Sospechosos
47. Martes, 2 de julio. La Ertzaintza se impacienta
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47 - Martes, 2 de julioLa Ertzaintza se impacienta
47. Martes, 2 de julio. La Ertzaintza se impacienta
En la comisaría de Deusto seguían con la investigación. La autoría inmediata estaba prácticamente cerrada. Las pruebas contra los franceses Bernard y Pierre eran tan abrumadoras que incluso un abogado local que colaboraba con el penalista francés ya se había puesto en contacto con la fiscalía de Bilbao y Madrid para sondear un posible acuerdo. Seguían sin declarar, pero lo tenían muy mal. Ambos sabían, y sobre todo sus abogados, que las pruebas para determinar quién apretó el gatillo no dejaban lugar a duda.
El problema era que tenían muy poco que ofrecer. El abogado Iñaki Galíndez, con despacho abierto en Bilbao pero muy asiduo de la Audiencia Nacional y los juzgados de Madrid, comentó con la fiscalía que sus clientes ignoraban quién había encargado el contrato. Un intermediario de la mafia marsellesa se puso en contacto con ellos, les dio la información necesaria y se encargó de los pagos. Pero era un intermediario de los bajos fondos que repetía lo que le mandaban. Curiosamente, todas las instrucciones llegaban en un impecable francés y español. Sus clientes no tenían datos para llegar al marsellés y, menos aún, a los que encargaron los crímenes.
Aunque sostenían que no habían cobrado, eso no era creíble. Quizás faltaría una parte, pero el resto estaría a buen recaudo esperando a su salida de prisión.
Sara y Fabretti no descartaban seguir la vía marsellesa para ver a dónde conducía. Junto con la gendarmería, trataban de conseguir datos para localizar a ese intermediario. Aunque ahora lo importante era llegar al autor intelectual. La presión había descendido enormemente y no solo por parte de los jefes de la Ertzaintza y del Gobierno vasco, sino también de la propia familia Echevarría, que parecía adormecida y dispersa, sin demasiado interés en exigir nada.
Sara y Garrincha lo tenían claro: el asunto se había cerrado en falso. Además, tenían el crimen del inglés, del que nadie se acordaba ya. El mismo consulado británico se olvidó del tema una vez encontrado el cadáver y el coche de alquiler.
—Parece evidente que al inglés no se lo cargaron ni Pierre ni Bernard.
—En teoría es posible. El tiempo, aunque al límite, es compatible con el asesinato de Luisa, pero no tiene demasiado sentido, sería muy rebuscado todo —apuntó Fabretti.
—La verdad es que estamos muy lejos de aclarar, y menos de resolver, nada.
—Y la familia missing.
—Ramón en Miami, Eduardo y la lerda de Lucía en alguna isla perdida y Carlos ilocalizable —dijo Sara.
—Podemos empezar por el cónsul y Fátima Nkono —dijo Fabretti.
—Los colegas de la policía nacional ya han estado con ella, nos han mandado el vídeo y dice muy poco. Han detenido a amigos del inglés por las timbas y por tráfico de drogas, pero parece que eso no tiene nada que ver con él.
—Nos queda el cónsul.
—Adriana Arechavaleta me contó que lo iba a citar un día de estos. Mejor esperamos a su declaración —dijo Sara—. Miguel, ¿te das cuenta de que Willy vino desde Madrid a Bilbao o alrededores y no sabemos nada? Ni dónde ni con quién estuvo. Coincide con el crimen de Luisa, pero tampoco podemos relacionarlo. No tenemos nada.
—Y Garrincha descojonándose de nosotros. Cada vez que lo recuerdo aquí sentado, tan modosito y diciendo: «Esto está igual que siempre», «Estoy dispuesto a colaborar en lo que ustedes entiendan conveniente»… me pongo de una mala hostia…
—Nos recuerda historias anteriores pero, ahora, ¿de qué podemos acusarlo?
—Es un impresentable. Si fueran legales podrían aclararnos muchas cosas, pero no lo son. Estamos perdidos, todo es confusión. Hay que pillar por los huevos a Garrincha o a alguien de la familia, es la única manera de avanzar algo.
Sara y Fabretti salieron de la comisaría y enseguida cambiaron de conversación. Fabretti había hecho una reserva en O Grove, en un hotelito situado en medio del pueblo que tenía muy buena pinta. Los días contratados eran del veinte al treinta. El treinta y uno recogerían a Rebeca y David en el aeropuerto.
A Sara se le dibujó una sonrisa en la cara en señal de satisfacción.
Estaba ya en Bilbao, en mi casa de Olabeaga. Teresa seguía en la tienda trabajando y yo despatarrado en un sofá del salón recibiendo el sol en la cara, que aún era suave y agradable, dándole vueltas a todo.
Mi teléfono móvil sonó y vi en la pantalla que era Lucía.
—¿Qué tal está usted? —dijo Lucía con voz bastante suelta y poco angustiada.
—En casa, recién llegado de Madrid. Con muchas gestiones a cuestas, ya te imaginarás.
—Cuéntame algo.
—Con Fátima bien; me confirmó nuestras sospechas. Willy se puso en contacto con la familia y exigió su dinero.
—¿Lo tenían?
—Ignacio o alguien de su entorno se lo había quedado.
—Pero no se lo dieron —contestó Lucía.
—Correcto, aunque me aseguró que Willy no había encargado el asesinato de Ignacio ni el de Luisa.
—¿Y la creíste?
—Sí, estoy convencido. El cónsul, aunque de forma más confusa, tampoco pensaba que hubiera sido él.
—¿Qué te contó ese pájaro? —dijo convencida y me extrañó, pues en nuestras conversaciones apenas habíamos hablado de él.
—Se cerró en banda. Reconoció algún contacto con la familia, pero nada más. Sabe mucho más de lo que dice y se escuda en la confidencialidad. Nos remite a la familia.
—Ya, claro. Estoy segura de que el cónsul es la clave de todo.
—Cuéntame, parece que sabes más que yo.
—Te cuento. Sin decirle que había encontrado y leído la carta, estos días hemos hablado. Eduardo ha terminado con la selección y ya estamos en Cerdeña. Por cierto, es una maravilla, muy cara pero fantástica, te la recomiendo. Y está al lado.
—Creo que está llena de famosos y futbolistas.
—Sí, pero la mayoría son italianos y pasas desapercibido.
—Sigue, Lucía, que te he interrumpido.
—Pues hemos hablado y repasado todo, y, claro, ha salido el recado enviado por Ignacio. No me ha dicho que fuera una carta, pero su contenido coincidía totalmente. A Eduardo no lo llamó Willy ni nadie en su nombre. Él lo habló con su padre y Ramón le quitó importancia al asunto. Tanto él como Carlos estaban encima del tema y lo mejor era que se olvidara. Se trataba de negocios antiguos y de deudas pendientes de cerrar.
—Es decir, solo lo sabían Ignacio, Ramón y Carlos. ¿El resto no? —pregunté para no perderme.
—Bueno, después del asesinato de su hermano, un día llamó Luisa porque quería saber lo que había pasado. Ignacio le había contado lo de la carta y Eduardo se lo confirmó, pero añadió que a él no se había dirigido nadie.
—Es curioso que Luisa, la única enterada además de Ramón y Carlos, haya sido asesinada.
—He pensado lo mismo. Pero hay más. Cuando mataron a Ignacio, Eduardo habló con su padre y este le pidió que no mencionara nada de la carta. Y, escucha, le contó que había un diplomático que sabía dónde estaba el dinero de Willy y lo estaba jodiendo todo. Cuando llegó la carta del Comendador, lo mismo: «Estamos en ello, Eduardo. El pájaro ese (refiriéndose al cónsul) tiene que soltar la pasta». Luego vino el crimen de Luisa y ya fue la hecatombe. Desde entonces no han vuelto a hablar con Eduardo.
—¿Y se sabe algo más del cónsul?
—Eduardo no sabe nada, aunque cree que su familia nunca ha perdido el contacto con él.
—Qué hijo de puta. Conmigo siempre está como si eso no fuera con él. Una cosa, ¿quién cree la familia que se ha cargado a Ignacio y Luisa?
—Directamente los franceses, de eso no hay duda, pero del encargo no saben nada, por lo menos Eduardo no lo sabe. Tampoco piensan que fuera el inglés.
—¿Y el cónsul?
—Eduardo no me ha dicho nada. Yo creo que no tiene ni idea.
—Por lo menos, aunque nos movamos entre tanto rufián, hay cosas que se van aclarando.
—No lo sé. A mí me parece todo muy confuso. No entiendo por qué no te lo cuentan a ti si te han encargado la investigación.
—No me vengas con acertijos, hay mierda por medio, mucha mierda. Y si a Ignacio y Luisa no se los cargó el inglés, ¿quién lo hizo? ¿El mismo que a Willy?
—¿En quién piensas?
—Todavía en nadie, pero empiezo a creer que es la misma mano. Me han estado tomando el pelo y esto no puede seguir así.