Sospechosos

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56. Miércoles, 10 de julio. Garrincha, con Sara y Fabretti

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56 - Miércoles, 10 de julioGarrincha, con Sara y Fabretti

56. Miércoles, 10 de julio. Garrincha, con Sara y Fabretti

Aunque Teresa quiso llevarme a la comisaría de Deusto, preferí ir solo y no ponerla en peligro. La Ertzaintza también se ofreció para recogerme y llevarme; incluso Fabretti me insistió. Pero no quería mostrarme tan cercano y que alguien, sobre todo los que estuvieron detrás de mi intento de asesinato, pensaran en colaboracionismo. Esas cosas se acaban sabiendo.

El que me hizo de chófer en la boda de Lucía y un amigo suyo de toda confianza me recogieron en casa con un Land Rover. Otro automóvil nos siguió a poca distancia; sus ocupantes estaban preparados y portaban armas cortas y largas.

Mis amigos del Land Rover se dejaron ver en la comisaría porque eran conocidos de la pasma y el otro coche se quedó camuflado en las cercanías, junto a la parada del metro de Sarriko.

Después de saludarme de forma cordial e interesarse por mi salud, Sara y Fabretti no pudieron aguantarse y ella comentó:

—Vaya compañía… Por favor, pura chusma, qué indeseables, sigue con las compañías de siempre.

—Sara, solo son eso, compañía. El que conduce me hizo de chófer en la boda de Lucía, pero no lo he visto desde entonces.

—A Lucía le pega más que a usted, pero no estamos aquí para hablar de sus amigos. Puede venir con quien quiera.

—Mujer, no sabe cómo se lo agradezco. —Pretendí que sonara a serio y mostré un gesto de dolor al cambiar de postura.

—¿Duele todavía? —preguntó Fabretti.

—Sí, sobre todo cuando me tocan los cojones. Pero no se preocupen, que ya estoy acostumbrado.

No debieron de darse por aludidos porque mantuvieron un semblante de continuidad.

—Vamos a ver, ¿por dónde empezamos?

—Si les parece, les cuento lo que sé, me retiro definitivamente y ustedes continúan con la investigación. No quiero saber nada más de esta guerra, estoy harto.

—¿Nos cuenta todo todo? —preguntó la inspectora.

—Todo lo importante. No diré quién estaba en el parque el otro día a unos metros de donde me encontraba. Eso no ayuda nada en la investigación.

—¿Y sobre usted?

—Todo, salvo que, aunque no se lo crean, yo no disparé ni llevaba ningún arma.

—Efectivamente, no nos lo creemos. Su pistola era la Beretta y fue la que les dio a los dos franceses en la cabeza. Gran puntería, Garrincha —comentó Sara.

—Además de puntería, rapidez y sangre fría. No es fácil a dos objetivos en movimiento. Lo felicito —comentó Fabretti sin mirar a la inspectora, a la que no le hizo ninguna gracia el elogio.

Me encogí de hombros y, manteniendo el gesto serio, dije:

—Es lo que hay. Yo no soy ningún chivato y la ley me permite no declararme culpable y, por lo tanto, mentir de forma descarada.

Ellos sabían que, con matices, yo tenía razón. Aunque podían acusarme de homicidio y tenencia ilícita de armas, sabía que no lo iban a hacer. Era una legítima defensa de libro. Aunque no tenía licencia de armas, este era un delito menor por el que no se suele ir a la cárcel.

—Se lo vamos a plantear de otra forma y esperamos que esté usted de acuerdo —dijo con cierta solemnidad Sara—. Usted nos cuenta todo, salvo lo del parque, pero si con nuestras investigaciones averiguamos quién salió corriendo y quiénes dispararon, presentaremos nuestras conclusiones en el juzgado.

—Nosotros no podemos ocultar información que pueda ser delictiva. Estaríamos prevaricando —añadió el inspector.

—Sé que no suelen mirar para otro lado —dije a sabiendas de que no me iban a comprar esta idea—, así que estoy de acuerdo. Ahora bien, si concluyen que sus pensamientos son ciertos, sabrán que estaríamos ante un caso claro de legítima defensa que me eximiría de responsabilidad penal.

—¿Y la Beretta? —preguntó Fabretti.

—¿Qué Beretta? —Como vi que se reían, añadí—: Seis meses y suspensión de condena, pero no discutamos, estoy de acuerdo con su propuesta.

Me anunciaron que iban a grabar y filmar mi declaración y asentí en señal de conformidad. Saqué unas notas que llevaba preparadas y empecé a cantar.

Comencé con la boda de Lucía, el festejo en el Marítimo y la conversación con Ignacio Echevarría allí mismo. El asesinato de este, el aviso de Lucía por si la familia necesitaba mis servicios, el encargo de Ramón para que investigara el crimen y los flecos pendientes, las cartas del Comendador, mis gestiones y visitas a Madrid. La relación con Fátima, el cónsul, con Marta muy por encima, Willy… la entrevista en el Landa. Los asesinatos de Luisa y el inglés, hasta llegar a lo más novedoso: la carta recibida por Eduardo y enviada por Ignacio, de la que les entregué una copia.

A continuación, les conté lo que habían largado los últimos días Fátima y el cónsul, reservándome lo de Marta. Acabé con la conversación mantenida con Ramón, en la que no quiso aclárame nada y me despidió.

Mi intervención fue muy detallada y me escucharon con mucha atención, sin interrumpirme en ningún momento.

Al final les pasaba como a mí: no tenían ni idea de quién podía ser el asesino.

—Garrincha, ¿descarta que Willy matara a Ignacio y a Luisa y luego los Echevarría a él? —preguntó Fabretti.

—Lo descarto, así no ocurrieron los hechos…

Les volví a relatar las impresiones, sobre todo de Fátima, sus argumentos y los míos.

—Fátima, que era su novia, lo descarta totalmente, y ahora no necesita protegerlo. En fin, son mil detalles que apuntan claramente en otra dirección.

—Entonces, ¿de quién sospecha usted? Sea sincero —dijo Sara mientras mantenía un semblante serio que mostraba confusión.

—La familia y el cónsul saben mucho más de lo que dicen.

—Cuando dice familia, ¿a quién se refiere? —preguntó la inspectora.

—A Ramón y a Carlos. Tienen que apretarles, al cónsul también; incluso amenazarlos con acusarlos de los asesinatos, que se acojonen y se vean asfixiados, con mucho que perder.

—Pero no entiendo. ¿Por qué no colaboran? ¿Qué esconden? —preguntó Sara.

—Tienen mucha mierda encima, estoy convencido. Nos han mentido descaradamente. Hay mucho dinero del petróleo y hay una disputa para ver quién se queda con él. Es mi opinión.

—¿Y no está claro que fuera de Willy? —preguntó el inspector.

—Pero a Willy se lo han cargado. Si el dinero lo tiene la familia, igual no quiere entregarlo, y si lo tiene el cónsul, querrá quedárselo.

—¿Puede haber un tercero en discordia? —dijo la inspectora.

—Efectivamente, pero si lo hay, la familia y el cónsul lo saben.

—No entiendo por qué no se lo reparten. Sería lo más sencillo —apuntó Fabretti con una lógica aplastante.

—Aquí no hay nada sencillo. Lo pueden tener terceros y no lo sueltan, o se lo han gastado y ya no existe… Estoy tan confundido como ustedes.

—Hay que ir a por Ramón, Carlos y el cónsul Avilés. Tiene razón, no queda otra —comentó Fabretti.

—Es muy extraño todo. Garrincha, ¿no piensa que se nos escapa algo?

—Probablemente, Sara. La clave igual la tenemos ahí delante y no la vemos. Por eso quisieron matarme.

No tenía sentido seguir dando más vueltas al asunto y dimos por finalizado el interrogatorio, aunque estas impresiones y preguntas no estaban siendo grabadas. Me dijeron que traerían a Ramón de Miami, por las buenas o detenido si se negaba, y lo mismo con Carlos y con el cónsul.

Cuando iba a despedirme me ofrecieron protección, podían intentar acabar lo que no habían conseguido o vengarse de sus dos bajas, pero lo descarté. En unos días me largaría y me encontraba más cómodo con mis amigos desinteresados, aunque fueran pura chusma. Se lo dije tal cual, se encogieron de hombros y no quisieron discutir, pero me di cuenta de que el ofrecimiento y mi respuesta sí habían sido grabadas.

Tenía una duda y se la pregunté:

—Me ha parecido entenderles que los sicarios del parque eran franceses, ¿se sabe quiénes son?

—Sí, de Marsella, pura mafia, como aquellos que vinieron hace tres años, ¿se acuerda?

—Lo había olvidado. —Sonreí—. Pero tampoco sé muy bien a qué se refiere.

No les di tiempo a responder porque ya salía del despacho recordando perfectamente lo que había pasado.

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