desde entonces; y otras cantidades más importantes que, aunque eran suyas, estaban gestionadas por terceros.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

—Lo mío asciende a quinientos mil euros, además de unos cien mil, aproximadamente, de intereses. Lo pendiente de cobrar, unos tres millones de euros de principal más lo que hubiera cundido.

—¿Y dónde estaba?

—No sé quién lo tenía ni dónde estaba, pero Ignacio lo sabía y, quizás, también el cónsul, aunque esto último no se lo puedo confirmar.

—¿Y cuando salió de la cárcel?

—Se lo explico. Habló con Ignacio, creo que por persona interpuesta. No negó la existencia del dinero y comentó que intentaría recuperarlo porque él nunca lo había tenido. Le habló de una sociedad con testaferros en Gibraltar y que averiguaría quiénes la formaban. Como comprenderá, Willy montó en cólera y se sintió estafado.

Parecía que Fátima no quería seguir, estaba sonriendo al gato negro, que escuchaba muy atento, y tuve que empujarla para que siguiera.

—Continúe, por favor. ¿Tuvieron algún encuentro? ¿Ignacio mandó a alguien?

—Willy nunca llegó a quedar personalmente con Ignacio. Hizo gestiones, habló con algún familiar y también intervino el cónsul. Con este se vio varias veces y yo creo que mandaba bastante.

—Pero no le pagaron y se cargaron a Ignacio y a Luisa.

—Eso fue después. Estoy convencida de que esos crímenes no los encargó Willy, él fue el primer sorprendido.

—Pues no lo entiendo. Le deben mucho dinero, los amenaza, no pagan, se ríen de él y aparecen muertos. ¿Y asegura que el encargo no ha sido suyo?

—Así es, aunque sea sorprendente. Conocía muy bien a Willy y en estos meses hemos estado mucho tiempo juntos.

—¿Y dónde está el dinero?

—Una parte, ya le digo, la tengo yo. Mi intención es quedármelo, él estaba de acuerdo y no tengo que hacer nada, solo dejarlo estar. El resto, no lo sé.

Interpreté el hecho de volver a sacar otra vez lo del dinero que guardaba como una solicitud para mi conformidad. Intervine al instante:

—Por mi parte, si usted me cuenta la verdad y me ayuda, no hay problema. Pero, si no es así, lo sabrá la pasma y dudo que permitan que se lo quede.

—Estoy diciendo la verdad y ayudaré en todo lo que pueda.

—Continúe, Fátima.

—Mi amigo quería recuperar su dinero, era suyo y se lo había ganado. Incluso lo pagó con la cárcel, al contrario de Ignacio. No reclamaba nada más, solo lo suyo. Otra cosa era matar, lo último que quería era volver a la cárcel. Cuando se enteró de que habían matado a Ignacio se alegró, pero se asustó. Créame, no fue él.

—¿Y por qué no le dieron su dinero? ¿Qué alegaba Ignacio?

—Todo era dar largas. Hablaba de un despacho de abogados de Gibraltar. Siempre pendiente de unas gestiones y Willy esperando pacientemente.

—¿Y el cónsul qué decía?

—Sé que habló con la familia, creo que con Ignacio, pero no lo sé con seguridad, pregúntele a él. Estaba preocupado y Willy hablaba con él a menudo.

—Fátima, cuando yo hablo con usted y me pone en contacto con Willy, ¿qué piensan?

—Willy piensa que la familia está asustada, a Ignacio se lo cargaron sin haber pagado y quieren arreglarlo. Por eso le envían a usted.

—¿Y no sabe quién ha matado a Ignacio?

—Está extrañado, pero no lo sabe, créame.

—Pero, Fátima, vamos a ver, el inglés en el Landa siguió el juego del Comendador y nunca negó que no fuera cosa suya.

—Quería cobrar y vería en ello una oportunidad.

—Y usted, Fátima, ¿cuándo pensó que se habían cargado a su amigo?

—Cuando desaparece y matan a Luisa, el lunes pasado. Fue una premonición, estaba convencida de que se lo habían cargado.

—¿El cónsul ha dicho algo?

—Solo lo vi cuando estuvimos los tres en la Cervecería Alemana, no he vuelto a saber de él, salvo para informarle de la aparición del cadáver de Willy. ¡Ah! También le pedí que lo llamara.

—¿Puedo localizarlo?

—Me imagino que sí.

—Llámelo y dígale que quiero verlo.

Fali se acercó y nos preguntó si queríamos comer. Podía prepararnos algo sencillo. Nos miramos, pero a ninguno de los dos nos apetecía y yo seguí con la cerveza y Fátima con el café.

Su hija nos miraba preocupada, sabiendo que allí se estaban dilucidando muchas cosas. Solo el gato parecía aceptar el descanso de buen grado y saltó de su posición dando una vuelta por el bar.

Fátima no hacía ademán de llamar al cónsul, pero se dio cuenta de que yo estaba pendiente de ella y me dijo:

—¿Quiere que llame ahora?

No le di tiempo a que ofreciera otra opción y respondí:

—Es lo mejor. He venido desde Bilbao para hablar con ustedes dos y, cuanto antes, mejor.

—De acuerdo, pero yo me piro. Hablen ustedes de lo que tengan que hablar. En todo caso, ya saben dónde localizarme.

—Antes no me lo ha cogido.

—He cambiado de número. Quería olvidar muchas cosas, pero veo que no va a ser posible. Apunte.

—Gracias, probablemente la llamaré.

—Preferiría que no lo hiciera.

No me dio tiempo a contestar porque ya estaba telefoneando al cónsul.

Cuando Joaquín Avilés vio el nombre de Fátima en la pantalla, ya sabía el motivo. Antes de acudir al Gurugú había recibido su llamada.

—Dime, Fátima.

—Joaquín, te voy a pasar con Garrincha, quiere hablar contigo.

La conversación fue formal y correcta, y no pareció sorprenderse demasiado. Quedamos a tomar un café a las cinco en el lugar de encuentro habitual.

Invité a Fátima a comer y, aunque no parecía tener demasiadas ganas, aceptó educadamente. Eso sí, me insistió en que no quería estar en la reunión con el cónsul.

Esta enigmática mujer me tenía sorprendido y no acababa de ubicarla en todo esto. Nunca había escondido su relación con Willy, y eso hablaba a su favor, pero, en cambio, se me escapaba si había tenido algo que ver en las actividades del inglés.

Fue sincera al contarme lo del dinero que tenía de Willy, incluido su origen y lavado, y eso me permitió dar credibilidad a lo que me contaba. Lo de quedarse con el dinero no lo adornó y fue muy directa. Me parecía lógico y bien, yo en su situación hubiera hecho lo mismo. Pero esa confianza que me otorgaba con sus confidencias implicaba de alguna forma involucrarme en sus historias.

—¿Qué planes tiene, Fátima?

—He pedido incorporarme al servicio y acabar con la excedencia.

—¿Se queda en Madrid?

—Creo que no. Me han hablado de algún destino vacante y probablemente podré elegir. Quiero salir de España, dejar todo atrás y olvidarme de este asunto de Willy y los Echevarría.

—La entiendo perfectamente.

—Me tienta el consulado de Tánger, es una ciudad que conozco y me gusta. Además, está a menos de dos horas de Madrid. Mi madre vive sola y ya es mayor. Puedo venir y ella visitarme a menudo. Si no tendría que pensar en Latinoamérica, allí tengo dónde elegir, en Europa está muy difícil.

No sabía cómo sacarle la conversación que tenía en mente y esperé a que nos sirvieran la comida. Estábamos en un restaurante chino que nos había recomendado Fali, cerca del Gurugú. Cuando estábamos compartiendo los platos, lo solté:

—¿Qué me puede contar del cónsul? Estoy despistado, no sé qué ha pintado o pinta en todo esto.

Fátima pareció sorprenderse y vi que se incomodaba, no sabía cómo elegir sus palabras.

—Ya lo conoce. Es un buen profesional a punto de jubilarse. Toda su vida la ha pasado representando a su país por el mundo.

Como vi que no quería pringarse, pregunté:

—¿No es raro que no llegara a embajador?

—No es tan raro. Muchos cónsules no llegan nunca. Se habló de él en alguna ocasión, pero nunca llegó el nombramiento. Hay mucha política y, según quién gobierne, se mira para un lado o para otro.

Se dio cuenta de que no me convencía demasiado cuando pregunté:

—¿No hay más?

De forma un poco enigmática contestó:

—Tuvo problemas en algún destino y acabó en el ministerio. Lleva aquí varios años. Si se lo pregunta, él se lo contará.

—¿Los tuvo en Lagos?

—También. Creo que primero fue en Lima y luego en Lagos.

—Fátima, ¿sabe de qué iban esos problemas?

—Algo oímos, pero pregúnteselo a él, yo no le he contado nada.

No debía insistir, con lo que me había dicho era suficiente. El cónsul podía tener mucho que ver con todo este asunto y cada vez tenía más claro que era una pieza fundamental.

El restaurante chino estaba muy bien y los sabores sin glutamato eran auténticos. Estaba disfrutando y Fátima cada vez me caía mejor, me parecía buena gente.

—Garrincha, estoy en un momento de mi vida en el que quiero cortar con el pasado de forma radical. No deseo complicarme la vida, quiero olvidarme de la familia Echevarría, del cónsul y, por qué no, también de Willy. En Tánger o en cualquier otro sitio quiero ser otra y cuento con el dinero que me dejó el inglés para ver mi futuro de otra forma. Soy joven, tengo cuarenta años…

Se calló sin pedirme nada, pero entendí que estos comentarios iban más allá de un mero desahogo.

—No lo tenía claro con usted, pero creo que ha sido sincera. Aunque se haya callado cosas, está colaborando para que se sepa la verdad. Para mí eso es importante. Yo no voy a complicarle la vida y hay a quien le toca la lotería, simplemente tiene suerte.

La mujer sonrió y solo me pidió:

—Al cónsul no le mencione lo que le he contado. Es mejor, créame.

Con su precaución parecía confirmarme lo que pensaba de él.

—No hay problema. No me ha comentado nada.

Esta vez la sonrisa se amplió aún más.

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