Sospechosos
53. Lunes, 8 de julio. Garrincha es mucho Garrincha
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53 - Lunes, 8 de julioGarrincha es mucho Garrincha
53. Lunes, 8 de julio. Garrincha es mucho Garrincha
La mañana del lunes, siguiendo unos hábitos ya recuperados, bajé a pescar. Félix estaba dentro de un coche bien aparcado a unos pocos metros y me sentía protegido.
No tenía claro cómo podía garantizar mi seguridad. La Ertzaintza estaba descartada, no quería arrastrar el deshonor de su protección a mis espaldas, y con Félix no podía seguir indefinidamente.
Las vacaciones que Teresa me sugería podían ser la mejor opción para desaparecer una buena temporada y a la vuelta ver cómo estaba todo.
Ya bien entrada la mañana, el cielo soleado se peleaba con las nubes para abrirse paso y el paseo se estaba llenando de gente. Recogí la caña y la cesta y me dirigí a casa.
Me duché, desayuné y en un rato volví a salir. Tenía que hacer unos recados en el centro y no quería que el asturiano me esperara sin motivo.
Serían las once cuando salí de casa y, nada más llegar a la calle, comprobé que no había ningún sicario a la vista. Tampoco Félix había visto nada. Subí a la plaza del Sagrado Corazón y, como era habitual, entré en el parque de los patos. Era un espacio muy tranquilo, protegido del sol por la sombra de cientos de árboles de diferentes especies y acompañado del piar de muchos más pájaros.
Cuando estaba cerca de la pérgola —una zona circular amplia que rodea una fuente, con un paseo cubierto de enredaderas, columnas y árboles— y con el asturiano a unos diez metros detrás de mí, los vi aparecer. Eran los dos jóvenes que conocía, con sendas sudaderas y gafas negras. Sentí miedo; tenía mucha experiencia con el miedo.
Me estiré varias veces la oreja izquierda y Félix, veloz donde los haya, aceleró el paso mientras desenfundaba su famosa y eficaz Glock, y se puso de inmediato a mi altura. Yo ya tenía la Beretta en la mano, lo mismo que los sicarios, que, en posición de tiro olímpico, se disponían a abatirnos.
No pudimos evitar que dispararan, pero fuimos más rápidos que ellos y los dos tiros de Félix impactaron en el pecho y los míos en la cabeza de ambos. A mí me dieron en la pierna, pero enseguida me di cuenta de que no era grave. Félix, que estaba ileso, se arrodilló donde yo estaba, pero con un gesto le di a entender que se largara y se llevara mi pistola.
Así lo hizo y salió disparado mientras me rodeaba mucha gente que intentaba ayudarme y llamaba a una ambulancia y a la policía.
Hubo mucho alboroto y se concentró una buena marabunta a mi alrededor. Aunque pensé que mi herida no era grave, procuré hacer teatro e intentar que nadie se preocupara por mi participación en los disparos que habían abatido a los sicarios.
Como ido, soltaba unas palabras inconexas a una enfermera y un médico jubilado que me atendían, y que me preguntaban qué había pasado, quién quería matarme y cosas por el estilo. Ellos me recomendaron silencio e intentaron tranquilizarme explicándome que el peligro ya había pasado.
Cuando oí las sirenas, todos me decían «la ambulancia, ya están aquí». Nadie comentó nada de lo que había pasado, aunque oí a alguno que decía que los muertos eran extranjeros.
Dentro de la calamidad, todo salió bien. El asturiano se dirigió a la Gran Vía. A todo aquel que preguntaba, lo mandaba hacia donde yo estaba y comentaba que iba a por una ambulancia. Nadie sospechó nada y en unos segundos estaba andando tranquilamente por la calle Doctor Areilza, en pleno centro del barrio de Indautxu. Desde allí se metió en la primera boca del metro que vio y en menos de media hora estaba en su casa de Barakaldo. Las pistolas eran ahora lo que más le preocupaba, pero sabía dónde esconderlas.
Cuando vi desaparecer a mi colega, me quedé tranquilo. Era lo correcto, yo se lo había pedido y él, que sabía de esto, no tuvo ninguna duda. Librarnos de una acusación de homicidio era lo primordial. Sin la Beretta yo podía hacerme el tonto. No sabía de qué iba el tiroteo y tampoco lo había protagonizado. ¿Dos pistolas? Era mi primera noticia. Todo se había producido muy rápido, en segundos, y negaría cualquier versión que pudiera implicarme. En todo caso, siempre quedaría una legítima defensa ante unos asesinos a sueldo, pero eso que lo dedujera la policía. Nadie me había visto con el asturiano y eso ayudaría a sostener que iba solo.
Estaba claro que ni Sara ni Fabretti se lo iban a creer, pero esa era otra historia y ambas partes estábamos ya acostumbradas.
Mi impresión fue que la herida no era grave y eso me ayudó a pensar en lo que iba a contar mientras una ambulancia medicalizada me trasladaba al cercano hospital de Basurto. La hemorragia estaba controlada y varias vías, alguna con suero y otras con algún otro medicamento, estaban colocadas en mis brazos. No había perdido en ningún momento el conocimiento y pedí agua. Aproveché para limpiarme las manos y cualquier resto de pólvora que pudiera llevar encima, salpicándome bien la ropa ante la extrañeza de los enfermeros.
Enseguida llegamos, me metieron en urgencias y allí me anestesiaron para sacarme la bala que llevaba en mi pierna izquierda.
Cuando me desperté, tenía a Teresa a mi lado. Su cara me informó a la perfección del susto que había pasado y empezó a llorar en cuanto abrí los ojos. Recuperar un estado razonable amortiguaría un dolor que se repetía periódicamente desde que decidió compartir su vida conmigo. Pero en los planes de mi mujer no entraba ser una viuda joven y, aunque solo fuera por ella, ya no podía seguir así.
No era momento de regañarme. Sonreí, le pedí un beso y me lo dio mientras se retiraba el pelo y se secaba las lágrimas.
No sabía qué decir y, no sé por qué, pregunté:
—¿Y la poli? ¿No ha aparecido todavía?
—Sí, hemos llegado a la vez. Sara y Fabretti han estado muy correctos. Cuando les han informado de que no era grave y estabas fuera de peligro se han quedado tranquilos.
—¿Están fuera?
—No, se han ido, pero quieren hablar contigo.
—¿Han dejado a alguien vigilando? ¿Sabes si estoy detenido?
Me di cuenta de que Teresa se extrañó de mis preguntas.
—No. ¿Por qué ibas a estar detenido?
—Tienes razón. ¿Por qué? Pero ya sabes cómo son los maderos, muy raros.
—Tomás, si lo preguntas será por algo.
—Si recuerdo bien, hubo tiros y muertos…
—Sí, un tiroteo con dos muertos. Quien se los cargó se dio a la fuga y están buscándolo. Me imagino que, tarde o temprano, lo encontrarán.
No me podía creer que Teresa no sospechara nada, pero me abstuve de hacer cualquier comentario. Tendría en mente una versión bastante parecida a la realidad, pero era muy discreta.
—Mis recuerdos son muy confusos…
—Descansa, estás muy cansado y medio atontado.
—Debe de ser la anestesia; es como lo que le daba a Michael Jackson su médico. Te deja como drogado, como borracho, pero tiene su punto, es muy agradable.
Nada más decirlo entraron mis dos hermanos y sus hijos con cara de susto, como sacados de una película en blanco y negro de los años cincuenta.
Cuando confirmaron con la vista que estaba bastante aceptable, sus rostros recuperaron algo de color. Lo primero que me contaron es que mis padres venían en avión desde Alicante. En el fondo este tipo de vida unía a la familia casi por obligación.
—Tío, en el cole me han dicho que el que les limpió el forro a los mafiosos fuiste tú, uno de los mejores tiradores de toda Euskadi.
Al ver la cara que ponía el resto de la familia, incluida Teresa, me reí como pude y, antes de que nadie tomara la palabra, solté:
—Martín, cuéntales que me has visto y cómo estaba. Aunque me hubiera gustado ser un buen tirador, ese se debió de escapar.
—Si a todos les parecía bien. Si vienen a por ti, ¿qué vas a hacer?
—Lo dejamos, pero yo estaba allí de casualidad.
No sé si se quedó convencido, pero el orgullo de tío había bajado buenos enteros. Hablaron de muchas cosas pero mis hermanos, que me conocían bien, evitaron referirse a lo ocurrido.
Un rato después entró el doctor con una enfermera y, ya sin visitas en la habitación, me informaron de que una bala había entrado en mi pierna izquierda a la altura del muslo y se había alojado allí. Era la que me habían extraído. Otra había pasado rozándome los testículos, lo que provocó en mí un gesto instintivo de palparlos para ver su estado. La enfermera, muy profesional, me comentó:
—Se los hemos visto y están en perfecto estado. Su pene también, y eso que estaba en la dirección de la bala. Ha tenido mucha suerte.
—Intento llevarlos hacia el otro lado, reposan mejor.
—Su herida está bien. Se encuentra en el muslo por donde ha entrado la bala —era una obviedad—, pero es una herida limpia y no afecta a ningún órgano. Por nosotros, mañana al mediodía puede largarse y nos libera una cama, que en esta época estamos hasta aquí. —Se señaló la coronilla mientras Teresa y yo poníamos cara de no entender demasiado.
—Por mí, encantado —dije como si me hubiera dicho una gran verdad.
—En casa deberá mantener reposo unos días y le diremos cuándo debe venir a hacerse la cura de la herida.
Enseguida volvió a entrar mi familia y todo siguió más normal. Estaban tranquilos o eso me parecía.