Sospechosos

Sospechosos


46. Con Marta, la abogada

Página 48 de 68

46Con Marta, la abogada

46. Con Marta, la abogada

Enseguida se me pasó la sensación de haber perdido el tiempo con el cónsul. Era impensable que hubiera confesado cualquier participación suya en alguna parte de la trama. Admitió su mediación entre la familia y Willy, pero no quiso descubrir ningún secreto. El muy impresentable se escondía en la confidencialidad.

Y cuando decía que el dinero era el único problema, estaba dando a entender que alguien se lo había quedado. ¿Y si había sido él y lo tenía desde el principio? Coincidía con Fátima en sostener que Willy no había encargado los asesinatos. Y debía de ser cierto. Pero, entonces, ¿de dónde venían los crímenes? ¿Quién más tenía motivos para cargárselos? ¿Y para matar a Willy? La verdad es que seguía muy perdido.

Me apetecía ver a Marta. Esa mujer me gustaba y, además, estaba convencido de que sabía mucho del asunto. Resuelto el affaire del doctor, intentaría que su secreto profesional no le impidiera contarme más cosas. Ahora ella estaba en deuda conmigo.

Cuando cogió mi llamada, parecía estar esperándola.

—Garrincha, despistado. Seguro que estás en Madrid y me llamas para verme.

—Vaya, ¿quién te lo ha dicho?

—O sea, que estás aquí. Bien… bien…

Parecía la misma de siempre y volvía a mostrar su carácter positivo y animado.

—Tengo noticias que contarte.

—En el Miguel Ángel en una hora. No se hable más.

—Voy para allá, quiero reservar una habitación.

—Te veo.

Me instalé en una habitación doble que, como siempre, era la última que les quedaba. «Señor Garrincha, otra vez llámenos con tiempo, por favor. Cualquier día se va a encontrar con que no tenemos». «No se preocupe, la próxima vez lo haré». Por supuesto, nunca lo hacía, pero siempre quedaba la última para mí.

En el hall pedí un gin-tonic mientras esperaba su llegada. Cuando la vi, me di cuenta de que no podía venir del despacho. Un vestidito minifaldero que parecía evaporarse al andar era su único textil a la vista. Bueno, unas sandalias finísimas en las que solo se veían sus pies —bronceados, como todo su cuerpo— que, sin tocar el suelo y con las uñas pintadas de rojo sangre, avanzaban hacia donde me encontraba.

Antes de saludarme ya le había pedido al camarero, que la miraba con admiración, otro gin-tonic haciendo un gesto hacia el mío.

Sus besos me dejaron una fragancia por todo el cuerpo que provocó sin querer una imponente erección de la que me avergoncé enseguida. Creo que no se dio cuenta y pude continuar con la mente en lo que debía estar.

Era muy difícil no fijarse en lo que enseñaba a través del escote del vestidito vaporoso pero, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano del que ella se dio perfecta cuenta y pienso que agradeció, empecé explicando lo de la carta y leyéndosela un par de veces.

Al sentarme, en voz baja y con desgana, comenté:

—No tengo ganas de hablar del doctor, para mí es un tema que se me ha olvidado. ¿Te parece bien?

—A mí me pasa lo mismo, también se me ha olvidado.

Sonreímos y pasó directamente a la carta.

—Para mí está claro. Pero, dime, ¿has hablado con Fátima y el cónsul?

—Acabo de estar con ellos. Con Fátima bien, con Joaquín mal. Apenas me ha contado nada.

Marta había cambiado su expresión. La sonrisa había dejado paso a un gesto de reflexión y se quedó unos segundos pensando antes de decir nada.

—Esta es mi teoría: Ignacio avisa a su sobrino Eduardo de que Willy ha salido de la cárcel y quiere recuperar su dinero. Para ello está dispuesto a todo, incluso a presionar a una estrella mediática como es él y que no tiene nada que ver. Además, le aclara que está muy mal de dinero y no puede pagarle.

—Así es, pero según ese planteamiento, como ni Ignacio ni la familia pagan, el inglés se carga a Ignacio y a Luisa; y luego los Echevarría, como represalia, le limpian el forro a él.

—¿Y no te convence?

—No, para nada.

Marta se quedó callada y no quiso pronunciarse, aunque estaba convencido de que tenía una opinión bien fundada.

—¿Por qué no me cuentas lo que sabes?

—¡Ufff! ¿Sabes lo que implica el secreto profesional? Puedo perder mi licencia de abogada y más cosas.

Me callé, no quería recordarle mis favores y continué olvidándome del malogrado doctor Ramírez. Estuve a punto de contarle los seguimientos de Melitón, pero también lo dejé. Mejor así.

—El secreto profesional se tiene con tu cliente. No creo que este sea el caso. Por informaciones que circulan en el sector no se infringe el secreto profesional —dije muy convencido.

—Exacto. Te has explicado bien.

—¿Willy era tu cliente?

—Garrincha, no me líes. Indirectamente… sí.

—Entonces…

—Piensa un poco…

—¿Los Echevarría? —dije con cara de extrañeza.

—No. —Y se rio.

—¡Qué tonto soy! Está claro. ¡El cónsul!

Volvió a sonreír y no necesitó decir nada. Estuvimos unos segundos sin hablar, hasta que le dije:

—Lo tengo bastante claro. El cónsul gestionaba los asuntos del inglés, probablemente guardaba su dinero y negoció con la familia la devolución de lo que era suyo.

—¿Te lo ha comentado Fátima?

—No, son conclusiones mías.

—El problema es que Ignacio no tenía ningún dinero —comentó la abogada.

—¿Se lo había gastado?

—Más bien creo que se lo habían gastado.

—¿Quiénes?

—Tengo mis sospechas, sin más.

—Pero, Marta, volvemos a lo de siempre: ¿quién encargó los asesinatos?

—La investigación te toca a ti y a la policía. Yo no he entrado en ese negociado.

—¿Y el cónsul? —Harto de tanta insidia y ocultación, me atreví con la pregunta.

La abogada miró hacia arriba y hacia los lados como si buscara algo. Mi pregunta la incomodaba…

—No lo creo. Garrincha, no sé ni quiero saber quién lo ha hecho. No quiero encontrarme con un problema moral, personal y profesional de imposible solución.

La respuesta me confirmó que Marta sabía todo o casi todo.

—¿Tampoco quieres que lo averigüe yo?

—Yo no he dicho eso.

—Ayúdame, Marta.

—¿Cómo?

—Contéstame con un gesto. ¿A Willy le debían mucho dinero de lo ganado con el petróleo?

Marta hizo un gesto afirmativo.

—¿Lo tenía Ignacio?

La abogada se encogió de hombros.

—¿Alguien de su familia, entorno o amistades?

Hizo un gesto afirmativo.

—¿El dinero se había gastado o todavía…?

La abogada estaba incómoda y soltó:

—El dinero no aparecía pero, Garrincha, lo dejamos ya. He largado más de la cuenta. Habla con la familia, si quieren te pueden aclarar casi todo.

No quise insistir, era suficiente. Marta se había portado, pero mi cabeza llevaba ya un rato pensando en cosas más agradables. Esto no iba a quedar así.

Tomé su mano y, como si fuera lo más normal del mundo, le pregunté:

—¿Continuamos en mi habitación? Preparo unas copas estupendas.

Marta sonrió, esta vez con ganas.

—Prefiero que me prepares otras cosas. Muchacho, ya era hora, creí que no te ibas a animar nunca. —Se levantó sin soltarme la mano.

En el ascensor tuvimos que estar modositos porque dos guiris subieron con nosotros. Podíamos esperar unos segundos, aunque no mucho más. Se nos notaba, nuestros cuerpos mandaban unos mensajes inequívocos: los dos estábamos muy salidos.

En cuanto abrí la puerta de la habitación, y nada más encender la luz porque quería verlo todo bien, el vestido de Marta saltó por los aires sin un solo rasguño; tampoco era tan difícil. Igual lo hizo su sujetador mientras le besaba los pechos redondos y firmes, con unos pezones oscuros que se endurecían al contacto con mis labios. En volandas la llevé hasta la cama.

A ella parecía que aquello también le gustaba y no sé cómo se las arregló para que mi camisa y mi pantalón volaran lejos del colchón. Mientras yo paseaba mi lengua por todo su cuerpo, Marta agarró mi instrumental con poco tacto aunque, la verdad, no me importó, y sin esperar ningún permiso se lo llevó a la boca.

Aquello para un hombre que debía mantenerse entero era terrible, pero conseguí aguantar como pude. Enseguida ataqué sus bajos, donde me di cuenta de que había mucho trabajo atrasado.

La abogada empezó a gritar mientras con las manos sujetaba mi cabeza para que ni se me ocurriera levantarla. Enseguida empezaron sus espasmos y fui testigo de un orgasmo prolongado. Solo entonces me permitió que la penetrara y continuara con esas embestidas tan propias del sexo vaginal.

De vez en cuando me miraba y se reía como diciendo: «¿Cómo hemos esperado tanto para hacer esto?».

Me vacié enseguida y creo que lo agradeció, acompañándome en una sinfonía coral que los dos acometimos a la vez con sonidos parecidos. Muy sudorosos, nos solazamos y disfrutamos de tanta guarrería.

Como Marta conocía las exigencias de la higiene y la limpieza, saltó enseguida al cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha y dejó la puerta abierta.

Lo entendí como una invitación y, sin pensármelo dos veces, me metí debajo de la ducha. Aprovechándome de mi altura y posición, la penetré desde detrás, y la abogada agradeció sinceramente este detalle. No tardamos en volver a corrernos y, entonces, ya pudimos lavarnos bien para quitarnos tanto fluido desparramado.

Marta seguía mirándome y se reía. Ninguno de los dos hablaba y tampoco queríamos pedir explicaciones. Había ocurrido lo que tenía que ocurrir; no cabía duda de que el guion lo exigía.

Continuamos en la cama, derrengados, como en un duermevela buscado. Al cabo de un buen rato, Marta me preguntó:

—¿Vas a hablar con la familia?

—Sí, y espero sacar algo en limpio.

—Prefiero no aparecer para nada. Mi trabajo está en juego, ya me he librado de una buena, aunque no he hecho nada que no supieran mis jefes.

—¿Estos polvos también los sabían? —pregunté mientras ponía cara de sorpresa, seguida de una carcajada.

—Claro, les he pedido permiso antes de venir para acá y me lo han dado. —Se acercó y me dio un beso suave en los labios—. Tomás, al final todo acaba saliendo, y el despacho y yo preferimos estar muy lejos.

—Por mí no hay problema.

—Es lo mejor. Lo de esta noche tampoco ha pasado nunca, ¿de acuerdo?

—Creía que no lo habíamos pasado tan mal.

La abogada volvió a reírse e insistió:

—Nos despedimos en el hall. Hazme caso.

—Ya está olvidado. —Me puse serio. Se me acercó y me volvió a dar otro beso en los labios.

—Tampoco es eso, no tenemos por qué olvidar nada.

Esos comentarios cursis no nos llevaban a ninguna parte y quería salir de ellos.

—Otra cosa, Marta. La información que consiga necesitaré contrastarla, saber qué hacer con ella… Déjame que te llame.

—De acuerdo, pero con una condición. Nuestras conversaciones nunca habrán existido y la información que te dé la has conseguido por Fátima, la familia, el cónsul o por quien quieras. De lo contrario, no hay trato.

—Condición aceptada.

Marta se acurrucó sobre mi pecho y se quedó dormida. Un buen rato después, miró la hora y saltó de la cama. Buscó la ropa, se la puso, envió un par de mensajes con el móvil y se fue, despidiéndose con una sonrisa mientras levantaba la mano.

Ir a la siguiente página

Report Page