Sospechosos
55. Los medios de comunicación descubren a Garrincha
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55Los medios de comunicación descubren a Garrincha
55. Los medios de comunicación descubren a Garrincha
Leí los periódicos locales por internet y también otros nacionales, incluso oí alguna emisora en una radio que me dejó una simpática enfermera que, además, me trataba con mucha consideración.
La información que daban era exhaustiva y, aunque no lo relacionaban con los crímenes de los Echevarría, se permitieron sacar a relucir buena parte de mi historial.
Los hechos de la víspera los contaban con versiones parecidas. Unos sicarios mafiosos, al parecer franceses, sacaron sus pistolas en el parque de los patos junto a la pérgola y un individuo más rápido que ellos les disparó, acertó y se dio a la fuga acto seguido a gran velocidad. Nadie pudo identificarlo ni dar datos significativos de él. Aquí los medios se dividían: unos decían que ese hombre era el objetivo de los sicarios; otros, o no lo decían o ponían un interrogante, indicando que no se sabía a quién querían matar.
En todo caso, elogiaban su capacidad y preparación, y aventuraban que tenía que ser un pez gordo. Sobre su fuga, todos apuntaban a que se había dirigido por la Gran Vía hacia el barrio de Indautxu. Para mí fue tranquilizador comprobar que ningún medio hablaba de dos pistolas y dos tiradores.
El ajuste de cuentas y la guerra entre bandas mafiosas era la explicación predominante y ahí entraba yo. Aunque nadie me acusaba de nada, algunos medios, repasando mi pasado, se preguntaban si era casual mi presencia allí en medio del tiroteo. No les faltaba razón, pero no lo pudieron contrastar conmigo. Di órdenes en el hospital para que no me pasaran ninguna llamada y en mi teléfono solo atendía a los identificados.
Hasta ahora yo era un hombre bastante desconocido para el gran público y, aunque mis historias habían salido en los medios, fueron espaciadas en el tiempo y dispersas.
Ahora, sin entrar en detalles, todo eran sospechas. Se me trataba como a «un hombre capaz y cercano a ambientes peligrosos, hecho a sí mismo, aunque de Portugalete», como si esto fuera algo raro o sospechoso. «Intratable en los negocios, siempre ganaba, aunque fueran sucios, la policía nunca conseguía pillarlo. Su fama legendaria en el sector…». Pero lo que me subió más la moral, y seguro que era lo que más valoraban los lectores, fue: «Levantaba pasiones entre las mujeres»; y otro medio fue aún más contundente: «No perdonaba con las mujeres».
Ninguno me involucró en uno u otro delito, como si me tuvieran miedo; ni siquiera utilizaron el tan socorrido apelativo de presunto.
Lo que varios sostenían, haciendo acopio de información privilegiada, es que ya estaba retirado; incluso uno me definió como «un rentista que había sentado cabeza».
Me reí bastante y, desde luego, me alegró la mañana. Teresa estaba a mi lado y leía lo mismo que yo. Al verme reír divertido, acabó sonriendo.
—Algún día me contarás tus proezas amatorias. Debo de ser la única que no conoce las pasiones que levantas —dijo.
—Ya sabes cómo son los periodistas. Algo tienen que decir, no se atreven a llamarme delincuente y salen con lo más fácil. Mejor que el público se quede con las chorradas y no empiece a pensar en otras cosas.
—Tú lo has dicho.
Teresa no estaba convencida, pero sabía que desde que estaba con ella mi fidelidad había sido bastante razonable.
Me dieron el alta y salí del hospital cojeando, ayudándome con un elegante bastón que, según Teresa, hacía que recordara a Antonio Gala. Un grupo numeroso de periodistas y fotógrafos me esperaban como si fuera Rosalía y dispararon sus flashes de forma masiva. Me paré para darme un gustazo, mientras Teresa se retiraba y se escondía entre el público, que también se agolpaba a mi alrededor.
Aquello me divertía y, con una sonrisa que algunos medios definieron como «seductora», dejé que me fotografiaran desde cualquier ángulo. Para no tener que contestar a las preguntas de los periodistas, improvisé unas declaraciones:
—Me encuentro bien, aunque sigo cansado. Parece que querían matar a alguien y yo estaba en medio. Al final me dicen que he tenido suerte. Créanme, no tengo ni idea sobre lo que ocurrió allí. Me ha dejado perplejo que los dos killers fueran abatidos por un hombre anónimo a quien no conozco y que, probablemente, me salvó la vida. Desde aquí le doy las gracias y le mando un abrazo.
No sé si fue lo más acertado pero, aunque casi todo era mentira, no me costó decirlo y parece que resultó convincente. Las sonrisas fueron generalizadas e incluso hubo un conato de aplauso que apagué con un gesto enérgico de mis manos, como había visto hacer por la tele a algún político.
Un taxi nos esperaba y a Teresa la vi desbordada. No le gustaba nada de lo que estaba viendo.
Ese día, mi salida del hospital y mis palabras aparecieron en todos los telediarios, e incluso la televisión vasca llegó a abrir el teleberri con esas imágenes.