Sospechosos

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45. El cónsul no lo pasa bien

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45El cónsul no lo pasa bien

45. El cónsul no lo pasa bien

Cuando me dirigí a la Cervecería Alemana no sabía muy bien cómo encarar la entrevista. No quería precipitarme y pensaba que lo mejor era dejarlo hablar y que me contara todo lo relativo al dinero y los pasos dados por el inglés con la familia Echevarría.

Estaba en una esquina del local, sentado en una mesa leyendo un libro y acompañado de la consabida cerveza de grifo en una jarra grande. Me vio y, muy formal, se levantó para saludarme. Mantuvo una sonrisa protocolaria mientras me señalaba con un gesto el asiento para que me sentara.

Pedí un café solo con hielo, intentando despejarme un poco de la comida.

—No esperaba quedar con usted en estas fechas. Ya estoy pensando en las vacaciones y queriendo olvidar estos últimos sucesos tan desagradables. A tanto crimen uno nunca se acostumbra, sobre todo si conoces o tienes cercanía con las víctimas —dijo con tirantez, intentando demostrar que estaba realmente harto de nosotros.

—Así es, pero tengo alguna novedad y quería comentarla con usted.

Saqué el teléfono móvil y se lo pasé con las fotos de la carta para que la leyera.

—Es una carta que recibió Eduardo Basterra poco antes de su boda. El remitente fue su tío Ignacio, que fue asesinado unos días después.

El cónsul la leyó con rapidez y no tuvo que volver a hacerlo. Me entregó el teléfono como si con un vistazo ya fuera suficiente.

—¿Y qué les ha dicho Eduardo? ¿Habló con el inglés? —preguntó con seriedad, como si no le gustara demasiado lo que había leído.

—Aún no he hablado con él. Antes necesito saber de qué va todo esto. Joaquín, seamos claros. Se nos ha ocultado información clave para resolver algunos de los asesinatos cometidos. Probablemente los tres. Ni usted ni la familia me informaron de que Willy se había dirigido a los Echevarría nada más salir de la cárcel con unas exigencias que, me imagino, fueron monetarias. Para mí esto es impresentable, es como tener al enemigo dentro de casa.

—La información debe dársela la familia. Como comprenderá, estoy atado por la confidencialidad. He colaborado lealmente con usted, pero los temas de fondo eran de la familia y el inglés. Yo intenté ayudar a que resolvieran sus problemas, pero ya ve que con escaso éxito.

A diferencia de Fátima, este tío intrigante cada vez me cargaba más. Me parecía un indeseable.

—Joaquín, vamos a ver. Yo no soy la policía pero, si al final no me deja otra opción, pondré a disposición de los inspectores la información que tengo y las conclusiones que estoy sacando. La familia me hizo un encargo. Quería que investigara el asesinato de Ignacio y protegiera a la familia. Usted lo sabía, pero se quedó con información vital y confundió mis pesquisas.

—No sé si entiendo muy bien. Que Willy quería dinero era evidente. Que contactó con la familia, también, y que no se lo dieron se deduce. Pero, créame, no tengo datos para pensar que Willy encargó el asesinato de Ignacio y Luisa y le doy mi palabra de que no tengo ni idea de quién lo hizo.

—¿Usted contactó a petición de Willy con la familia Echevarría?

—Hice alguna gestión sin ningún éxito, dejémoslo ahí.

—¿Con quién?

—Con Ignacio, pero también me llamó algún hermano suyo. Hablamos por teléfono, pero no sé quién de ellos era. Si habla con ellos se lo dirán.

—¿Con Eduardo habló?

—¿El futbolista? —Asentí—. No. Nunca he hablado con él ni nadie me pidió que lo hiciera.

—Joaquín, ¿qué me puede decir del dinero?

—¿De qué dinero? —preguntó como si no supiera de qué le hablaba.

—El de Willy, el que no se sabía muy bien dónde estaba —dije en plan genérico, como si no supiera demasiado acerca de él.

—Es que el dinero era el problema principal, por no decir el único. El inglés estuvo diez años en la cárcel, pero de eso poco se podía culpar a Ignacio. En cambio, del dinero suyo sí y, como es lógico, quería recuperarlo.

—Y, claro, no se lo devolvió —afirmé con rapidez.

—Hasta donde yo sé, no.

—¿Y por eso lo mató?

—Se lo repito: hasta donde sé, Willy no lo hizo. Hable con la familia, ellos sabrán qué ha pasado con el dinero.

—¿Y usted no lo sabe?

El cónsul se calló, me miró y, al final, dijo:

—No es fácil saberlo. Los dos protagonistas están muertos, ambos asesinados. La familia, si quiere, podrá decirle algo.

—Ellos me contrataron y parece que no saben nada.

Joaquín sonrió, aunque me pareció todo teatro.

—Hace calor, tómese una cerveza de estas, lo agradecerá.

Le hice caso, en eso tenía razón. Pero ¡qué sinvergüenza!

Me había engañado como un bellaco. Recordaba cuando lo conocí, hacía dos semanas, y me contó, sin inmutarse, que no había vuelto a tener trato con el inglés, ni con Ignacio, ni con la familia.

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