Sospechosos

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52. Domingo, 7 de julio

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52Domingo, 7 de julio

52. Domingo, 7 de julio

El fin de semana transcurrió tranquilo y no tuvimos noticia alguna de nuestros amigos. Ni Félix ni yo notamos nada especial. Pensé que quizás, por su convenio colectivo, libraban el sábado y domingo.

El asturiano se camuflaba muy bien, tenía un aspecto tan común que no sobresalía por nada y se perdía entre paseantes, deportistas y ociosos que circulaban por Olabeaga. Además, utilizaba un utilitario vulgar, estratégicamente aparcado, donde pasaba tiempos muertos. Era muy difícil darse cuenta de su existencia porque, además, cambiaba con frecuencia de sitio y de automóvil.

Tuve noticias de Lucía, que seguía disfrutando de la isla de Cerdeña, porque quería que le contara algo. Pero lo nuevo que sabía no era para contar. Eduardo había hablado un par de veces con su padre y en una de ellas Ramón le comentó que era mejor olvidarse de todo y vivir tranquilos. Sin ningún dato nuevo, afirmó que el peligro ya había pasado.

El domingo por la mañana estuvimos en Portugalete. Quedamos con mis hermanos, Pablo y María, y mis sobrinos. Mis padres estaban en Benidorm y, aunque eran de pasar aquí el verano, ese año habían retrasado el regreso de lo bien que estaban.

Yo nací en Portugalete, en la calle Santamaría, y mi padre trabajaba en Altos Hornos, muy cerca de allí. En Portu pasé mi infancia y mi juventud, hasta que empecé a complicarme la vida como un insustancial. Estudié bachiller en el Patronato de Sestao, un buen colegio, y todos los días tomaba el tren hasta la estación de la Iberia, desde donde subía andando al Patronato.

Ahora, siempre que volvía a Portugalete pasaba por el bar de Aisa, en la calle Santamaría, al lado de mi casa, y entraba a saludar a Aurori, la viuda de Luis Aisa, que tantas veces me daba de merendar cuando volvía del colegio.

Entonces el bar se llamaba el Oro del Ring en honor de Aisa, boxeador profesional, campeón de España de los pesos plumas y durante unos minutos de Europa, ya que una controvertida decisión arbitral se lo retiró cuando ya se lo habían dado.

Luis era un veterano militante del Partido Comunista y por su bar pasaban muchos camaradas de la margen izquierda que luego tuvieron un gran protagonismo político y sindical. Siempre me sentí muy a gusto con Aurori y Luis, que me trataron como a un hijo. Incluso cuando me torcí en la vida, seguían preguntándoles a mis padres e interesándose por mí.

Antes de ir a comer al Gran Hotel, pasé por el bar y nos pusimos al día de las novedades del pueblo. Sabía que a Félix podía reconocerlo mi familia y no quería asustarlos ni tener que dar explicaciones. Lo hablé con él y me dijo que se disfrazaría y con una amiga nos seguirían discretamente.

La comida estuvo muy bien y mis sobrinos me contaron entre risas los novios y novias que tenían los otros, sus estudios, lo que les había quedado en junio… bueno, las cosas comunes entre unos jovencitos que ya empezaban a volar por su cuenta. Amaya ya tenía dieciocho años, María quince y Martín catorce.

Hablé con mis padres por teléfono y quien nos viera pensaría en la típica familia que apestaba a clase media. La verdad es que me entraba la risa.

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