Sospechosos
48. Garrincha intenta hablar con la familia Echevarría
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80Garrincha intenta hablar con la familia Echevarría
48. Garrincha intenta hablar con la familia Echevarría
Me di un paseo por Abandoibarra, bordeando la ría desde casa hasta el puente del Arenal. Eran unos tres kilómetros que, con el día templado y luminoso, me ayudaban a despejarme y a asimilar las últimas novedades.
Bueno, lo que había asimilado sin ningún problema era el polvazo de la víspera, cuyo recuerdo me hacía sonreír y comprobar que todavía estaba en forma. Pensaba que esas fogosidades habían pasado a mejor vida y, mira por dónde, de forma natural y sin buscarlo, había saltado la sorpresa.
¿Marta estaría pensando en algo parecido? Bueno, ella podía estar con quien quisiera. Esa mujer era un cañón, aunque la impresión que me dejó fue la de una despedida sexual en toda regla. No iba a tener continuidad y eso era lo mejor para ambos.
¿Y qué hacer con la historia en la que estaba metido? Cuando pensaba en eso, varias piraguas compitiendo pasaron a la altura del Guggenheim. El efecto multicolor de las camisetas y las propias embarcaciones componían una estampa preciosa. Estuve siguiéndolas con la vista, pero enseguida me dejaron atrás.
Volví a la pregunta que me hacía y la respuesta no era otra que acabar a hostias con Ramón y Carlos Echevarría. Eran unos auténticos canallas y ya solo me importaban mi orgullo y mi honor. Cualquier otra cosa era secundaria.
Bajé hasta el Arenal y desde un banco con una buena sombra, con la iglesia de san Nicolás enfrente y el kiosco de música a mi espalda, llamé a Miami.
—Ramón, soy Garrincha.
—¿Cómo está? ¿Hay novedades?
—Sí, las hay. Necesito hablar con usted y también con Carlos.
—Yo estoy en Miami.
—¿Cuándo vuelve?
—No tengo fecha, pero mi intención es quedarme hasta finales de agosto. Es lo que hablamos y a todos nos pareció lo mejor.
—¿Y Carlos también está fuera?
—No lo sé. Igual todavía está en Neguri. ¿Me puede decir de qué se trata? Cualquier aviso me lo puede dar por teléfono.
—No es ningún aviso.
—Da igual, lo escucho.
Con parsimonia y siguiendo un guion que tenía preparado, expuse sin excitarme demasiado mis nuevas averiguaciones, sin especificar la carta encontrada en la chaqueta de Eduardo aunque sí su contenido. Le hablé también de mis conversaciones con Fátima y el cónsul.
—Como comprenderá, esto es muy grave. Me han ocultado ustedes información muy importante. Estaban negociando con el inglés la devolución del dinero, que lo tenían ustedes o sabían quién lo tenía, y yo estaba dando palos de ciego por ahí. He sido muy flexible, pero por esto no voy a pasar. Ha habido varios muertos y no sé si todos, pero alguno se podía haber evitado.
Aunque utilicé un lenguaje correcto y lo dije con serenidad, Ramón se dio perfectamente cuenta de mi indignación y de la gravedad de las acusaciones realizadas.
—Garrincha, no se precipite en sus juicios. Solo le falta concluir que el inglés se cargó a mis hermanos y nosotros a él.
—¿Y no fue así?
—Por favor, nosotros no tenemos nada que ver con su muerte, lo que él hiciera no lo sabemos.
—Ramón, vamos por partes. Ustedes negociaron con el inglés la devolución del dinero, ¿sí o no?
—No estoy en condiciones de contestar a esa pregunta. Es todo más complicado.
—Pero Willy se puso en contacto con ustedes y quería el dinero.
—Él no lo hizo. Utilizó a otra persona que usted conoce.
—El cónsul.
—Usted lo ha dicho, Garrincha. Hable con él.
—Lo he hecho y me dice que hable con ustedes. Según él, tiene un deber de confidencialidad.
—Es un impresentable pero, si le parece, vamos a esperar una temporada, no es necesario que siga investigando. En septiembre nos vemos y decidimos qué hacer. El peligro ha pasado y todos estamos más calmados. Hemos sufrido mucho, tenemos dos muertos en la familia, necesitamos descansar.
—Pensé que querían otra cosa de mí.
—Le estamos muy agradecidos, Garrincha, ha trabajado muy bien. Estamos dispuestos a pagarle y compensarle por todos los gastos y molestias que ha tenido, ya lo sabe…
—No es ese el tema. Entiendo que me está despidiendo. ¿No les interesa coger al asesino de sus hermanos?
—Ya lo están: los dos franceses, Pierre y Bernard.
—No me toque los cojones. ¡Estoy harto! Esos son dos esbirros. Alguien, y tengo mis sospechas de quién es, ha firmado el contrato.
—Seguro que tiene razón, pero déjelo, Garrincha, es lo mejor. Hablamos a la vuelta de las vacaciones.
Cuando quise contestar, Ramón ya había colgado.
Esto no se iba a quedar así, no estaba dispuesto a que me utilizaran vilmente con tres asesinatos por medio. Nunca había sido amigo de la policía, pero pasaría toda la información a la Ertzaintza y que siguieran ellos con la investigación.
Me levanté. Estaba nervioso y me puse en marcha para realizar el recorrido inverso hacia casa.
Llamé a Carlos, intentando adelantarme al aviso que seguro le daría Ramón, pero el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.