Sospechosos

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54. Martes, 9 de julio. Visita de Sara y Fabretti

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54 - Martes, 9 de julioVisita de Sara y Fabretti

54. Martes, 9 de julio. Visita de Sara y Fabretti

Me encontraba mejor, apenas tenía dolor y estaba más lúcido. Tuve mucho tiempo para pensar hasta que me dieron el alta a las dos de la tarde. Esto se tenía que acabar. Si antes albergaba alguna duda, ahora ya no tenía ninguna.

Recordar la cara de Teresa cuando me desperté me hundía en la miseria. Así no podía seguir.

Lo único que debía resolver era cómo salirme de este negocio y cómo pasarle los trastos a la Ertzaintza. Hacerlo bien significaba no pringarme yo, no aparecer jamás como un chivato y que la pasma acabara la faena como mérito suyo.

A media mañana pasaron por el hospital Sara y su novio. Aunque ya sabían que me encontraba bien y que ese día me daban el alta, exageré la situación y aparenté estar aún un poco atontado.

Como conocían bien los protocolos con una persona convaleciente, no intentaron interrogarme y estuvieron amables y socarrones.

—Garrincha, tiene usted muchas vidas.

—No recuerdo cuántas, pero igual tiene razón, Sara. Ayer estuvieron muy cerca, me dispararon y me dieron, pero todavía no sé por qué.

—Iban a por usted, se lo querían cargar y el motivo solo usted puede saberlo.

—Créanme, en el único asunto en que estaba metido es en el de los Echevarría y sabía más o menos lo que ustedes. Les facilitaré toda la información, pero me sigue pareciendo una acción desproporcionada y de esto sé algo, se lo garantizo.

—No nos tiene que convencer de que sabe de esto y que ustedes son más rápidos y mejores que sus atacantes. Solo hay que ver los resultados presentes y pasados —respondió Sara.

Con un gesto me hice el cansado y no quise contestar.

—Garrincha, tenemos que hablar con usted muy seriamente, esto no puede seguir así, es muy importante. Si hoy le dan el alta, pase mañana por la comisaría. Si quiere, puede ayudarnos mucho. Hay varios muertos y otras vidas pueden estar amenazadas, incluida la suya —dijo Sara con convicción.

—Estoy de acuerdo, mañana iré por Deusto y cantaré lo que sé, no tengan duda.

No sé si me creyeron, pero se fueron más tranquilos. Era cierto. Otras veces el escenario estuvo más claro: me querían limpiar el forro por un motivo solvente. Pero ahora solo podía entenderlo si pensaba que me había acercado mucho al asesino. Otra cosa no podía ser.

A lo largo de la mañana recibí muchas llamadas. A primera hora la de Lucía, nerviosa y acojonada. Habló apresurada, llorando y asustada; no encontraba explicación.

En un momento, sacando el lado humorístico del asunto, me dijo muy convencida:

—Tomás, ¿te das cuenta de que no se te puede dejar solo?

Me reí y eso era una señal de que estaba en condiciones. Yo intenté calmarla explicándole que lo peor había pasado, y que ella y Eduardo podían estar tranquilos. No sé por qué lo decía, no lo tenía nada claro, pero Lucía no me contestó. Eso sí, me pidió que lo dejara todo de inmediato. «Estoy en ello, no te preocupes».

También llamó Ramón Echevarría, asustado y hablándome como si fuera uno de los suyos.

—Creí que había acabado todo y ahora esto. Justo cuando todos estábamos más tranquilos. No hay quien lo entienda.

Agradecí sin muchas ganas la llamada y, sin cortarme, contesté que me consideraba despedido y que no investigaría nada más. Debió de entender que era lo correcto, porque ni siquiera hizo algún comentario aclaratorio.

Y me llamó Marta. Se había enterado por casualidad al leer en internet una noticia sobre un tiroteo en Bilbao. Todavía duraba el tembleque que le dio. Había hablado con el hospital la víspera y la tranquilizaron, pero quería verme. Me felicitó por mi actuación, insinuando sus sospechas sobre lo que había pasado. Mientras charlábamos, una enfermera entró con un espléndido ramo de flores enviado por ella.

—Marta, muchísimas gracias, me acaban de entregar tu ramo de flores. Es el único y no sabes la ilusión que me hace.

—No tiene importancia. Estás bien y eso es lo que cuenta. Qué disgusto me llevé.

Continuó diciendo que quería venir con el socio director del despacho para contarme cosas que podían ser importantes. Me extrañó, sobre todo por la formalidad que quería dar a la entrevista.

Comenté que necesitaba unos días para restablecerme y, también, que tenía cita con la Ertzaintza. Como noté un silencio expectante, añadí de inmediato:

—Marta, estate tranquila.

—Te lo agradezco. Cuando hablemos te contaremos lo que sabemos y tú valorarás si te puede ayudar. Yo creo que sí.

—De acuerdo, porque sigo perdido… no sospecho de nadie.

—Igual te has acercado al asesino más de lo que piensas. Ten cuidado, Tomás, por favor.

Era la primera vez que me llamaba Tomás y eso me gustó.

—De todas formas, Marta, yo me retiro y paso los trastos a la Ertzaintza.

—Lárgate cuanto antes y lejos, es lo mejor.

—Te haré caso, hablamos.

—Mil besos, Tomás.

—Otros mil para ti.

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