Sospechosos

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50. Jueves, 4 de julio

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50Jueves, 4 de julio

50. Jueves, 4 de julio

Siempre he tenido un instinto especial para saber si me están siguiendo. Tantos años de estar en la calle, con el alma en vilo, pendiente de la pasma, de otros colegas, de posibles venganzas, hacían que mis alertas fueran especialmente sensibles. Además, sabía distinguir perfectamente si era la poli o la sociedad civil, es decir, otros peligrosos delincuentes.

Ese día saltó una alarma que tenía casi olvidada; bueno, lo de Melitón no contaba, era un principiante. Fue después de pescar, tras una jornada como siempre infructuosa, cuando salí de casa y me dirigí andando hacia el centro de Bilbao.

Vi a un muchacho joven apoyado en la barandilla y mirando a la ría. Era delgado y fuerte, entre los veinticinco y los treinta años, y llevaba una cazadora amplia donde perfectamente podía esconder un revólver. Por la temperatura y la época del año, no era muy lógico llevar esa prenda. Llevaba también gafas de sol, vaqueros y deportivas blancas.

No se movió ni me siguió. Pero otro joven con una pinta parecida —en edad, complexión y vestimenta— se encontraba en la plaza del Sagrado Corazón, en un lugar por donde tenía que pasar. Estaba extrañamente parado, como si esperara a alguien.

No le hice ni caso y me dirigí a la tienda de Teresa bajando por la Gran Vía, la principal arteria de la ciudad, a esas horas llena de gente y tráfico.

Mi visita a la tienda no estaba en principio prevista. Teresa se había dejado el teléfono móvil en casa y Maite me había llamado para que se lo llevara.

Al llegar ya no tuve ninguna duda. En una esquina —ya sin la cazadora, con una camiseta de un grupo musical que no conocía y sin las gafas de sol— se encontraba el joven que había visto enfrente de mi casa mirando el escaparate de una tienda de gafas.

La secuencia de lo ocurrido, en combinación con otro compinche, y el hecho de cambiarse de indumentaria, me despejaron cualquier duda. Pensé si me había fijado mal, si podía ser otro, pero era el mismo, estaba seguro. Siempre había tenido gran capacidad para retener caras, complexiones, ropa y otros detalles de una persona.

Lo siguiente fue concluir que no eran de la pasma. Su estilo, la forma de moverse, todo…

Además, la Ertzaintza, los picoletos o la nacional solían ir en parejas y cuando se separaban siempre se reagrupaban; y, normalmente, eran un hombre y una mujer.

Me preocupé, sabía cómo se las gastaban y podían ser del mismo grupo que se había cargado a los tres. Confirmaba que me estaba acercando a la verdad y lo sabían. Cada vez lo tenía más claro.

Tomé un café con Teresa y, aunque tuve que hacer un gran esfuerzo, no se me notaron los nervios que me atenazaban todo el cuerpo.

Cuando me despedí, desistí de volver andando y me acerqué a la plaza de Moyua, donde paraba el autobús de la línea de Olabeaga. Ningún sospechoso se subió y cuando bajé tampoco me esperaba nadie.

Lo primero que hice en casa fue volver a levantar la trampa disimulada en el fondo de un armario empotrado, donde tenía el escondite, y sacar mi Beretta semiautomática. Tenía también munición y, aunque llevaba tiempo sin usarla, la pistola se encontraba en perfecto estado. La limpié, la engrasé y llené el cargador. El otro día, con las prisas, la había sacado tal como estaba, con la confianza de no tener que utilizarla. Ahora podía ser distinto.

La verdad es que sentirla entre mis manos supuso de inmediato cierto bienestar, aunque no era suficiente y lo sabía.

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